ciclo de conciertos de música contemporánea edición 23

  • [en el marco de FIBA]


PALABRAS FISCHERMAN

En el teatro nada de lo que sucede está fuera del presente, incluso cuando se trata de puestas en escena de obras concebidas en el pasado. El teatro es eso que tiene lugar en el escenario, en ese preciso lugar y en ese exacto momento. El cine es, por definición, contemporáneo. Y en el caso de la literatura, lo que se lee es, mayoritariamente, lo actual y, más bien, debe aclararse cuando no lo es. 
La música, por lo menos la de tradición europea y escrita, es, entonces, una excepción. Casi toda la que se escucha proviene del pasado. Y la interpretación, aún cuando transcurra en esta época, juega a convertirse en una especie de reconstrucción de aquello que el autor pensó hace uno, dos o tres siglos. Si en las épocas de Mozart o de Wagner se escuchaba a Mozart y a Wagner, esto dejó de ser así en el siglo XX. Cuando se habla de “música clásica” se habla de música del pasado y, desde ya, la propia idea de lo “clásico” está ligada al paso del tiempo: a lo que está más allá de su época; a lo que no envejece.  
Los compositores, no obstante, siguieron creando. Fueron más allá de los estilos del Romanticismo del siglo XIX y crearon mundos sonoros capaces de sintonizar con sus lugares, sus historias y sus contextos. Y fue necesario hacer lo que ni con la literatura, ni con el cine ni con el teatro se hacía: hablar de “música contemporánea”. Este ciclo que el Teatro San Martín y el Complejo Teatral de Buenos Aires dedican a este campo de la creación tiene ya veintitres años de historia. Y en ese tiempo, es obvio, mucho de lo que era contemporáneo, por la propia naturaleza de la definición, atada al tiempo, fue dejando de serlo. 
En todo caso, aquello que todavía elegimos llamar música contemporánea no se refiere solo a la fecha de composición sino, sobre todo, a una idea. A un arte arriesgado, capaz de tensar hoy los límites (aunque los límites sean otros) como lo hicieron quienes hace ya un siglo reformularon las reglas de la creación, de la interpretación y de la escucha. No toda la música actual entra en esta idea de lo contemporáneo, en todo caso, sino solo aquella que se atreve a aventurarse en lo inseguro; en lo aún no transitado. Y, simétricamente, no solo lo actual puede ser contemporáneo. 
En la edición de este año, en rigor, casi todas las obras pertenecen al presente, muchas de ellas fueron encargadas especialmente por el Ciclo y la mayoría serán, en esta ocasión, escuchadas por primera vez en la Argentina. Allí estarán los instrumentos tradicionales imbricados con la electrónica, como en el dúo de flautistas (más que de flautas) MEI, en la Compañía Oblicua o en las inquietantes exploraciones sonoras de Galay y Bustos. O el cello convertido en una mágica caja de sorpresas en manos de Séverine Ballon y la percusión llevada más allá de sus propias fronteras por Bruno Lo Bianco. O el cuarteto Tsunami, construyendo con un grupo de saxos una nueva geografía. Pero, como muchas otras veces, “casi” es, en este caso, la palabra más importante. Por un lado, David Núñez interpretará la obra completa para violín de Giacinto Scelsi, aquel visionario que pensaba que un sonido que no era capaz de derribar una muralla era un sonido vacío. Y, por otro, una obra del pasado a la que elegimos fundante. Compuesta entre 1975 y 1983 y referida a su vez al pasado de los pasados, a la mítica creación del mundo maya, Popol Vuh, de Alberto Ginastera, es, en sí misma, la creación de un nuevo mundo. Alucinada e inconclusa, con su orquestación voluptuosa y hasta truculenta –y casi nunca escuchada en nuestro país– habita, más bien, en lo eterno.  Y nada podría, más que lo eterno, aspirar a ser contemporáneo. 

Diego Fischerman
Director artístico del Ciclo de Conciertos de Música Contemporánea del Complejo Teatral de Buenos Aires