ENTREVISTA CON IGNACIO RODRÍGUEZ DE ANCA Y LUCIANO CÁCERES

CORAZÓN DELATOR

El director y el intérprete de "Paraíso", la obra de Inmaculada Alvear que se presenta en la Sala Cunill Cabanellas, repasan el proceso creativo de un espectáculo que interpela a la masculinidad tomando el tema de la donación de órganos como disparador.

Foto portada Gurstavo Gavotti - Fotos nota Carlos Furman

 

 

En otro tiempo la naturaleza humana era muy diferente de lo que es hoy. En primer lugar, tres eran los géneros de las personas, no dos, como ahora, masculino y femenino, sino que había, además, un tercero. El andrógino, en efecto, era entonces una cosa sola en cuanto a forma y nombre, que participaba de uno y de otro. 

Todos estos seres eran extraordinarios en fuerza y vigor y tenían un inmenso orgullo, hasta el punto de que conspiraron contra los dioses. 

Tras pensarlo detenidamente dijo, al fin, Zeus: “Los cortaré en dos mitades a cada uno y de esta forma serán a la vez más débiles y más útiles para nosotros por ser más numerosos”. 

De aquí procede el amor que tenemos naturalmente los unos a los otros; él nos recuerda nuestra naturaleza primitiva y hace esfuerzos para reunir las dos mitades y para restablecernos en nuestra antigua perfección. Cada uno de nosotros no es más que una mitad que ha sido separada de su todo, como se divide una hoja en dos. Estas mitades buscan siempre sus mitades.

 Aristófanes en El banquete de Platón

 

En Paraíso, de la dramaturga española Inmaculada Alvear, Juan Valero, un poderoso empresario, recibe a través de un trasplante un nuevo corazón; se trata de un latido distinto a todo lo conocido que lo lleva a una rotunda transformación en su existencia en todos los niveles. Su vida queda inextricablemente unida a la de Jessi, la donante, una mujer prostituta, dominicana, de un barrio llamado Paraíso de Dios, uno de los puntos más contaminados del planeta.

Dice la autora: “Escribí Paraíso desde una inquietud profundamente teatral: la necesidad de formular preguntas que no tienen una respuesta cerrada y que habitan en el territorio de la emoción, la intuición y la duda. Desde muy joven me interesan lo esotérico y las miradas alternativas sobre el cuerpo y la salud, especialmente aquellas que vinculan los órganos con las emociones y la mente. El estudio de la macrobiótica y de la medicina oriental fue decisivo en este proceso, al entender el corazón como algo más que un órgano que bombea sangre. De ahí surgió la pregunta que dio origen al texto: ¿qué sucedería si un hombre poderoso, un empresario de éxito, recibiera el corazón de una mujer situada en sus antípodas sociales y vitales? ¿Podrían trasladarse con ese corazón deseos, recuerdos o emociones? Así nació la historia de Juan y Jessi, dos mundos opuestos obligados a convivir en un mismo cuerpo. Paraíso se mueve entre la ficción y la reflexión, y propone al espectador una experiencia que no busca certezas, sino abrir una grieta de duda sobre cuánto de lo que somos habita, también, en nuestro corazón.”

 

 


Díptico de un solo actor

Esta obra, que se presenta en la Sala Cunill Cabanellas del Teatro San Martín bajo la dirección de Ignacio Rodríguez de Anca, está planteada como un texto para un solo actor y éste fue uno de los factores que atrajo a Luciano Cáceres —quien venía de hacer exitosas temporadas con otro unipersonal, Muerde, de Francisco Lumerman, en el que interpreta a René, un ser abandonado y vulnerable— a encarnar el único personaje de Paraíso, Juan Valero o, mejor dicho, el único a partir del cual se desarrolla la integridad de la trama, que tiene toda una constelación de otros personajes en cuyo centro está la figura del empresario. 

 

Paraíso se mueve entre la ficción y la reflexión, y propone al espectador una experiencia que no busca certezas, sino abrir una grieta de duda sobre cuánto de lo que somos habita, también, en nuestro corazón.” (Inmaculada Alvear)

 

“Después de Muerde me quedó el gusto de estar solo en el escenario, así que quise buscar un material para armar un díptico: por un lado, Muerde, una obra rural, de pueblo, un lugar donde todos se conocen, y por otro lado Paraíso, que se desarrolla en la ciudad, en el caos y en el anonimato”, explica Cáceres recapitulando la génesis del proyecto. Y continúa: “La coproductora VE8 se contactó con la autora y, cuando fui a presentar la película Adiós Madrid y Muerde en el marco de Conexión Buenos Aires-Madrid, nos encontramos con ella, y pudimos hacer una lectura dramatizada en Casa de América. Fue un primer encuentro para ponerle voz, y ya empezamos a trabajar con Nacho (Rodríguez de Anca) en la puesta y con Dany Mañas en la versión porteña de la obra”. 

Rodríguez de Anca señala, en tanto director del espectáculo, que “la obra tiene muchas escenas, muchos personajes y lugares; entonces el desafío fue encontrar un dispositivo que nos cerrara para narrar diferentes espacios y situaciones a través de la actuación de Luciano y que a él le permitiera y facilitara ir pasando de uno a otro para crear esos mundos, y para que hubiera una cierta dinámica”.

La escenografía está entonces construida principalmente sobre la base de proyecciones y utilería, en una “línea estética que está en las antípodas de Muerde, donde todo era aserrín y madera y había poco efecto visual. En Paraíso hay intervención tecnológica, a través del video y el trabajo con el sonido y la música”, afirma Cáceres. Y agrega: “El objetivo es poder habitar todos los espacios que se proponen; esto tiene que estar pasando, no es simplemente una narración del personaje de lo que pasó”. Es decir, que no se trata de teatro de relato, sino que se representa verdaderamente la trama que se va desplegando. Ignacio agrega que quieren “sacarle el jugo a las situaciones. Más allá del cuento original, que gira en torno a cuánto modifica a una persona recibir el corazón de otra, procuramos ahondar en todos esos personajes, con sus mundos propios e interesantes, que a la vez describen el mundo en que vivimos”. 

¿Dónde reside el alma?

Respecto del tema disparador de la trama, el de la donación de órganos, actor y director realizaron mucha investigación. Hubo una segunda lectura dramatizada en la Sociedad Argentina de Cardiología y se abrió el debate. Cáceres recuerda algunas reacciones respecto de lo que plantea la obra, esta idea de que cuando se recibe un órgano, se hereda el alma, la memoria (por algo en inglés aprender de memoria se dice “by heart”). “Hubo quienes no estuvieron de acuerdo”, recuerda. Así que, a partir de ese encuentro, en el que surgió el temor de que hubiese reticencia respecto de los trasplantes, y de una charla con trasplantados en la Asociación Civil CorazonArte (que trabaja en torno a la donación de órganos en general), ajustaron la versión y decidieron reforzar que esto es ficción y que donar órganos salva vidas. “No queremos confundir. Además, en Argentina la donación es modelo en el mundo por su claridad y honestidad. No funciona sobre la base del dinero sino de la lista de espera y la compatibilidad”, aclara Cáceres.

 

“Más allá del cuento original, que gira en torno a cuánto modifica a una persona recibir el corazón de otra, procuramos ahondar en todos los personajes, con sus mundos propios e interesantes, que a la vez describen el mundo en que vivimos”.
(Ignacio Rodríguez de Anca)

 

 


¿Creen ellos en la relación entre los órganos, los recuerdos y las emociones? En las charlas con trasplantados, ¿hubo alguna opinión en esta línea? “Fue muy conmovedor cuando tuvimos un intercambio con un padre que donó órganos de su hija bebé (el primer caso en Argentina) y dijo que sentía que de alguna manera su hija sigue presente en las personas que recibieron esas donaciones. Pero en realidad son pocos los que hablan de un cambio en la línea que plantea la obra. Es que, más allá de estas cuestiones, es el propio cambio provocado en tu vida por el trasplante lo que de por sí implica un punto de inflexión”, responde Cáceres. “Por un lado puede ser algo ‘álmico’, si pensamos místicamente; por ejemplo, heredar una pasión. Pero al mismo tiempo, son situaciones extremas que en sí te hacen dar un volantazo en la vida”. En definitiva, son coyunturas que modifican y transforman a la persona, como sucede con Juan Valero. Según Rodríguez de Anca, “hay una sugestión de él porque se obsesiona con saber de quién era el corazón. Cuando se entera, le da rienda suelta a otra cosa y surgen varias lecturas; puede ser algo que hereda o algo que es propio. Al principio, reprime, pero después, aun siendo representante de este mundo en el que nos quieren convencer de que es el único, donde lo único importante es el negocio, lucha por una posibilidad de amor diferente, más profundo y transformador. Así puede mirar verdaderamente a los ojos a su mujer, a un albañil, al hijo de la donante, y conectar de otra manera”. 

Además, pone el foco en que la obra de Inmaculada Alvear tiene la virtud de no bajar línea, de abrir, de plantear interrogantes, no se queda con el hecho documental del trasplante, sino que eso funciona como una excusa, un disparador poético. Por ejemplo, los trasplantados, cuando la vieron, la tomaron como una historia de trasplante, pero no es sólo sobre eso. “Lo importante es que el espectador arme lo propio, en qué identifica y en qué no, llevarse una reflexión y una emoción, formular preguntas compartidas; ésa es la maravilla del teatro, la vibración colectiva”, concluye Ignacio.

 

“La obra interpela a la masculinidad, lo físico, lo ideológico, los mandatos, esa responsabilidad que se sigue sosteniendo del hombre como proveedor, como capitán. El personaje va más allá de lo femenino y lo masculino, propone una identidad nueva. Porque Paraíso también habla de la búsqueda de la identidad”. (Luciano Cáceres)

 

Por otra parte, Luciano destaca su perspectiva sobre estos aspectos más misteriosos que sugiere la pieza: “Creo que hay algo más siempre, pero no sé si tiene que ver con un intercambio físico, creo en las conexiones ‘álmicas’. No es casual que a Nacho lo conozco desde los 13 años, somos amigos, nos acompañamos en lo familiar, en el trabajo, en la vida. Hay algo que nos hermana, y no tiene explicación por qué con él y no con otro, hay algo que nos conecta”.

 

Una obra sobre la identidad

Otro gran tema de Paraíso es el abordaje del mundo femenino desde ese extremo masculino de Juan Valero, el mundo de Jessi al que se resiste porque es completamente ajeno a él, no sólo por ser mujer sino también por ser mulata y de otra clase social. “Él es un hombre con un pensamiento muy esquemático”, señala el actor sobre su personaje. “Cuando dice ‘ahora no sólo tengo la inteligencia masculina, sino también la intuición femenina’, queda claro; como si la inteligencia fuera sólo masculina o el mérito de la mujer fuera solo por intuición, no capacidad e inteligencia. Pero a la vez, después del trasplante, empieza a mirar y valorar a su esposa, con quien hasta ese momento tenía un mal vínculo, de otra manera”.

Rodríguez de Anca señala que trabajaron “ese femenino que hay en cada uno, que no sea el estereotipo, aunque en algunos momentos sí, porque es disfrutable para el personaje. Entonces nos detenemos en cuándo ser más sutiles y cuándo no, según cómo se habitan las situaciones y los vínculos”. A medida que avanza la obra, Juan se va despojando del prejuicio respecto de lo femenino. El director explica que “va despertando su deseo, que antes estaba corrido y puesto sobre la ambición, y este deseo se convierte en algo transformador”. 

Por todo esto, de más está aclarar que Paraíso indaga en cuestiones de género, que se debaten en el propio cuerpo del protagonista. Cáceres destaca que fue fundamental en este sentido la mirada femenina que aportó Verónica McLoughlin, colaboradora artística y “tercera pata” en este equipo. “La obra interpela a la masculinidad, lo físico, lo ideológico, los mandatos, esa responsabilidad que se sigue sosteniendo del hombre como proveedor, como capitán”, afirma. Todo eso queda en suspenso en el camino que empieza a transitar Juan. “Es que el personaje de Juan Valero va más allá de lo femenino y lo masculino, propone una identidad nueva". Porque Paraíso también habla de la búsqueda de la identidad. 

Luciano recuerda a “una pareja que estuvo presente en la lectura en Madrid; no paraban de llorar. Y en la charla posterior expresaron que esta obra habla sobre la definición: ‘es todo lo que tuve que atravesar antes de hablar con mi familia para confesar que estaba enamorado de él’, dijo uno de ellos. Por otra parte, una chica que trabaja con la comunidad trans pudo entrar a la obra desde el humor que propone. “Si bien uno se pregunta de repente ‘¿de qué me estoy riendo?’, el humor está presente como una forma de catarsis; fuimos encontrando un equilibrio”, aclara Ignacio.

 

Dejarlo todo en el escenario

En el teatro, el principal instrumento es el cuerpo y “como decimos los actores, el cuerpo es memoria”, dice Rodríguez de Anca. Igual que en Paraíso, donde se tematizan justamente cuestiones ligadas a lo corporal, tornándose así doblemente teatral. Asimismo, el único cuerpo presente, el del actor que interpreta a Juan, y a partir de él a todos los otros personajes del universo que él despliega, cobra una dimensión muy especial. Ese cuerpo entra en tensión con un nivel más tecnológico, las imágenes que se proyectan como “decorado”, así como su propio rostro tomado por una cámara en vivo. El cuerpo del protagonista es un cuerpo tensionado en todos los sentidos (lo que es sutilmente acompañado por tensiones en la música y el sonido de Nicolás Diab), y esto lo vuelve muy desafiante para el intérprete. Y en este punto el director se detiene a elogiar al actor: “Luciano no para un segundo, lo deja todo en el escenario”.

“Quise ampliar los límites de lo conocido, del instrumento, los aspectos vocales, las emociones, el cuerpo en general. Es un gran ejercicio de actuación. Hay que forzar y descubrir algo pese a los años; aunque parezca que uno va solidificándose, hay que pasar de algo chiquito a algo estruendoso. Juan es un ser muy histriónico”, declara Luciano, quien se ve obligado a tener en su cabeza los innumerables detalles técnicos de la integridad del espectáculo ya que en escena todo pasa por él. 

En ese sentido, el dispositivo escénico (armado principalmente sobre la base de proyecciones) permite crear una multiplicidad de momentos íntimos y públicos (el diseño de visuales corresponde a Sonia Frickx). La utilería, por otro lado, tiene un rol fundamental: “se ve todo lo que se va a utilizar de entrada; no hay nada escondido, ni siquiera la peluca”, afirma Luciano. Y hay un elemento clave, un compañero de escena indispensable (una suerte de Wilson en la película Náufrago), que terminó de definir algunos de los aspectos más afectivos del espectáculo.

“La magia no está en generar sorpresa con la aparición de objetos ocultos, sino en otro lado”, señala el director. El dispositivo se combinó con “una idea cubista que me gusta, poder tener todas las caras y luego estallarlas para adelante en una relación frontal con el público, al que quiero involucrar e incorporar, aunque esté la cuarta pared”, dice Cáceres. En esta línea, Rodríguez de Anca insiste en la importancia del teatro “como invitación a preguntarnos sobre aquello que aceptamos como inevitable y sobre los lugares donde aún es posible transformarse. En un mundo donde parecen imponerse el individualismo, la falta de empatía y la obsesión por el éxito —donde lo diferente se percibe como una amenaza y la ‘humanidad’ pierde valor— necesito creer que el amor puede modificar el rumbo”. 

Ese amor que nos devuelve quizás algo de esa mítica, originaria, paradisíaca “perfección”.

Autor: Por Victoria Eandi

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