BALLET CONTEMPORÁNEO ¨ALLA BIGONZETTI¨
A continuación, el repositor y asistente del consagrado coreógrafo italiano Mauro Bigonzetti revela, tras haber montado con la compañía del Teatro San Martín su obra “Rossini Cards”, los detalles de la “cocina” detrás de este estreno de danza sobre música de Gioachino Rossini
Vincenzo Capezzuto tiene un alma renacentista; luminoso, versátil, curioso, observador, culto y talentoso en distintas disciplinas. Siempre sonriente y entusiasta, corrige y orienta a los intérpretes del Ballet Contemporáneo del Teatro San Martín en la reposición de la obra del gran coreógrafo italiano Mauro Bigonzetti, Rossini Cards. También italiano, fue parte de Aterballetto (compañía dirigida por Bigonzetti entre 1997 y 2007) durante ocho años como bailarín, y ahora es su asistente y repositor coreográfico.
Bigonzetti vino en 2022 en persona a montar Cantata con la compañía del San Martín, espectáculo que fue un éxito y que generó en los bailarines una gran expectativa sobre esta nueva pieza. En los ensayos se trasluce la alegría que les provoca interpretarla, una emoción que recibe (y devuelve) Capezzuto y cualquiera que tenga la posibilidad de presenciarlos. Se vive entonces la experiencia tanto del riesgo en las escenas más parsimoniosas y a la vez exigidas — en las que la excelencia de la técnica se combina con lo afectivo— como la del involucramiento sensorial en las más veloces y frenéticas, que envuelven al espectador más próximo en ráfagas provocadas por los mismos cuerpos en movimiento de los bailarines, un estado que recuerda a la popular definición de Einstein: “los bailarines son los atletas de Dios”.
¨Bigonzetti y Rossini comparten esa gran musicalidad, el ritmo, la ironía, la teatralidad, todos elementos muy italianos. Los dos son muy versátiles; Mauro reúne lo contemporáneo y lo neoclásico, maneja un abanico de estilos, y es muy emocional e instintivo; encaja perfectamente con Rossini”.
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Una receta dinámica
Capezzuto, nacido en 1979 en Salerno, formado como bailarín en la Escuela del Teatro di San Carlo de Nápoles (de cuyo ballet fue solista) recuerda en perfecto español (porteño, porque trabajó tres años con Julio Bocca en su Ballet Argentino) que Bigonzetti estrenó Rossini Cards en 2004, en el Teatro Romolo Valli de Reggio Emilia. “Yo entré a la compañía en 2005, y la aprendí y bailé muchas veces en distintos roles y en distintas giras. Después de Cantata, que es su masterpiece, viene esta obra”, afirma. Y agrega: “Cuando dejé de bailar y empecé mi carrera como asistente de Mauro, ya tomé la pieza desde otra perspectiva, después de haberla interpretado y de haberla visto por otras compañías con las que Mauro iba haciendo cambios, adaptándola a los distintos bailarines. En realidad la coreografía se sigue transformando. Aunque siga siendo la misma, a su vez hay otras versiones, según quien la baile. Mi trabajo es ponerme en el lugar de Mauro, a quien conozco bien, y ver qué puede salir mejor en cada caso”.
Las obras se reinterpretan y se resignifican a medida que van pasando los años y las reposiciones: “Según la experiencia de vida, surgen cosas que antes no sentías. Fueron apareciendo otras conexiones con el cuerpo si bailaba un solo, si era una parte coral, si era un dúo, y luego fue algo nuevo cuando empecé a trabajar como asistente también. Y ahora le pregunto mucho a los bailarines, escribimos otra trayectoria en el estilo sin cambiar la coreografía, la personalizamos, no se trata de seguir exactamente el video. Hay un dinamismo entre la experiencia de ellos y la mía”, reflexiona.
Los ingredientes originales
Sobre el origen del espectáculo Vincenzo explica: “Tiene que ver con la historia de Mauro, él nació (física y) artísticamente en Roma en la ópera y su experiencia y su historia como bailarín van desarrollándose en convivencia con esa música y esos cantantes líricos. Siempre estuvo cerca de compositores como Rossini, Bach y Mozart. En 2004 decidió rendirle homenaje al primero de ellos, a través de Rossini Cards, compuesta de distintos cuadros (las ‘cards’ a las que alude el título del espectáculo). No los une una historia, son independientes, pero todos tienen que ver con su visión de Rossini, como si fuesen distintas facetas del compositor. Yo que lo miro desde afuera puedo decir que los dos son muy parecidos. Bigonzetti y Rossini comparten esa gran musicalidad, el ritmo, la ironía, la teatralidad, todos elementos muy italianos. Los dos son muy versátiles; Mauro reúne lo contemporáneo y lo neoclásico, maneja un abanico de estilos, y es muy emocional e instintivo; encaja perfectamente con Rossini”. Sobre el armado más concreto de los cuadros detalla: “Bigonzetti fue eligiendo, entre otras, un pedacito de La Cenicienta, otro de La gazza ladra, también recurrió a Pecados de vejez, de la época en que Rossini estaba retirado en París. Se trata de una colección de arias con piano, muy íntimas, pensadas como para ofrecer un concierto privado en una habitación; algo que va en la línea de la obra porque es muy íntima, salvo el final que es una explosión de ritmo y de teatralidad (además de que los chicos cantan, como en Cantata). Rossini Cards está en el borde del drama y la ironía, pero a la vez es sutil y clásico en el sentido de la ópera”.
Plato principal, un modo hedonista de estar en el mundo
Un elemento curioso de la coreografía es que incluye referencias a la pasión del compositor italiano por la gastronomía. “A Rossini le encantaba cocinar y comer y hay una receta que se lee en la obra que fue escrita por él. Este es uno de los puntos en común con Mauro, que también tiene un gran gusto por la buena comida y cocina excelentes platos”, revela Vincenzo.
Así es que el espectáculo incluye una escena, en la que una de las bailarinas tiene que lucirse histriónicamente (como ya había sucedido con Cantata), con la receta de los maccheroni alla Rossini. Este plato tiene toda una historia aparte; se cuenta que el compositor invitó a cenar al escritor francés Alexandre Dumas, sirviéndole esta receta propia, que contenía trufas, hongos y jamón serrano, algo muy extraño en esa época, y Dumas lo rechazó porque esperaba una preparación de pasta sencilla.
Asimismo, la obra comienza con la imponente y teatral imagen de todos los bailarines sentados a una mesa, descripta así por Capezzuto: “En esta escena, con música de La Cenicienta, se destaca el encuentro de personajes, la revelación de sus caracteres, que se van mostrando al ritmo del marcaje de las consonantes italianas en el canto, como si estuvieran chusmeando”.
Entre otras facetas del compositor, Rossini Cards se detiene en la exaltación de los placeres y la sensualidad que manifiestan sus creaciones y su modo hedonista de estar en el mundo.
¨Estos bailarines son muy versátiles, se prestan a los distintos estilos propuestos. Son todos tan buenos que me daban ganas de armar un tercer reparto. Cuando las creaciones de Mauro están hechas no sólo por buenos bailarines, sino por artistas, se potencian. El mensaje llega de otra manera al espectador¨.
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La cocina del Ballet, master chefs de la danza
Según Capezzuto, el Ballet Contemporáneo captó e incorporó muy rápidamente la coreografía: “El trabajo con los bailarines resultó genial. Fuimos trabajando el estilo, los detalles, lo teatral...La compañía es estupenda, ya tenía la información de parte de Mauro; incluso él tenía una idea del personaje que quería para cada bailarín porque los llegó a conocer bien a través del montaje de Cantata, que fue una pieza muy fuerte para ellos”. En este punto, compara ambas coreografías: “Cantata es una obra más física, más a tierra, más salvaje. Rossini Cards tiene igualmente partes muy físicas, pero hay también escenas sutiles, tiernas y refinadas como el primer dúo en el que dos seres que se quieren mucho, se van descubriendo. Hay una leve sensualidad, pero no va más allá, se sienten más que se tocan, hay caricias, equilibrios y proporciones en un flujo sin stop”.
En realidad las escenas y los climas son muy heterogéneos porque este dúo tan íntimo y tierno viene a continuación del cuadro tan histriónico de la mesa en la que todo el reparto baila sentado en el marco de un contexto más satírico. En ese sentido, el humor (también presente en Rossini) atraviesa muchos de los cuadros, y los tiempos cómicos, en esa tónica teatral que tiene Rossini Cards, acompañan en algunos casos el ritmo de la coreografía. “Es una obra que representa por excelencia a Mauro”, señala Capezzuto. Y aclara: “Están todos sus lenguajes; él se expresa allí a 360 grados, me fascina esta pieza. Y estos bailarines son muy versátiles, se prestan a los distintos estilos que propone. Son todos tan buenos que me daban ganas de armar un tercer reparto. Cuando las creaciones de Mauro están hechas no sólo por buenos bailarines, sino por artistas, se potencian. El mensaje llega de otra manera al espectador”.
Capezzuto también se detiene en la impronta femenina que tiene Rossini Cards: “la mujer resalta más, baila más que el varón; está el dueto de las dos chicas (que en el segundo reparto lo hacen dos varones); el solo con las zapatillas de punta que es muy irónico, porque ella lucha entre ser bailarina clásica o tener un alma más salvaje; y el solo de la mujer que luego se convierte en trío, con toda una carga dramática. Es un solo muy conocido que muchas bailarinas quieren hacer; el personaje es una criatura un poco monstruosa que descubre estar viva y de repente se libera de algo y empieza a bailar”.
Y a toda esta variedad de escenas se suma una de canto operístico en el cuadro final de La gazza ladra, que tienen que llevar adelante un bailarín y una bailarina de la compañía. Se trata de uno de los grandes hits del compositor, es un gran desafío pero salen airosos: “La parte cantada funciona muy bien, ellos son muy chistosos; a través de la canción y la melodía pasa algo entre ellos, se divierten y coquetean”. Esto se da como una suerte de pausa en el marco de un “divertissement, una explosión de colores, emociones y ritmo, sumamente cansador, en el que los bailarines no paran de correr, no tienen ni tiempo de respirar”, explica Vincenzo.
Ese momento explosivo de la obra es donde más se evidencia el goce sensorial presente en Rossini, el “vitalismo dionisíaco” que la define. Y es uno de esos momentos de energía contagiosa y expansiva muy habituales en la compañía, en los que sus integrantes exhiben su máximo potencial y fuerza como grupo, al igual que su disfrute colectivo por la propia experiencia de la danza.
Victoria Eandi
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