CON PABLO GORLERO, AUTOR Y DIRECTOR DE REMIGIO VERDIALES, UN CARPINCHO

“Lo que un niño ve en su infancia puede durarle para toda la vida”

La utilización de una innovadora técnica de títeres de gran formato junto con el desafío que significó para los intérpretes cantar y bailar al tiempo de manipular muñecos simultáneamente en escena, son algunos de los tópicos que revela el director sobre el complejo proceso de creación de este espectáculo, que une el género musical con el teatro de títeres y propone un mensaje de concientización sobre el ecosistema de los humedales, además de emocionar y responsabilizar a las infancias. Finalmente, el director asistente, Jerónimo Dodds, revela el intenso entrenamiento vocal y coreográfico detrás de esta ambiciosa propuesta.

Fotos Carlos Furman

Aunque el teatro es siempre el terreno de lo (im)posible, quizás el musical se ha permitido abrevar –aún más– en la fantasía a partir de la estilización de las formas. Por eso, si a un humedal habitado por un carpincho campechano, una comadreja con ínfulas de actriz trágica y un coipo preocupado por no ser confundido con una rata se le suman canciones, coreografía y actores titiriteros con títeres que los duplican, la verdad se potencia hasta darse la mano con la imaginación. Pablo Gorlero es un especialista en estas lides, un cultor del teatro musical desde la investigación, pero también desde la puesta en escena, además de autor y director que también fue titiritero. Por eso, tal vez, sepa cuál es el efecto inmediato que ciertos montajes dispuestos sobre el escenario producen entre los espectadores, a cualquier edad: esa sorpresa que muta en un par de ojos maravillados. Pero esa maravilla, claro, tiene explicaciones lógicas, técnicas y hasta mecánicas. 

–Es destacable el tipo de mecanismo de los títeres que aparecen en la obra, desde ya alejado tanto de la manipulación más convencional detrás de un retablo, del hilo y las marionetas. 

–Como Remigio Verdiales, un carpincho es una comedia musical, quería que el personaje estuviera estructuralmente pegado al titiritero, para que los actores que manipulan, y que también interpretan, le den vida propia al personaje. El sistema es una pechera que lleva el titiritero con un eje metálico que está unido al títere. Y después la manipulación se completa a través de las extremidades de cada personaje, ya sea con varillas o con los pies, que están incorporados a los del titiritero. Es un método que vi hace mucho en Estados Unidos y también en una compañía francesa. Como las ideas se comparten, me pareció ideal para llevar adelante una comedia musical en la que el titiritero cante, baile y le dé a la marioneta la mayor verosimilitud posible. Para resumir, estos títeres tienen una altura aproximada de un metro veinte, son del tamaño de la mitad del cuerpo, o un poco más, del titiritero.

–¿Es su primer acercamiento, desde la comedia musical, a una obra pensada más en el público infantil que en el adulto?

–No, de hecho, a mí me gusta mucho trabajar para las infancias, porque implica una enorme responsabilidad. Nosotros podemos ver una película hoy y dentro de tres días nos olvidamos el argumento o lo que vimos. Y al pibe lo que ve en su infancia puede durarle para toda la vida. No solamente una obra, una imagen o un personaje, sino también hasta un texto, una canción. Hay que tener mucha responsabilidad para este trabajo. La primera comedia musical que dirigí fue para chicos, Señor de la imaginación, y después seguí con Saltimbanquis acá, en el Complejo Teatral, con la que estuvimos cinco temporadas, fue un éxito tremendo. Y también hice también Mi don imaginario, una comedia musical en la que traíamos otra vez a la vida a Hugo Midón. En 2024 tuve la idea de hacer una obra de títeres. Yo fui titiritero…

–¿Antes de ejercer el periodismo? 

–Mucho antes. Entonces, en 2024, hice El zorro, el labrador y el buen hombre, una obra a la que considero una de las mejores de las que hice. Por el amor que le puse, por lo que contaba. Y fue mi fracaso más grande también. Pero bueno, ahí me volví a enamorar de los títeres, del trabajo con ellos, y también me gusta que se vea a quien lo manipula. Empezó a darme vuelta por la cabeza la idea de Remigio Verdiales, un carpincho. Me cargan porque hago muchos espectáculos donde los animales son protagonistas. Pasa que me gustan mucho, tengo un respeto muy grande por ellos. Y hace rato que tengo una preocupación muy grande por lo ambiental, con cierta estigmatización de algunas especies como las comadrejas, los coipos. Y, casualmente, por los carpinchos, que antes pasaban desapercibidos para todo el mundo y hoy son el eje de atención, porque invaden los jardines de los ricos. Esta historia es sobre eso. No está ambientada en ningún lugar en particular, por lo que la gente de Nordelta puede quedarse tranquila. De hecho, hay una cierva de los pantanos que es parte de la fauna de los humedales. Y lejos de combatir el avance de las edificaciones, lo que quise fue concientizar un poco, a través de una historia divertida, no solamente a los pibes sino también a los adultos. Hay que reflexionar sobre la importancia de nuestro ecosistema y el respeto que debemos tener a las especies que viven ahí. Se puede convivir. Ese es un poco el lema de la obra.

–¿Cómo es el trabajo con el Grupo de Titiriteros del Teatro San Martín?

–Es hermoso. Confieso que tenía cierto temor, porque nunca había trabajado con una institución de tanto renombre y enorme prestigio internacional como el Grupo de Titiriteros del Teatro San Martín. La puerta fue la confianza que me dio Adelaida Mangani, con quien trabajé codo a codo en la preproducción. Después hicimos audiciones junto con Jerónimo Dodds respecto del aspecto vocal y con Marina Svartzman, quien se encarga de la coreografía. Necesitábamos encontrar a quienes canten, bailen, o que por lo menos se acercaran a eso. También hicimos con ellos un taller de comedia musical para empaparlos del género, para que puedan entender esta forma de decir y de contar a través de la música, para que no lo sientan caprichoso. Y la verdad que me sorprendió muchísimo la predisposición que tienen para proponer y meterse en el juego con un entusiasmo que hacía mucho tiempo no vivía. Yo estaba medio alejado de la comedia musical precisamente por eso, porque notaba que, aún a riesgo de generalizar, los artistas de teatro musical intentan mostrarse, pero perdieron el juego, perdieron el código. Como los titiriteros no tenían ese código, lo adquirieron inmediatamente y empezaron a explorarlo y a divertirse, incluso a partir de la frustración. La frustración es el camino para el éxito. Y si, de pronto se frustraban por algo, al ensayo siguiente venían como topadoras. Así que estoy muy feliz. Es una experiencia para atesorar. 

–¿Qué diferencias encuentra entre el trabajo con el teatro de texto y el musical? ¿En caso de este último, qué le demanda a un actor? 

–Voy a hablar por mí, y desde ya no digo que sea palabra sagrada. Parto desde un problema personal que tengo con el egocentrismo. No puedo trabajar con artistas egocéntricos, me cuesta muchísimo. Y por lo general, el mundo del musical es muy narcisista, porque trabaja para el aplauso, para el frente, para que se hable de los prodigios vocales o físicos de tal o cual artista. Y para mí el teatro musical es un género más, como el drama o el sainete, como la comedia o el teatro de títeres. Cualquier género teatral se sostiene desde la verdad, porque no andamos por la vida cantando y bailando. Entonces, ¿cuál es la manera para atraer al espectador a un mundo no convencional, a través del mayor verosímil posible? ¿Cómo lograr que el espectador no se dé cuenta de que el personaje, en un momento determinado, se va a poner a cantar? ¿Cómo encontrar la forma de que resulte lógico que tenga que apelar a la música para expresar sus emociones o para contar una parte de la historia? 

–Con Remigio Verdiales, ¿cómo trabaja la precisión? Porque hay una necesidad de exactitud en el movimiento del títere más que en la del baile. Y en la voz del titiritero, que a la vez tiene que ser la del títere.

–Casi siempre, mi proceso de trabajo es el mismo: trabajar sobre una obra parada. Es decir, arranco desde el comienzo y le pego, le pego, le pego, hasta el final, para después poder empezar a limpiar, a ser un poco más exquisito. En este caso, empezamos a trabajar desde el intérprete, sin los títeres, a ver cómo ese actor o esa actriz construye su personaje a partir de la voz y de lo corporal. Como acá están visibles todo el tiempo, necesitaba que tuviesen mucha seguridad, ya que no van a estar ni vestidos de negro, ni escondidos en algún lado, ni sin luz. En cambio, a los personajes con títeres sí les va a apuntar la luz y mucho. Necesitaba que primero estuviesen incorporados los personajes, encarnados en el cuerpo de los intérpretes. Y después, cuando apareciera el personaje –me gusta más referirme al personaje que al títere—, que sea una especie de doble personalidad, el otro yo de ese títere, de ese personaje que se había empezado a construir. Es habitual que el titiritero observe el objeto que está manipulando. Y como en esta ocasión trabajo con la interpretación del actor, necesito que mire a los ojos a su compañero, no al títere. Porque el títere tiene vida propia. Es un trabajo fino ya que una comedia musical se hace en conjunto: no sólo el director, sino también el coreógrafo, el músico, el preparador vocal. Todos trabajamos en función de la historia. Y estamos seguros de que los espectadores van a salir enfervorizados del Teatro Sarmiento, cantando en masa para ir al Ecoparque que está al lado para abrazar a algún carpincho. Eso me pasó con Saltimbanquis, que se estrenó en 2015, y hoy me cruzo con pibes que me cantan la canción de la Gata y buscan el disco por Spotify. A mí también me pasó, claro. No me quiero olvidar de un espectáculo que hice, Musiquitas, con canciones de Sergio Dantí y libro de Maestro y Vainman. 

–¿Sergio Dantí? ¿El de Aprendijuegos?

–¡Claro! Aprendijuegos, Magimundo infantil, estamos haciendo arqueología de la televisión argentina. Yo admiraba las canciones de Sergio y las cantaba. Jugaba mucho solo, cantaba todo el tiempo las canciones de Sergio, aunque no fuese un artista muy popular. Y como fui tío a los diez años, como un hermano mayor le cantaba las canciones de Sergio y mi sobrino también creció con esas canciones. Hace unos veinte años me metí en internet para averiguar qué había sido de la vida de Sergio Dantí. Y apareció que vive en España, donde se fue durante en los años ‘70. Le escribí y se emocionó mucho de que un pibe perdido en Argentina se acordara de sus canciones. Es más, hasta le escribí la letra de una canción que me la acordaba, y que no estaba en ese cancionero que él tenía en su página. Eso fue el germen del espectáculo y desde entonces seguimos en contacto.

 

“Muchos integrantes del elenco
nunca habían cantado frente al público”

Jerónimo Dodds, director asistente y preparador vocal del espectáculo, revela cómo afrontó el desafío de convertir a los titiriteros en intérpretes musicales. 

 

“Cuando estaba escribiendo la obra, Pablo (Gorlero) me comentó que le gustaría que formara parte del proyecto y lo ayude. Entre idas y vueltas, empecé como asistente de dirección y, por ser un musical, como también soy músico, al director le servía mucho mi mirada. Al mismo tiempo, fui haciéndome cargo de la preparación vocal, por lo que fue surgiendo naturalmente el rol de director asistente. Hasta donde sé, para el Grupo de Titiriteros es su primera experiencia en una obra de teatro musical. Así que estoy a cuatro manos, porque me pongo la gorrita de director vocal y, cuando termina esa sección, ya soy el director asistente...”

 

–¿Cómo resultó la experiencia?

–Todo muy grato todo desde el primer segundo. La predisposición y la sonrisa con la que encaran el trabajo es increíble, porque es un desafío enorme para ellos. Nosotros sabíamos que caíamos con una bomba, ya que además de manejarlos, tienen que hacer bailar al títere, y cantar y seguir actuando. Es un trabajo enorme, un gran esfuerzo para ellos, pero siempre con ganas de absorber y siempre con la mejor onda. La verdad es que se nota mucho el crecimiento, ya que para varios de ellos es la primera vez que cantan frente al público. Están tan entregados que es muy gratificante el ida y vuelta.

–¿Cómo se trabaja con ellos? Porque una cosa es preparar vocalmente a un actor y otra hacerlo con un actor titiritero, que además tiene que componer un personaje, en este caso un animalito.

–Hicimos mucho hincapié en tener bien preparado lo vocal, para después ir de a poco incorporando lo coreográfico con Marina Svartzman. Los dos los tuvimos cortitos, yo con el canto, Marina con el baile… Encimamos capas de a poco. Al movimiento le sumamos una voz de referencia, y después, al movimiento resultante, la propia voz de cada uno. Es increíble porque para muchos del elenco, hasta que comenzamos el trabajo en febrero, resultaba su primera experiencia de este tipo. 

–¿Cómo es trabajar específicamente con el género musical?

–Creo que la diferencia radica en que debemos enfocarnos en la sonoridad. No es lo mismo un musical clásico que uno moderno, algo cantado más lírico, que algo más pop. Por el género es por donde puede variar lo que haya que hacer, pero la exigencia y la labor para cada uno, es la misma, el mismo estándar en ese sentido. En el caso de Remigio Verdiales, cada canción tiene un poco su estilo. De repente sorprende una especie de cumbia a mitad de la obra, y tenemos que trabajar el sonido particular que pide la canción.

 

Autor: Carlos Diviesti

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