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ENTREVISTA CON LEONARDO CUELLO

“ESTA ES MI PRIMERA OBRA DE GRAN VOLUMEN”

Fotos: Gustavo Gavotti

El programa doble del Ballet Contemporáneo del Teatro San Martín, integrado por El carbonero, de Leonardo Cuello, junto a Mirame, estoy dejando de ser yo, de Andrea Servera, se presenta este fin de semana con entrada gratuita en el Teatro de la Ribera, en el marco de Danzas en Compañía. La pieza de Cuello cierra su ciclo en su lugar de origen e inspiración: el barrio de La Boca, a través de la figura de Quinquela.

Para el primer programa de la Temporada 2019 del Ballet Contemporáneo del Teatro San Martín, la dirección, conformada por Andrea Chinetti y Miguel Elías, convocó a dos coreógrafos independientes: Leonardo Cuello y Andrea Servera, quienes vienen trabajando con sus propios grupos. En el primer encuentro con Cuello, quien viene desarrollando su actividad con la UNA y el Ballet Folklórico Nacional, le solicitaron una obra popular. El coreógrafo no tenía ningún proyecto en carpeta y fue viendo una emisión del programa La hora del tango emitido los sábados por la TV pública, en el que participa como coreógrafo, cuando se encontró con la música de la orquesta Astillero. Una imagen, un azar, un accidente, y el inicio de un proceso de creación. “A través de ese sonido rudo, masculino que tiene la orquesta, no pude evitar que aparezca Benito Quinquela Martín, La Boca y todo lo que hoy está en El carbonero”, afirma Cuello. “Pertenezco a un lenguaje popular, me gusta mezclarlo con otros lenguajes escénicos y también mantenerme arraigado, no romper radicalmente.”

 En El carbonero, la biografía de Quinquela Martín se vuelve materia y cuadro de costumbres, pinceladas de movimiento a través de las cuales Cuello explora con el Ballet Contemporáneo una obra con fuerte despliegue narrativo, que hace del puerto espacio para la poesía, la justicia y el color. Este universo que enaltece a los trabajadores, convive con Mirame, estoy dejando de ser yo, de Andrea Servera. “Andrea trae al teatro un público joven, con una propuesta muy social, de absoluta actualidad, casi una declaración política. Mi propuesta tiene un corte más clásico y ortodoxo. Tanto el público más joven como el más tradicional de la danza, ambos tienen para sorprenderse”. 

 ‒¿Cuáles fueron las primeras imágenes que dieron forma a El carbonero?
‒Después de la primera reunión, tenía que presentar en diez días el boceto de un proyecto. Entonces pensé en un viaje del blanco y negro al color, que es un poco el proceso de Benito. Empieza dibujando en carbonilla, hasta que encuentra sus propios temas, y aparece eso tan robusto y enorme que es el color y los volúmenes. Visité su museo, y a través de su Vida novelesca, escrita por Andrés Muñoz, y otros materiales de estudio, me quedé impactado por su biografía. Su condición de niño abandonado, el amor por sus padres adoptivos inmigrantes: el matrimonio Chinchella, de quien toma el apellido. Su propio recorrido como artista me permitía vincular su historia con mi propio proceso como creador y coreógrafo. También empecé con pequeñas obras (casi como el blanco y negro de Quinquela) hasta llegar a un gran escenario. Esta es mi primera obra de enorme volumen.

 ‒¿Cómo fue concebido el espacio para el espectáculo?
‒Trabajo hace 15 años con la misma vestuarista, Nora Churquina, quien es escenógrafa de formación. La escenografía para una compañía independiente es algo casi prohibitivo, por eso nunca habíamos proyectado dispositivos grandes. Siempre es mejor tener obras con baúles, fáciles de llevar. Montar en la Martín Coronado nos dio la posibilidad de ampliar la escala, también en el trabajo con una gran compañía como el Ballet Contemporáneo del Teatro San Martín. Siempre los bailarines son mis colaboradores profundos para armar una obra, muchos movimientos te los dan ellos. Uno estimula, pide una imagen.

 ‒¿Qué significa para usted permanecer en el lenguaje del tango?
‒El tango es mi mundo. Tengo un origen popular, soy bailarín folklórico de Los Polvorines. A los 20 años entré al Ballet de la Universidad de Buenos Aries (UBALLET), lo que significó ingresar a un mundo de gran formato y seriedad en la construcción. Después empecé a trabajar con Ana María Stekelman y su compañía Tangokinesis, pasé por las manos de Oscar Araiz, de Doris Petroni. En el trabajo con las danzas populares, hay un peligro de quedarse en una zona de confort. Hay espacios profesionales muy ligados a lo comercial, en el folklore y en el tango. El desafío es no permanecer en lo que considero el smoking, La Cumparsita y el vestido de paillette. En mi carrera profesional, decidí no volver a bailar por el bife de chorizo for export de las casas para turistas. Eso muchas veces lleva a un lugar desértico, no somos muchos los que estamos buscando hablar desde distinto con el arte popular. Siento desde hace quince años que el propio tango me orienta, me da las respuestas profundas para poder correrme.