Dejarse escribir
Dice que sus textos “llegan siempre desde los otros hacia mí”. Dueña de una prosa exquisita, en la que cobra relevancia su compromiso con la realidad argentina, es a través de El vestido y del Grupo de Titiriteros del Teatro San Martín que la voz de María Teresa Andruetto llega al Complejo Teatral de Buenos Aires. Una voz en la que su palabra se articula con la de las mujeres de su generación.
Bibiana Fulchieri
Arroyo Cabral está ubicado a ciento sesenta kilómetros de la ciudad de Córdoba y a apenas diez de Villa María, cabecera del departamento de General San Martín. General San Martín se caracteriza por ser la sede del área aeronáutica provincial, y por irradiar la pujanza industrial desde el centro hacia el resto de la Argentina –no por nada es la sede de la Fiesta Nacional del Producto Lácteo–. A su vez, Oliva es la ciudad cabecera del departamento de Tercero Arriba, lindero al de General San Martín, y se caracteriza por catalizar la industria cerealera, oleaginosa y de chacinados de la región. Y finalmente Aldao es una ciudad que se parece, topográfica y económicamente, a Arroyo Cabral y a Oliva, a los departamentos de General San Martín y de Tercero Arriba, y a Tanti, a Vicuña Mackenna, Villa del Totoral, Capilla del Monte, Cruz del Eje, Bañado de Soto, Chañar Viejo o La Calera, aunque Aldao sea una ciudad ficticia surgida del imaginario de María Teresa Andruetto, nacida en 1954 en Arroyo Cabral, criada en Oliva, y atravesada en su formación por los avatares sociales y políticos del país, el sustento de su literatura sin distinción de lector. Porque sus cuentos y novelas, indisolublemente ligados a la Docta, a la historia nacional y provincial o al universo femenino, no se dividen en textos para adultos o textos para niños. Son textos para lectores sin edad como Stefano, el pequeño emigrante italiano que funda una historia en este suelo, personaje que junto al cuerpo de obra de Andruetto le valieron en 2012 el premio Hans Christian Andersen del International Board on Books for Young People, el Nobel de la literatura infarto-juvenil. Sin embargo, más allá del indiscutido lugar que ocupa en la narrativa, María Teresa Andruetto dice (una fría y húmeda tarde del invierno en Colegiales, después de un ensayo de El vestido que la trajo a Buenos Aires) que su relación con el teatro “es un poco periférica”.
“Fui profesora de la Escuela Provincial de Teatro de la provincia de Córdoba, que es un terciario gratuito de formación actoral y de docencia teatral”, cuenta. “Ahí di Literatura en general y Literatura infantil-juvenil para profesores de teatro. Más allá de la docencia, lo primero que hice en relación con el teatro, que en mi caso es una escritura marginal porque el lugar central lo ocupa la narrativa, fue para Teatro x la Identidad Córdoba en sus comienzos, a partir de El rastro de lo que era, un cuento incluido en mi libro Cacería. Después tuve una experiencia muy interesante con un grupo de teatro político, también de Córdoba, Balbuceando Teatro, que ya no está en acción, y que llevó a escena mi novela La mujer en cuestión. Nos juntamos durante un año una vez por semana con la directora y con dos actrices, tomamos cuadros de la novela sobre los que se improvisaba y separé así algunos núcleos, que reescribía a partir del resultado. Fue una experiencia muy interesante que se llamó Diría nadie la última palabra, y que generalmente se representa para ciertas fechas significativas.
—En Buenos Aires hay una proliferación del “teatro del yo”. En sus textos usted utiliza la inversión del yo, porque escribe desde un yo que no es el suyo. ¿Cuál es entonces la base de El vestido? Porque si bien aparentemente no es una historia que le ha sucedido, está muy cruzada por su experiencia, algo central en su literatura.
—Hay un borde con el que me gusta trabajar, porque lo que yo he escrito a veces se recibe como si fuera mi propia vida, pero no lo es. Lo que aparece en la obra es la propia experiencia astillada, incrustada en la vida de algunos personajes. Voy a mi propia experiencia a buscar algunas cosas cuando siento que el personaje las necesita. Es lo propio alimentando la ficción, no la ficción para contar lo propio. Lo propio no lo es en un sentido literal sino en un sentido, como diría, más profundo. Poético, ideológico, político, el lugar de las mujeres, el lugar de la militancia... Todos tienen razón de maneras complementarias y tensionadas. Me interesa mucho buscar esa complejidad, rotar los puntos de vista, ver qué le pasaría a él, a ella, a otros, en éste y en todos los textos. Cómo romper el estereotipo. Si uno mira en profundidad cualquier cosa que mira, el cliché se desarma. La vida de todos es más compleja. Y cómo entra la vida... “Nosotros no necesitamos nada”, es una frase de mi abuela, y esas son las cosas que uso para entrar en el personaje, como si fuera una actriz, en el sentido de que, en ese momento, soy ella. Pero no es tan interesante mi vida como para escribir sobre mi circunstancia. A mí me interesa la vida que veo. Siempre el disparador es algo que vi o que escuché, nunca sobre lo que me pasó a mí. Tengo 71 años, o sea, también he pasado por muchas cosas, pero en mi literatura eso es algo disgregado, no es la vida de la Tere. Con respecto a la literatura del yo, se escribe mucho desde un yo autocomplaciente y creo que no todas las vidas merecen una narración. Veo dos vertientes: una es la de las vidas insólitas que ameritan un relato biográfico, una ficcionalización de ese yo. Y lo otro es lo que hace Annie Ernaux, que a mí me resulta muy admirable, o lo que hace Didier Eribon por ejemplo, que es tomar el yo, hablar de lo propio, para mostrar una condición de época, una clase social. Eso es lo que miran estos autores, no usan el yo para hablar de sí mismos.
—Además, su mirada siempre está teñida por lo local, no se va a otro lugar para narrar sus historias.
—A mí el foco que me llama es el tema de las mujeres de clase media baja en los pueblos de provincia, el lugar de donde provengo. Ahí estaría mi vida, mi mirada político-social. Yo me crie en Oliva, un pueblo de la pampa cerealera cordobesa, que pertenece a esas zonas por lo general bastante conservadoras, apegadas a la cosa material y con poco desarrollo cultural. Con mis años vividos pasé por muchas condiciones sociales, económicas. Hasta le diría que viví en la marginalidad, en la época de la dictadura. Así que vi algunas cosas desde adentro, algunas formas de vivir, de resistir, de enojarse de las personas, sobre todo de las mujeres.
—¿Hasta qué punto está adaptado El vestido?
—El vestido está prácticamente igual, solo que hay partes que han sido sustraídas. El texto para el teatro también está contado tres veces como ocurre con el texto literario. El origen de la escritura de El vestido tiene dos patas para mí: por un lado, esto de que una amiga me cuenta esa anécdota sobre el vestido de fiesta. Por el otro, vi una película de Kieslowski llamada El azar, en la que un tipo corre hacia un tren y, si lo alcanza, la historia toma un rumbo, y si no lo alcanza, toma otro... Y esa idea generó la estructura de mi relato. En el origen hay algo de fondo, la anécdota, y hay algo formal, que surge de la película de Kieslowski. Lo que ha hecho Ana Alvarado es una sustracción: la historia se cuenta completa en la primera instancia, y después con dos o tres datos se instala la segunda, y lo cambia en la tercera a partir de la transformación del personaje.
—Lo que se evita es instalar la literatura en la escena. Pero algo que aparece en sus textos es Aldao, una localidad que no existe. ¿Desde qué requechos de la realidad construye esa especie de Macondo tan parecida, entre otros lugares, al conurbano bonaerense?
—Me gusta lo de “requechos”, porque un escritor es un gran reciclador. De las palabras de los otros, de las cosas que ve, de lo que ha leído. Uno trabaja con restos, y si puede hacerlo más o menos bien, hace que esos restos se fundan, se fusionen, de un modo en el que no se les nota el pegamento. No escribo tan rápido. Escribo por capas. Me paso mucho tiempo sin escribir. Me pueden quedar a medias los archivos. No tengo esa ansiedad de que ya tiene que estar, siento que las cosas se escriben…
—¿Se escriben o se dejan escribir?
—Un poco de eso. Tengo la sensación de que los textos que escribo no son del todo míos. Mi amiga me contó la anécdota central de El vestido una noche en la que nos íbamos de viaje, cuando cumplí sesenta años. A la vuelta del viaje me puse a escribir, o sea, hace once años. En el medio, una fotógrafa de Córdoba que hizo un libro titulado Las mujeres del Cordobazo me pidió si le podía escribir un prólogo. Leí muy atentamente los relatos de las obreras de la época, que eran mujeres de más de treinta años cuando yo tenía dieciocho, y hay algo que penetra ahí, por ejemplo, en eso que Berta, la hermana de Miriam, dice sobre el vidrio. Algo que estaba escrito en un cartel de aquella época, o eso de que “yo trabajaba al lado de un horno y menstruaba un montón”. Por eso entran cosas, porque el personaje las necesita, porque el relato las necesita, y entonces aparecen como en el desván de la memoria, en esa memoria que se amasa a lo largo de la vida. Durante muchos años di talleres, revisé obra de personas que tienen el temor de ser influidas por las lecturas. Y, al contrario, la lectura expande el imaginario. Por ese camino es por donde uno termina encontrándose, comprendiendo algo de uno mismo. Cuando una de las Miriam, la primera, dice “yo ya sé de qué se trata”, yo también sé de qué se trata. Yo también he sido la primera Miriam, y he sido la segunda, y he sido la tercera.
—Dado que lo representacional en su obra se configura de otra manera, ¿cómo ve este mix entre teatro con actores y títeres?
—Me encanta. Primero, me gusta mucho la idea de títeres para adultos. Me parece algo muy transgresor y novedoso. La combinación, el hecho de que sean tres actrices haciendo el mismo personaje, no que sea una haciendo tres, me parece un hallazgo de Ana. Por otra parte, los títeres siempre me fascinaron como espectadora. ¿Sabe qué me gusta de los títeres, como también del mimo? Lo esencial, que se condense como en un principio de austeridad, y en esa síntesis se alcanza una belleza que se parece mucho a la poesía. Es todo muy poético. El títere parece relegado a la infancia, e imaginarlo con toda la complejidad que puede tener la vida de los adultos es maravilloso. Este es un espectáculo muy complejo de ensamblar, y estoy fascinada con el resultado.
Autor: Carlos Diviesti
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