NO INTENSO AGORA

  •  de João Moreira Salles  
  • Estreno

No intenso agora, del gran cineasta brasileño João Moreira Salles, fue realizado casi íntegramente con material de archivo correspondiente a los eventos de Mayo de 1968 y sus consecuencias, y establece un diálogo íntimo entre lo personal y lo público, entre la Historia con mayúscula y aquello que sucede en sus pliegues más íntimos. 

En coincidencia con este estreno exclusivo, la Sala Leopoldo Lugones ofrece durante todo el mes de mayo el ciclo Alrededor de Mayo del 68, compuesto por films emblemáticos de Jean-Luc Godard, Chris Marker, Agnès Varda, Romain Goupil, Jean-Gabriel Périot, Guy Debord, Philippe Garrel, Alexander Kluge, Harun Farocki y Helke Sander, entre muchos otros.

“Hermano menor del director de Central do Brasil y Diarios de motocicleta, Walter Salles, Joao Moreira ha forjado una obra sin duda más secreta, pero también más valiosa, siempre en el campo de la no-ficción. Hacía ya una década larga que no entregaba un nuevo trabajo, desde aquella obra maestra que sigue siendo Santiago (2006), considerado hoy un film de culto, y ahora reapareció con esta poética, melancólica reflexión sobre el paso del tiempo y las revoluciones que pudieron haber sido y no fueron. Ese ‘intenso ahora’ del que habla el título del film gira en principio alrededor de mayo de 1968, cuando en París el statu quo salta por los aires, la juventud universitaria interpela a la política tradicional, pone al Estado en jaque y exige la llegada de la imaginación al poder. Pero lejos de ser una lectura más, como tantas, de aquel momento tan estudiado, del cual se cumple medio siglo, No intenso agora trasciende largamente su punto de partida para establecer un diálogo íntimo entre lo personal y lo público. No hay un solo plano en el nuevo film de Salles que haya sido rodado por él. Absolutamente todo, desde el comienzo hasta el final, está constituido por materiales de archivo. Y sin embargo esta película no podría ser sino suya, en el sentido más subjetivo del término. Al punto de que las primeras imágenes provienen de unos hermosos rollos amateur en colores filmados por sus padres, en 1966, cuando visitaron la República Popular China, en pleno apogeo de la Revolución Cultural. Ese punto de partida de lo que por entonces era casi una terra incognita, donde se ve a un pueblo en apariencia feliz, lleva al cineasta a poner en diálogo esas imágenes tan personales, con otros registros amateur, que van desde Checoslovaquia en 1968, cuando los tanques soviéticos aplastan la Primavera de Praga, hasta Rio de Janeiro para la misma época, sacudida a su vez por los funerales de un estudiante asesinado por la policía. ¿Qué dicen cada una de esas imágenes no sólo de su época sino también de quienes las filmaron? ¿Hasta qué punto cada ciudad, cada pueblo, cada idiosincrasia deja sus huellas particulares en esos registros anónimos?” (Luciano Monteagudo en Página/12, desde el Festival de Berlín).

 “Que este portentoso ensayo personal e histórico termine con el primer film de la historia (Obreros saliendo de la fábrica) no es otra cosa que prodigarle a su título un comentario indirecto que supone su relato: ¿no es el cine la aprehensión de un ahora cuya intensidad consiste en su eterna repetición? Sin embargo, la intensidad aludida aquí es otra, acaso una experiencia ontológicamente inconmensurable: la certeza consciente del revolucionario o el irracional convencimiento de que la historia en 1968 estaba girando hacia una reconfiguración total, lo que el propio filme dolorosamente desmiente. Un viaje familiar a la China de Mao filmado de forma amateur por la madre del realizador es lo que precipita también la inquietud de revisar el Mayo Francés y, en menor medida, la Primavera de Praga, la China maoísta y algunos pocos eventos similares que tuvieron lugar en Brasil. El trabajo de montaje con materiales provenientes de varias películas de la época y la aguda deconstrucción de lo que se puede ver en una imagen son tan admirables como didácticos, matizados además por el tono nostálgico del relato familiar de Salles, que permite sentir un tiempo y a su vez pensarlo. La primera escena es la revelación de un sistema de lectura y una posición del cineasta, similar a lo que el director descubría en el final extraordinario de Santiago, su film precedente: el plano es siempre la (in)consciencia del cineasta”. (Roger Koza, Con los ojos abiertos).