¿Quién es esa chica?
“Bimba. Una biografía escénica de Adelaida Mangani” es espectáculo multifacético que abre una ventana a una vida dedicada al arte. En la entrevista que sigue, su autora y directora revela algunos de los motivos que llevaron a su realización, que van más allá de la mera exploración en la experiencia vital de una artista con una vida asombrosa.
Foto: Gustavo Gavotti
Bimba no es la historia de una muñeca, porque si así fuera, la pieza contaría la historia de una “bambola”. Tampoco es la historia de una bomba, aunque por las fotos que pueden verse en la pantalla, en Mar del Plata Adelaida le haya hecho explotar el corazón a más de uno. Concretamente, Bimba es la historia de una “piccola ragazza bionda con gli occhi tinti di blu”, una niña rubia con ojos teñidos de azul que toca el piano con la ligereza de una farfalla en primavera, que tuvo un marido que antes de marido fue su amante, que tiene un hijo músico y una hija titiritera, tres nietos, y sesenta y seis años de docencia a cuestas. Y, por si fuera poco, alguien quien tiene la vocación intacta por enseñarle a cantar la Marcha de San Lorenzo, con absoluta firmeza en la voz, a su ordenada colección de botellitas, baldosa de por medio, en aquel enorme patio en la calle Guayaquil del recuerdo, y que seguramente era así de chiquitito.
“Sobre la base de muchas, muchas, muchas entrevistas que le hice a lo largo de muchos, muchos, muchos años, en 2018 o 2019 le propuse a Adelaida hacer un biodrama con su vida”, dice Mariana Díaz, autora y directora de este espectáculo. “Adelaida es una persona que vive en un mundo muy original, sin notar ni su particularidad ni la belleza que tiene. Mejor dicho, claro que sí, que lo nota, pero me refiero a que está muy habituada a ese mundo. Desde afuera, uno solo puede decir que es magnífico. Hoy, el Grupo de Titiriteros del Teatro San Martín que ella dirige tiene 47 años de existencia. Me arriesgo a decir que es algo irrepetible en Latinoamérica y, tal vez, en el resto del mundo, no lo sé”.
La Adelaida a la que se refieren Mariana Díaz y este cronista es, por supuesto, Adelaida Mangani, directora artística del Grupo de Titiriteros del Teatro San Martín, elenco permanente que fundó en 1977 junto con el recordado maestro Ariel Bufano. En el envase del “biodrama”, ese extraordinario recipiente creado por Vivi Tellas, Bimba sería la biografía escénica de Mangani. Sin embargo, Bimba está a punto de traicionar uno de los principales postulados del biodrama, el del umbral mínimo de ficción.
–¿Qué umbral mínimo de ficción puede tener la vida de Adelaida, si en muy buena medida se funda en la ficción?
–Estoy convencida sobre esto de las orillas que se cruzan, sabe. Hay quienes viven en ese borde que no es ni la arena ni el mar, y que permanentemente caminan por ese borde. Me intriga esa parte de algunas vidas que se suceden en el borde. Creo que la trayectoria de Adelaida es impar porque tiene una libertad creativa fuera de serie. Y eso lo transmite a todas las personas con las que trabaja. Al principio estaba asustada, porque la pregunta que atraviesa y es motor de este trabajo fue: ¿quién es esta mujer capaz de semejantes proezas? Porque si lo pensamos un poco, claro que son proezas. Una persona de ochenta y tres años, con la energía, la capacidad, la fuerza, la tenacidad...
–Que le dedicó más de la mitad de su vida al Grupo de Titiriteros.
–Y, además, si se despliega esa vida, uno se da cuenta de que no es lo único que hizo. Tiene una carrera docente de sesenta y seis años, porque oficialmente se jubiló, pero sigue trabajando en la Escuela de Titiriteros. No es que frenó todo y se dedicó a esto. ¡Ella es la creadora de la Escuela de Titiriteros también! Adelaida es una persona fuera de serie. Tiene una manera de estar en presente que es única. Se vincula con lo que hace con total disponibilidad y escucha, no hace nada en automático. Uno podría decir que, después de cuarenta y siete años, podría dejar que algunas cosas corrieran por sí solas. Pero no, nada es así. Adelaida tiene una capacidad de asombro permanente.
Desde hace ocho años, Mariana Díaz es asistente de dirección en el Grupo de Titiriteros del Teatro San Martín y, a la vez, coordinadora de escenarios durante las funciones. En ese sentido, es el nexo entre la dirección, los intérpretes y los talleres, y quien apronta todos los elementos y a todo el personal que participa de los espectáculos antes de que suba el telón. Formada en la Escuela Metropolitana de Arte Dramático (EMAD) como directora, discípula entre otros maestros de Juan Carlos Gené, acaba de ser nominada a los premios Teatro del Mundo por el diseño de los títeres para El rayo verde, espectáculo que dirigido por Mangani se estrenó en la sala Martín Coronado durante la temporada 2022. Todavía falta una semana para el estreno de Bimba en la Cunill Cabanellas, la sala más pequeña del Complejo Teatral de Buenos Aires, un espacio donde se genera una intimidad especial con el público y que, en el tercer subsuelo del Teatro San Martín, permite estar mucho más cerca de los talleres y de la maquinaria escénica y, por lo tanto, del trabajo y de los trabajadores.

–Esta vez le toca ocupar un poco el papel de espectador, ¿verdad?
–Desde algún lugar, sí. Pero es todo más difuso, porque en esta tarea tengo la suerte de aplicar mis saberes anteriores y reunir, en una sola, dos de mis grandes pasiones: el teatro y la plástica. Por ejemplo, un día Adelaida me mandó una foto para tomarla como modelo para la protagonista de El rayo verde. Era la imagen de una señora que resultó ser una titiritera que esperaba junto a Adelaida para entrar a ver una obra. Adelaida le pidió permiso para sacarle una foto, y me la mandó con un texto que decía: “Elena”. Yo miré la foto –una foto casera, con poca luz–, y como decía “Elena”, me puse a dibujarla. Después, las manos mágicas de Alejandra Farley le dieron forma al personaje, que es divino. El día del estreno, Adrián Grimozzi, el iluminador del Grupo, vino y me dijo: “Mariana, está Elena entre el público”. Claro, se refería a Elena, al personaje de la obra. Me asomé y la vi a esta mujer, que era idéntica al títere. Por eso digo que Adelaida tiene una vida muy teatral.
Hay que ajustar la puesta de luces. Las visuales en la pantalla no responden todavía, y el rayo sale un poquito después de que el dedo mágico de Adelaida Mangani lo marcara. Jano Squeri, el baterista, uno de los tres nietos de Adelaida, se preocupa por calibrar la amplificación en uno de los tambores. Para probar su micrófono, Florencia Sva dice un texto que, cuando lo diga Bimba sobre el piano, sonará mucho más admonitorio. Fernando Morando se pone un saco, se calza el guante y se transforma en Ariel Bufano. Falta para el estreno. No tanto, pero falta.
–¿Qué espera que encuentre el espectador?
–El despliegue de Adelaida, tan especial en un espectáculo fragmentario, que no pretende ilación directa. Establecimos un parámetro según el cual nos propusimos que nada de lo que se hable en esta obra se encuentre en Google, porque para eso cualquiera puede googlearla a Adelaida y sacar un montón de información. Esquivamos todo eso. Claro que hay links para que el público conozca quién es esta señora a nivel profesional. Nuestro trabajo toma a Adelaida desde aspectos sensibles de su infancia, de sus vivencias. Y con una generosidad fuera de serie, ella nos cuenta sus historias, sus cuentos, sus asuntos personales. Para mí, además de la emoción y la responsabilidad y la maravilla de dirigirla, es un cambio de papel muy fuerte. También es un lujo dirigir a mis compañeros, quince intérpretes, resulta muy emocionante. El nivel de entrega de la Compañía, de estar a pleno, es poco frecuente. Este es un Grupo de fierro y todos estamos atravesados por la emoción.
–Usted tiene una extensa relación con Adelaida.
–Ella aparece con una insistencia medio mágica en mi vida. La conozco desde los nueve años. Fue mi profesora de expresión corporal mientras que Ariel Bufano lo era de teatro en el Instituto Labardén. Entré de muy niña, al comienzo de la dictadura, a ese mundo privilegiado y único. El tiempo pasó y durante mi adolescencia Adelaida se transformó en compañera de militancia de mi papá, por lo que empezó a nombrársela en mi casa. Después, cuando entré a la EMAD, fui compañera de su hija Ariadna, y muchas veces iba a su casa a tomar mates que cebaba Adelaida. En la EMAD también me hice amiga de Valeria Bertuccelli, quien terminó siendo la mujer de Gabriel (Vicentico), el hijo de Adelaida. Mucho después empecé a trabajar en el Grupo, pero eso del orden de lo familiar, de alguien que orbitó en mi casa digamos, completa casi toda mi historia. Por eso, con este espectáculo pretendo que conozcan a Adelaida y se identifiquen con ella. Porque ella es madre, hija, abuela, titiritera, docente, cantante, pianista... En Bimba actúa, canta, baila. Pero no manipula títeres, no toca un solo objeto. Bimba es como un álbum de figuritas: viene una, después otra y otra. Y, como siempre en el teatro, el relato final lo armará el espectador.
Autor: Carlos Diviesti
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