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“LA VUELTA AL MUNDO EN OCHENTA MUNDOS” SEGÚN SU AUTOR"

LA VUELTA AL MUNDO EN HOMBROS DE JULIO VERNE

El autor de esta nota, uno de los creadores del espectáculo que repone el Grupo de Titiriteros en el Teatro Regio, cuenta los motivos que lo llevaron a “la maravillosa odisea del viaje a climas extraños, a formas nuevas y al mundo del imaginario de la niñez”. 

Hace poco más de cuarenta años, convertido en un verdadero pac man devorador de libros, liquidaba yo en pocos meses buena parte de las más de cincuenta novelas de Julio Verne. Se trataba de versiones condensadas y traducciones poco respetuosas, en libros de todas formas y colores (algunas con ilustraciones de muy buena calidad, imágenes que todavía no se borran de mi mente) pero sobre todo por las colecciones “Iridium” y “Robin Hood”. Después adquirí la placentera costumbre de conseguir (tras largas jornadas revolviendo estantes de los puestos de usados del Parque Rivadavia) las gruesas y esperadas “versiones completas” para recuperar episodios cortados e  incluso personajes borrados por la cruel tijera del adaptador.


El paso de los años fue dejando atrás mi preferencia por Verne. Tanto en el terreno de la ciencia-ficción (género del que es el supuesto fundador), como en la novela de aventuras, y mucho más en el terreno de la monumental novela histórica o costumbrista, muchos otros nombres de autores gigantescos sepultaron al francés, relegándolo a un lugar cercano a la infancia. Como sucede con los recuerdos, cierta cristalización de las imágenes fue reemplazando a la realidad, en este caso a la realidad literaria. Los piratas de El faro del fin del mundo, el grito “¡Ve!” que descubría la falsedad de la ceguera de Miguel Strogoff, la personalidad del Capitán Nemo y tantas otras escenas, fueron quedando incrustadas en la memoria, aún cuando pasaban por ella decenas de otras creaciones literarias seguramente de mayor calidad. Y entre esos personajes persistentes, siempre ocupó un lugar preponderante la mirada distante, pero por dentro fogosa y delirante, de Mr. Phileas Fogg, gran protagonista de La vuelta al mundo en 80 días

En los prolegómenos del proyecto de versionar esta novela, nos hemos cuestionado mucho los elementos que puedan hacer de las aventuras de Fogg y Passsepartout una historia que el tiempo ha envejecido: la exaltación del imperio inglés como absoluto dueño del mundo (solamente la independencia de Estados Unidos hizo que Fogg tuviera que salir de Inglaterra para dar su vuelta al mundo) y fundamentalmente la ciega fe en que la ciencia positiva solucionaría todos los problemas de la humanidad. Tanto el imperialismo como el cientificismo extremo han entrado ya hace rato en una crisis profunda, por lo que pensamos ambas cosas de manera muy diferente a como lo hacían en el siglo XVIII. Sin embargo, el rostro inconmovible del “gentleman” luchando por dominar su naturaleza se impuso siempre a fuerza de originalidad y potente actualidad. Es notable el hecho de que el mismo autor experimentó en sus últimos textos un desencanto significativo con la ingenuidad de sus ideas de juventud, y ese escepticismo puede leerse ya entre líneas en La vuelta... Solamente la exacta voz del protagonista diciendo: “nunca bromeo con algo tan serio como un juego” debiera bastar para remarcar el entusiasmo y doble fondo que esconde esta anécdota simple pero poderosa.

Y así encontramos, tirando de esa cuerda, múltiples motivos para remontar esta historia: la revalorización de la  aventura, el carácter multicultural del ser humano, la muy remanida pero no por eso menos esencial exaltación del amor por sobre lo material, y muchos otros. Pero desde un punto de vista más propio y subjetivo, la importancia de retomar este material se explica en mi necesidad de volver a aquel momento de la vida en el que la aventura deliciosa de comenzar cada ficción contenía las mismas condiciones absurdas que tiene el argumento de La vuelta al mundo en 80 días. Una vida infantil y preadolescente llena de contenidos estrictos (escuela, horarios, fines de semana) y por lo tanto de aburrimiento (como la vida del misterioso Sr. Fogg) que hacía imprescindible la decisión de emprender cuanto antes cada viaje infinito, lleno de peligros y de asombro, proveniente de las hojas impresas de los libros. Cada tarde, al abrir las hojas para retomar en el capítulo dejado el día anterior, estaba reivindicando la posibilidad del hombre de decidir sumergirse en los mundos más increíbles, sin otro motor que el de la propia voluntad.

Los “mundos” de La vuelta al mundo en 80 mundos son esos submundos que habitan junto a nosotros cada día, los mundos de la imaginación, los mundos de aquellas fantasías irrealizables y también los mundos de aquellas posibles, simplemente ubicadas en un espacio-tiempo diferente: un pasado o un futuro más o menos lejanos; y también los mundos reales que no forman parte de nuestro exacto instante de vida: mundos infinitos que transcurren en otras partes del mundo o directamente en otros mundos, como Marte o la Luna, y que sólo pueden ser unidos por el transcurrir de un viaje iniciático, formador y transgresor. Un viaje que, pasando por los mundos más diversos, desembarque en el mundo del uno mismo, pero cambiado y renovado por el trayecto. 

No muchos años después de aquellas lecturas apasionadas, comenzábamos junto con otros marineros, bajo el comando de Ariel Bufano, la aventurada travesía (solo piénsese en las tempestades posibles al citar la fecha exacta de aquella zarpada: 1976), de la creación del Grupo de Titiriteros del Teatro San Martín. Cada puesta fue un mundo visitado, y cada tiempo transcurrido un medio de transporte hacia un futuro que todavía nos transcurre. Y allí, flotando, como le sucede a Mr. Phileas, surcamos el descubrimiento de toda la amistad, todo el compañerismo, todas las propias potencias y también los propios límites. Todo el peligro, todo el miedo y todo el amor.
Nadie podía imaginar, en la Europa medieval, que el mundo a descubrir sería de un tamaño tan increíblemente grande y, muchísimo menos, que el universo contuviera una vastedad tan infinita. Cada descubrimiento no hace más que demostrar lo inmenso de lo que resta por descubrir. Así también la travesía vital en el Grupo de Titiriteros no fue más que el prólogo de lo que se venía. El día que levamos anclas de ese puerto, montados en esa barca construida por nuestras propias manos llamada “Libertablas”, nos internamos en el verdadero mundo, ancho, misterioso, muchas veces hostil, pero siempre lleno de nuevos mundos por investigar. Y la vuelta se completa hoy con este regreso, para confirmar que, aún del otro lado del globo, siempre estuvimos cerca del punto de partida. 

La vuelta al mundo en 80 mundos quiere compartir con cada espectador en el momento del infinito instante teatral, la maravillosa odisea del transporte a climas extraños, a formas nuevas. Y, finalmente, al mundo del imaginario de nuestra niñez que, aunque a veces no lo percibamos, siempre nos acompaña, como un pequeño Passepartout, fiel ayudante, capaz de mejorar cada uno de nuestros momentos y de encontrar, en cada encrucijada, las triquiñuelas que nos permitan seguir adelante.

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