Desenvainar el mejor movimiento, a cualquier edad
En 2024 el coreógrafo repasaba el proceso de preparación de “Yo bailo”, una creación a partir del movimiento en la tercera edad, y reflexionaba sobre el aprendizaje mutuo que implicó preparar el espectáculo que se presentó el año pasado en el Cine Teatro El Plata y que se repondrá en la misma sala a fines de noviembre. Previamente se presentará en el Teatro Regio otra versión, resultado de una experiencia similar desarrollada este año.
“No hay nada más presente que la danza. Si piensan en otra cosa, aunque estén sus cuerpos, ustedes no están acá. Conecten con la energía de las compañeras, compartan con ellas en escena y que cada una sea un engranaje”. Así motiva Damián Malvacio, en uno de los ensayos, a las mujeres que participan en Yo bailo, la coreografía que dirigió en el Cine Teatro El Plata. Las presentaciones surgieron de una convocatoria para la tercera edad. A través de una serie de encuentros exploratorios en torno al cuerpo y al movimiento con las personas interesadas, se creó este espectáculo que entusiasma a sus protagonistas, sin trayectoria profesional pero devenidas en verdaderas bailarinas absolutamente entregadas y comprometidas con este trabajo. Algunas de estas 32 mujeres de entre 65 y 90 años han bailado folclore o tango, pero Malvacio no utilizó esos saberes previos como recurso. Tampoco quiso que la obra estuviese apoyada en el hecho de ser interpretada por personas mayores: “Siempre intenté que se vea una obra de danza que valga por sí misma, que se las viera como mujeres emancipadas de la edad, personas con otras propuestas y toda una historia”.
En cuanto al proceso creativo explica que “tenía la coreografía en claro en cuanto a algunos pasajes, así que procuraba llegar a ciertas sensaciones. Iba practicando con ellas, cerrar los ojos, reconocerse y ahí la exploración se disparaba a sus vivencias y a su vida. No es lo mismo reconocer la propia cara a los 20 que a los 65 o a los 90. Hay gente que quizás por diez años no se tocó la cara o el cuerpo. Yo tengo 35 y, cada vez que me toco, me doy cuenta de que cambio. A la edad de ellas el cuerpo cambia más año a año; una persona de 65 es muy distinta a una de 70”.
Bailarina en la oscuridad
La imagen de cerrar los ojos y moverse, de bailar en la oscuridad, es recurrente en este trabajo: “Me gusta porque tiene que ver con conectarse con uno mismo”, afirma Malvacio, que se identifica mucho con este fragmento de Las gratitudes de Delphine de Vigan, un libro que trata sobre el entrañable vínculo de una anciana en sus últimos meses de vida con (y desde el punto de vista de) una mujer y un hombre jóvenes: “Cuando sea vieja cerraré los ojos para recobrar la sensación de mi cuerpo en pleno baile. Mi cuerpo desatado, ligero, dócil, mi cuerpo en medio de otros cuerpos, mi cuerpo liberado de miradas ajenas, bailando en medio del espacio. Eso es lo que me quedará cuando sea vieja, si llego a serlo algún día. El recuerdo de la danza, los bajos latiéndome en el estómago y el movimiento sinuoso de mis caderas”. En Las gratitudes, si bien conocemos a su protagonista ya vieja, se proyecta su vida hacia todas las etapas anteriores; nos la podemos imaginar de niña, de joven, de mediana edad. Esa misma proyección hacia atrás es la que promueve Malvacio en el trabajo con las mujeres de Yo bailo, y así lo describe: “Hay una escena en la que caminan en zigzag: ahí yo veo la historia de cada una, quién fue maestra, quién fue enfermera, quién la luchó más, quién tuvo un peor pasar, quién está más conectada, quién dejó el cuerpo en un segundo plano, cómo utilizó cada una su cuerpo, la tensión hacia adelante, si alguna intenta mantenerse erguida, cómo les van pesando la gravedad y el tiempo; es muy atractivo”.
Una danza de biografías entrelazadas
Si bien mucho del material es biográfico, Yo bailo no es un biodrama. “La danza de cada una está teñida de la energía de todas y los textos que se leen durante el espectáculo están teñidos de las historias de todas, no quiero que queden anclados en una sola persona. No hay referencias puntuales en los micrófonos, sino sólo nombres que remiten a una determinada época”, aclara Malvacio.
Durante los encuentros, el coreógrafo les fue pidiendo tareas, frases con secretos sin firmar, que dijeran qué se imaginan de más viejas, relatos de infancia. “La obra se armó con lo que ellas propusieron y lo que fui entendiendo que ellas me proponían. Fui midiendo la temperatura porque cuando quería llevar de mi casa algo muy puntual terminaba fracasando. De hecho, yo no mostraba tanto para que no me copiasen, explicaba e intentaba que hicieran a ver qué aparecía, porque yo tengo más información y otra edad. Ellas en realidad no me deberían ver a mí como un referente. La idea es que cada una sea su propio referente y buscar la belleza de su danza hoy y la belleza que se arma entre todas, en la que confío plenamente”, reflexiona. Y ejemplifica con distintas escenas: “Cuando Noemí en su solo levanta la mano, me conmueve; tiene tanta conexión con ella, con su historia, con su cuerpo. Allí hay una ganancia, un virtuosismo. En la escena que yo llamo “Pistoleras”, les pido que caminen hacia adelante, hagan un stop y se pongan a bailar todas juntas, desenvainando su mejor movimiento. Se trata de encontrar el virtuosismo de esa edad. Hay que cambiar los parámetros”.
Y en este punto Malvacio profundiza en la diferencia de la danza en las distintas edades y en su propia proyección hacia el futuro: “A los 20 o a los 30, el virtuosismo de la danza puede estar en el salto, en la pirueta. A los 40 pesa más la interpretación, porque hay más historia. A los 50, quizás la mayor conexión con el cuerpo (¿por qué nos perdemos compañías de bailarines de esa edad?). Y a los 60, ya tiene que ver con poder estar bien ubicadas en tiempo y espacio. Yo quiero estar conectado en tiempo y espacio en la vejez. A mi edad vivimos ansiosos, todo se nos pasa rapidísimo. Habría que aprender un poco de ese ritmo de la gente mayor. De hecho, para mí una premisa del proyecto es que yo vengo a aprender de las personas mayores, cómo es su sexualidad por ejemplo, que es entendida en muchos planos en la tercera edad”.
¿Me ves? ¿Podés verme?
Yo bailo arroja un interrogante que podría pensarse como una interpelación desde las personas de la tercera edad a la sociedad en general: “¿Me ves? ¿Podés verme?” Malvacio con este espectáculo responde con un rotundo sí. De Bailar, bailar, una experiencia similar anterior a Yo bailo, que presentó en el Centro Cultural 25 de Mayo, recuerda a Alba: “El cardiólogo le daba turno para dentro de tres meses y ella le dijo ‘Mirame, ¿podés verme? No me queda mucho tiempo, no llego a tres meses’. De ahí me quedó esa frase”. También se vincula con la persona que se imaginan que puede estar viéndolas bailar y la mayoría piensa en sus padres, se retrotraen a su niñez: “Siendo ella madre, abuela y bisabuela, Lili se pregunta si la estará viendo su mamá. En el caso de Noemí, se acuerda de la mano de su mamá. Para ellas es como un volver a la infancia”. En Las gratitudes hay un momento muy conmovedor en que la anciana protagonista también vincula el baile con la niñez: “Michka se levanta. Se aparta del escritorio, al principio con paso vacilante. Luego se pone a bailar de un modo infantil. Da vueltas sobre sí misma, con los brazos en flor por encima de la cabeza. Se alza sobre las puntas de los pies en un gesto de lo más gracioso. Poco a poco se relaja, se deja llevar y baila cada vez mejor, su cuerpo se libera, sonríe. Ahora parece una niña de verdad, sus movimientos son precisos y controlados. Está resplandeciente”. Hay algo en la danza que se relaciona con el tacto, lo más instintivo del ser humano y, por lo tanto, con esos momentos más primigenios de la vida. Para Malvacio, que además de ser coreógrafo codirige el Taller de Danza Contemporánea del Teatro San Martín (donde también se formó), es su primer amor: “Es en realidad mi único amor, de la danza para abajo se me ordena todo”. Destaca su contundencia a través de la cita de una obra de otra artista de danza, Mayra Bonard (con quien tiene un grupo en forma independiente): “En un espectáculo que creó con Carlos Casella, Mi fiesta, hay una frase que para mí es como un mantra: ‘Lo que pasa con el alma es que no se ve, lo que pasa con la mente es que no se ve, lo que pasa con el cuerpo es que sí se ve’”. Y concluye: “En el cuerpo se ve la singularidad de cada uno y el cuerpo es la prueba de que estoy vivo y de que me están observando. La exposición te da vida. Este proyecto sanó dolores físicos, renovó sus ganas de vivir, su forma de estar presente y su alegría; las animó a divertirse porque la fiesta no es exclusiva de los jóvenes. Estas mujeres están renaciendo por la danza”.
Autor: Victoria Eandi
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