ENTREVISTA CON LA COREÓGRAFA ANDREA SERVERA

“Sueñen alto, sueñen lejos, sueñen fuerte”

A poco del estreno de “Samer”, su creadora repasa el proceso de elaboración de la coreografía que montó con los estudiantes del Taller de Danza Contemporánea y reflexiona acerca de su relación con el arte del movimiento y la actualidad de la danza.

Carlos Furman

Samer es una palabra inventada que remite a una mal escrita en otro idioma. Esta obra creada para el tercer año de formación en danza contemporánea del Teatro San Martín es casi lo mismo: una danza inventada que remite a muchas otras danzas, a cuadros famosos, a reels de Instagram. Un juego cómplice y un acto de fe”. Así resume Andrea Servera su coreografía, que se presenta en el Centro Cultural San Martín y en el Hall Central, en el marco de una nueva dinámica en el ciclo de formación del Taller de Danza Contemporánea, que dirige Norma Binaghi y codirige Damián Malvacio. Desde 2022 se invita a distintos coreógrafos de amplia trayectoria a crear un repertorio propio de obras para que los estudiantes del último nivel del ciclo trienal de perfeccionamiento transiten el aprendizaje de ser intérpretes. La participación en un montaje en un ámbito de contención les da así el puntapié inicial e impulsa su camino profesional. 

En Samer hay un verano extrañado, pero también un invierno. De hecho, pareciera adivinarse un arco entero con todas las estaciones. Hay variedad de climas y estados por los que se va pasando en un verdadero viaje a través del movimiento (también de todo tipo), que van desplegando los bailarines. Las escenas son muy colectivas y, en esa grupalidad de mucha potencia, se destaca a la vez y alternadamente la individualidad de los intérpretes. Un movimiento lleva inesperadamente a otro y a otro, que dan lugar a situaciones siempre nuevas. Lo mismo sucede con el diseño sonoro del DJ Fer Ciraudo.   

Vuelta a los orígenes y el tiempo de la copia
“Si bien había trabajado con el Ballet Contemporáneo del Teatro San Martín, esta experiencia con el Taller, que fue mi escuela, es nueva para mí. Y aunque nunca estuve lejos porque suelo estar al tanto de la actividad del TDC, fue un poco volver adonde estudié. Me gusta conocer bailarines jóvenes, que se están formando. Y me atraía esta propuesta porque quería ver qué piensan, qué sueñan los estudiantes. En ese sentido, el trabajo arrancó con preguntas, para indagar acerca de dónde están parados, cómo se proyectan hacia el futuro. No vine con muchas ideas preexistentes, sino más bien trabajé con lo que iba apareciendo”, recuerda Servera sobre el comienzo del proyecto.

Entonces, en la obra se tematizan cuestiones que surgen entre los estudiantes de danza: “Hay algo de lo que se estudia y se repite, algo de los formatos, de la aventura que es ser estudiante y pasar de una clase a la otra, que se transita sin entender muy bien lo que estás haciendo. Hay una confusión al principio respecto de la dirección en la que querés ir”. El tema de la copia está muy presente en Samer, no sólo en relación a cómo se recibe, se copia, se reelabora y se suelta un determinado movimiento en el aprendizaje, sino también como un fenómeno social, sobre el que reflexiona Servera: “Últimamente, la danza, como muchas otras cosas, produce para las redes. Mucho de lo que se hace es para intentar volverlo viral. Los hay principalmente de danza urbana, pero también de la contemporánea en general. Eso también va educando. No es el mismo ojo que cuando yo estudié. Estamos pisando un territorio raro en este momento, porque la invasión de imágenes es enorme, hay muchas modas, formas en las que se supone que hay que bailar, una búsqueda de lo más efectivo. Es un momento extraño. Cuando yo estudiaba no tenía ni teléfono, usaba cospeles”. 

Servera describe el proceso creativo como un ida y vuelta. “Improvisaron, probamos a partir de sus propuestas. No fui con una idea previa de una coreografía a ser montada. En un momento, le encontramos el sentido. Tienen mucho para hacer, hay gran presencia de todos y cada uno tiene su momento y su protagonismo. Nadie es relleno. Darles ese espacio era importante. Disfrutar, estar en escena, algo que cuando sos estudiante no te pasa tanto. Eso es parte de volverse un profesional: pasar por un proceso, estrenar en el escenario y, después del estreno, también suceden otras cosas en el transcurrir de las funciones. Y gracias a que vienen estudiando hace mucho juntos, todo se construye en equipo. Son un verdadero equipo de danza”. Continúa reflexionando sobre los disparadores que dieron lugar a la creación de Samer: “Les hice elegir reels virales de Instagram y los copiamos. Esto es algo que se hace sin decirlo en muchas obras. Capaz que no te das cuenta, lo viste y te gustó, improvisás y quizás es una inspiración. Ahora hay tantas referencias, que cada uno se apropia y las transforma. Pero en este caso explicitan la copia (hay que tener en cuenta que los alumnos copian pasos en las clases y están muy invadidos por la forma en este momento). La obra pone de manifiesto entonces esa cuestión de las formas, imágenes e ideas que se incorporan y a la vez se abandonan, ya que hay mucho de juego también”. Y agrega: “A la vez traje imágenes de unas pinturas como disparador creativo posible. En especial, la de la libertad, para pensar en esa palabra tan usada hoy y en ese color de la fantasía clásica que se repite y se destruye en una improvisación”. 

Lo mismo, pero no, y un momento bisagra
Cuando se le pregunta por el título de la obra, Servera se remonta al comienzo de los ensayos: “Cuando arrancamos a trabajar, hacía mucho calor, así que me apareció esa palabra, 'verano' , pero mal escrita, como apropiación. Era, pero no era. Fue en ese sentido un verano muy extraño para mí en lo personal, en el que estaba todo corrido de lugar. Vivía en la casa de un amigo a la vuelta del teatro, como cuando venía como alumna al Taller. Me gustó cómo sonaba, es una palabra corta y lúdica. Pero no tengo mucha explicación, son procesos intuitivos, viajes donde te perdés y te encontrás”. En la línea del juego podría pensarse en los “gamers” y surge también la referencia a “same”, lo que es igual (pero a la vez en este caso no, ya que el concepto de “lo mismo” aparece problematizado); por lo que se vuelve un título sumamente polisémico. 

Un aspecto que para la coreógrafa es primordial es que “los intérpretes la pasen bien. Todo es tan difícil en la danza en nuestro contexto que es importante que este momento sea de disfrute o de placer. Quiero que jueguen y se diviertan”. En ese sentido cuenta que cuando conoció a los estudiantes los sintió con menos ansias, en contraposición a lo que ella sentía cuando estudiaba en el Taller: “Yo me quería comer el mundo en aquella época. Por las circunstancias actuales, ellos se pueden imaginar buenos futuros posibles, pero les cuesta decirlo, está difícil soñar en este contexto siendo bailarín, porque hay poca salida laboral y artística, y hay muy pocos espacios donde crecer. Pero a la vez, me dan ganas de decirles: ‘Sueñen alto, sueñen lejos, sueñen fuerte, porque es el momento de estar muy activos y tratando de inventar cosas y de bailar mucho. Es bailando que lo van a encontrar’. Yo hice el Taller durante la hiper de Alfonsín. No era la panacea tampoco. Me fui al extranjero porque no quería trabajar de moza. Quería bailar. Por eso quiero transmitirles que consigan la manera, que se escapen y prueben cosas”. Servera trasciende en esta experiencia el papel de coreógrafa y se convierte en una suerte de motivadora, que es también un rasgo que caracteriza a todo buen docente. En este campo de la formación en danza se pregunta “dónde queda la jerarquía de la danza, una disciplina con tanta estructura y normativa. Quizás es el momento de que se corra, de repensar las formas. No hay que dinamitar, hay que pensar las construcciones y estoy segura de que es en equipo, reflexionando en grupos, intercambiando informaciones. Y es importante el abordaje, cómo y dónde se para el docente. Me siento muy perdida en la situación actual, no sólo de Argentina sino del mundo en general. Estamos en un momento muy bisagra”.

El Taller de Danza Contemporánea se fue aggiornando y fue incorporando nuevas técnicas en su currículo. Pero Servera señala que “es un momento tan difícil que cuando mientras se incorporan nuevas disciplinas, ya aparecen otras. Se las come el mercado, aunque no hagamos cosas mercantiles. Yo siempre fui fanática del hip hop, pero se lo comió el mainstream, Tik-Tok, los cantantes de trap. Me encantaba conocer bailarines que bailaban porque les surgía de lo más profundo y no porque querían ser virales. Todo eso está bueno porque da trabajo, pero cambia el foco. Lo que es del borde se vuelve del centro. Estoy todo el tiempo atenta a qué pasa en los márgenes, en lo outsider, la rebeldía. Pero capaz que ya no hay más”. De lo que Servera está segura es de que “si hay algo que le va a ganar a la inteligencia artificial es la danza, que es puro cuerpo, pura sensación. Es un reducto extraño en diferentes sentidos. El acto de bailar y ver bailar es único. Y no se puede simplificar a un plano, requiere de la mirada periférica”.

Una mujer “orquesta” y “todo terreno”
Andrea Servera es una verdadera “mujer orquesta”: sabe manejar grupos grandes de intérpretes a la perfección, de manera que poner en escena esta coreografía con todos los estudiantes de tercer año no fue ajeno a su vasta experiencia. “Los grupos grandes me encantan. Me emociona ver muchos cuerpos juntos y, al contrario, me cuesta más trabajar con pocos intérpretes”, asegura. En esa línea, durante años dirigió el Combinado Argentino de Danza (CAD), compañía independiente formada por bailarines de danza contemporánea, hip hop y folklore que se presentó en Argentina y en el exterior. Uno de los espacios en los que actuó fue precisamente en el Hall Alfredo Alcón, donde se podrá ver Samer. “Me encanta el Hall, ese lugar democrático, abierto a la calle, ir hacia el público, que sea gratis, que las personas pasen y vean. Allí la danza funciona muy bien con obras sumamente diferentes. Por otra parte, la Escuela y el Ballet tienen algo que devolverle a la sociedad. Es un ida y vuelta. Y genera nuevos públicos que se interesan por la danza”. En este punto, la coreógrafa recuerda: “Todos empezamos a bailar porque vimos bailar a alguien. La danza es muy contagiosa. Te emociona y te toma. A los 17 años no sabía qué era la danza contemporánea. Era el 86 y me enteré de que existía porque alguien me dijo que probara. Empecé a estudiar con Ana Kamien y me volví loca. Había hecho danza clásica, española, jazz, folclore. Bailaba de todo. Pero al haberme criado en el Conurbano y en Neuquén, no tenía mucha información. En aquel momento estaba de novia con un chico que estudiaba clown, así que vi Escuela de payasos de El Clú del Claun como siete veces. Un día me encontré en un tren con dos de sus integrantes, Batato Barea y Guillermo Angelelli, a quien conocía porque era maestro de mi novio. Me preguntó qué hacía y cuando le dije que bailaba, quiso saber si hacía danza contemporánea. Le dije '¿qué es eso?'.  Ahí me anotó la dirección del estudio de Kamien, que me introdujo en la danza contemporánea, un mundo del que no salí más”.

Andrea Servera no sólo maneja muy bien grandes grupos, sino que además es una “todo terreno” en relación con los ámbitos en los que se mueve. Recientemente trabajó en la coreografía de Los días afuera de Lola Arias, obra presentada este año en el Teatro Alvear. Había participado también en la película Reas de la misma directora, “pero esto fue muy distinto. Fue muy espectacular estar tan adentro de algo que necesitaba un nivel de concentración y dedicación enormes. Nunca trabajé tanto en mi vida. Fueron ensayos maratónicos y de gran entrega. Fue difícil porque las personas que participan no tenían recursos técnicos y había que llegar a escenas que tuvieran naturalidad, y encima con una cantidad de texto enorme. Pero fue muy emocionante lograrlo y ver crecer ese grupo hermoso”, relata. Servera había trabajado en la Cárcel de Mujeres de Ezeiza dando clases y realizó una película allí. “Tuve esa experiencia artística en contexto de encierro y Los días afuera fue una linda vuelta. Renovó una alegría de algo que sé hacer, coreografiar con intérpretes que no tienen tantas herramientas en el arte del movimiento, pero confiar en sus posibilidades. Trabajar con las vidas de las personas es muy fuerte, hemos reído y llorado muchísimo durante el proceso. Compartimos tanto… todo el equipo se reunía para desayunar o almorzar en las largas jornadas de ensayo y comíamos todos de un mismo recipiente que llamaba el 'tupper socialista'”, recuerda entre risas. 

Pero Servera trabaja a su vez en un espacio absolutamente distinto, el mundo de la moda: “Allí también soy coreógrafa, muevo figuras en el espacio, principalmente modelos y a veces bailarinas. En algunos desfiles participan como cien modelos en muchos lugares distintos de la ciudad. Es una profesión que fui construyendo a lo largo de veinte años y algo mucho más efímero que la danza. Tiene que salir bien porque hay una sola posibilidad de hacerlo. No hay revancha, sí mucha adrenalina, y un montón de seres gritando como locos. Pero me puedo mantener tranquila, entera y con coherencia. Ahora, después del estreno de Samer, me abocaré al BAF Week. Toda esta heterogeneidad es muy enriquecedora”, concluye esta creadora incansable que se sigue emocionando con la danza como el primer día.

 

Autor: Victoria Eandi

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