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ENTREVISTA CON SANTIAGO LOZA

MALAMBO, EL HOMBRE BUENO

“Mientras escribo, he tratado de insistir sobre un presente. Fui aprendiendo del malambo como si esos golpes muy certeros sobre el piso fueran pisar un presente, ir marcándolo”, dice Santiago Loza, el director de Malambo, el hombre bueno, film que se estrena en la Sala Leopoldo Lugones tras su paso por la Berlinale y el BAFICI.

Cuando el productor Diego Dubcovsky, de Varsovia Films, le propuso al realizador y dramaturgo cordobés Santiago Loza hacer una película sobre el malambo, la primera reacción del autor fue recordar los veranos de Cosquín y el padecimiento que le provocaban los festivales de folklore. Sin embargo, se puso a investigar, como si algo le interesara por lejanía. “Empecé a ir a algunas clases de entrenadores de malambo, como Fernando Muñoz, a la carrera de danzas folclórica de la UNA (Universidad Nacional de las Artes), a la cátedra de Malambo. Había unos cuarenta zapateando y algo de la energía de ese momento conmovedor hizo que empezara a descubrir una vinculación con una suerte de entrenamiento boxístico, de cuerpos entregados a ese sacrificio momentáneo que es la competencia. Y ahí empecé a sentir una película posible.” 

 

–¿Qué película vislumbró en esos comienzos?

–Quería seguir más un entrenamiento que el festival o la competencia en sí misma. Los pibes que entrenaban eran del interior y también me interesaba un relato de clase, de laburantes. Sentí que podía hacer una película sobre el movimiento, un gesto muy primitivo del cine, y la necesidad de triunfar, de una plenitud muy grande. Pensé en la serie Fama de los ochenta, en un profesor diciendo: “la fama cuesta y es acá donde empiezan a ganarla”. En el folklore está muy presente esa idea de rigor, del entrenar muy duro y tener que romperse para triunfar. Quise recuperar algo de esa serie ochentosa, pero hipermasculinizada.

 

–¿Como fue el encuentro con el protagonista, Gaspar Jofré?

–Había visto unos malambistas jóvenes que se estaban preparando para competir. Y alguien a un costado me llamó la atención: tenía dolencias, volvía a la competencia después de mucho tiempo. Era Gaspar Jofré y yo podía empatizar con su situación. Gaspar da clases a niños y me atrajo la figura del maestro y de trasmitir un conocimiento. Escribí el guión ficcionalizando elementos que me llamaban la atención, propios del ámbito del entrenamiento, haciendo cruces con mundos propios. Pasaba siempre por la zona del Congreso, cerca del cine Gaumont, por un lugar que tiene productos ortopédicos. Y empezó a atraerme el mundo de la competencia, de medirse con el otro. Y entender, en cierto momento, que el enemigo es uno mismo. 

 

–¿De ahí lo de “el hombre bueno”?

–El personaje cuestiona su integridad por el hecho de haber envidiado o deseado la derrota al otro. Escribí obras de teatro sobre la envidia y el rencor. Me gustan los personajes que tienen esa aflicción. El protagonista es alguien muy noble, con un sentimiento que va tiñendo esa nobleza de algo que no puede manejar. 

 

–En su obra, en estos relatos de superación, ¿no insiste una pregunta sobre el dolor?

–Hay una parte que es voluntario: es el trabajo sobre el dolor, el dolor físico y espiritual, o sobre esas heridas del yo. Hay un capítulo de la película que es “El dolor de Gaspar”. Hace poco, cuando se presentó en Berlín, un periodista me comentó que veía en el film un relato en relación con Cristo. Y le dije que quizás Cristo fue el primer performer de la humanidad. El héroe que al final hace un último sacrificio para todos: la crucifixión. Y como frutilla de la torta, resucita. Me conmueve de la danza esa búsqueda de superación, de sacrificio, algo que va más allá del límite de lo posible.

 

–¿Por qué la elección del blanco y negro? 

–Desde hace muchos años quería hacer una película en blanco y negro, y desde la producción se negaban. En el caso de Malambo, además, buscaba que la película esquivara cualquier tipo de pintoresquismo, que fuese más neutra, más sobria y más austera. Me parecía que tenía algo ancestral o anacrónico, y de registro. Sucede en un presente pero no está en un presente. El malambo es un gesto sobreviviente, que proviene de algo heredado, propio de la “tradición”, con la que tengo un diálogo muy extraño.

 

–Pienso en sus últimas películas, La paz y Si estoy perdido no es grave, si no van hacia cierto tono más diáfano, como de fábula…

–Siento la necesidad de que mis películas comuniquen. Me ha sucedido en el teatro, que hubo una comunicación con lo que hacía. Quizá hay una zona experimental en las películas, que están pensando en el otro, en quien mira, utilizando elementos del relato clásico, de la fabula. El malambo es eso: un héroe que tiene un desafío y un objetivo, y va a llegar. 

 

–Este recurso a la fábula, su “había una vez”, ¿se sale del tiempo para instalar un tiempo mítico?

–Usted habla de fábula y de salirse del tiempo, y por eso necesito la ficción, porque me saca del tiempo. Los tiempos que estamos viviendo son de terror, y hay algo de la fábula que, por más que trabaje sobre el presente, hace que uno se pueda trasladar. Cuando alguien comulga con Malambo, se encuentra con un personaje que no tiene nada que ver con su cotidianeidad: se metió en un mundo. La ficción me traslada a un mundo diferente para volver a mi propio mundo y tratar de entenderlo. 

 

–¿Qué representa para usted el estreno en la sala Lugones? 

–Algo verdaderamente extraordinario. Cuando vine a Buenos Aires a estudiar cine en la ENERC (Escuela Nacional de Experimentación y Realización Cinematográfica), la Lugones fue el espacio donde pude desarrollar una cinefilia que en Córdoba tenía más acotada. Vi por primera vez el cine de Yasujiro Ozu o Heimat de Edgard Reitz, un film en capítulos que se proyectó durante dos meses y no me perdí ninguna función. Además ahí encontré a mis mejores amigos, como Lorena Moriconi, mi montajista. La Lugones representa un espacio muy querido, de mucho amparo cinéfilo. Está curado por Luciano Monteagudo, alguien por quien siento mucho respeto, que además ha trabajado mucho por el cine que varios de nosotros pudimos hacer. Y además es un lugar precioso, ubicado en el San Martín, con todo lo que representa ese teatro.

 

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