JORGE SUÁREZ Y SU DEBUT COMO DIRECTOR

Desde el precipicio

Para el abordaje de la pieza de Henrik Ibsen que se estrena en el Teatro Presidente Alvear, Jorge Suárez se atrevió a transitar las arenas movedizas de la pasión. Y aunque es su primera experiencia en la dirección, el haber transitado los escenarios por más de cuarenta y cinco años le brinda la suficiente seguridad como para mirar de frente el abismo.

Carlos Furman

“Recién ayer pasamos de la sala de ensayo al escenario. Y siempre resulta un tránsito muy conflictivo”, dice Jorge Suárez. “Por un lado, porque los actores empiezan a tomar conciencia del espacio en el que van a trabajar. Y por el otro, porque todavía no está la escenografía montada. El conflicto se le arma principalmente al director, porque obviamente no encuentra lo mismo que veía en la sala de ensayo. Pero eso pasa hoy, y mañana ya es pasado”.

La trayectoria como actor de Jorge Suárez registra grandes momentos teatrales, sobre todo aquellos que transportan al espectador a la cubierta del transatlántico “Virginian”, donde Lemon Novecento toca el piano, deja caer las hojas de sus días y vive la vida a través de los demás, en la inolvidable puesta que Francisco Javier realizó sobre la novela Novecento de Alessandro Baricco. También fue el Platónov chejoviano, Sigmund Freud, el Misántropo de Molière, y aquel Homero Manzi de Manzi, la vida en orsai, que encontró en su voz el cuerpo perfecto para la poesía porteña. Ahora está a pocos días de estrenar su primer trabajo como director y la experiencia, quizás, le contiene los nervios.

—¿Por qué volver a Ibsen y a Los pilares de la sociedad en particular?
—Le voy a ser sincero. El motivo por el que quiero hacer esta obra es porque es mi primer trabajo de dirección y se produce en la casa que me albergó durante diez años consecutivos. Eso no es moco de pavo. Y que sea en compañía de Martín (Seefeld), que es un amigo, que me dio la autoridad para que elija el elenco que quiera y que me llevó a rodearme de personas a las que quiero, admiro y es muy valiosa. Además, hay algo en esta obra de 1877 que es que coloca a la mujer en un lugar diferente, y deja expuesto el maltrato, el no tenerla en cuenta, el no respetarla en ninguno de los ámbitos en los que pueda realizarse, que me parece muy interesante para trabajar. Lo primero que provoca la obra es una denuncia enorme a la corrupción: encontramos a Karsten Bernick, tan burgués, tan miserable, ambicioso, autoritario y violento, asociado directamente a la política, que sinceramente me pareció extraordinario como punto de partida, porque conecta directamente a las circunstancias que vivimos en el país. Pero, por otro lado, por debajo de esta denuncia, hay un mundo melodramático que me provocó un atractivo enorme. Acá hay una novela como las de Migré, y no por desmerecer a Ibsen, porque Migré fue un autor muy talentoso. Hay algo en estos cruces amorosos que llaman mucho la atención, que hacen ameno el “cuento”.

 

 

—La obra prescinde de la bajada de línea para darle rienda suelta a las pasiones reprimidas.
—Tratamos que no se hable de Noruega, que la ropa no sea exactamente de esa época, que sea un pasado atemporal y cercano. Lo que me interesa es contar el cuento, es lo que quiero que llegue. No me interesa que después se hable de la ropa o de la escenografía. Quiero que la historia llegue al corazón del espectador. Juan Carlos Fontana nos ayudó con la primera parte de la versión, y después trabajamos mucho nosotros, Martín, Carolina y yo, para llegar a la versión que vamos a ver. Me parece que contamos con un elenco de lujo, independientemente de que la vestuarista sea mi señora (Laura Singh) y uno de los actores sea mi hijo (Agustín Suárez). Hay algo en estos actores, tanto Pablo Finamore como Edgardo Moreira, que llenan el escenario con una bocanada de sonido. Y uno dice: “qué maravilla”. Y bueno, Mara Bestelli, Gerardo Chendo, Eleonora Wexler, son todos artistas muy talentosos, y resulta muy atractivo trabajar con ellos. Ellos están muy felices y eso a mí me hace mucho bien, porque vengo de superar una situación de salud complicada, y hacer este trabajo me reconcilia con lo que hice toda la vida. Por otra parte, me da la sensación del paso del tiempo con una claridad que me impresiona. La primera vez que vine al San Martín a trabajar fue a la sala Cunill Cabanellas para un espectáculo que se llamaba Casi no te conozco Buenos Aires, una obra que escribió Marcelo Grau, que era un muchachito. Y de golpe pasaron tantos años, y ahora dirijo, estoy grande, canoso, pelado… ¡Qué bárbaro, qué bárbaro!

—¿Qué le provoca, como artista, dirigir en los escenarios del Complejo Teatral?
—En principio, me siento feliz, muy pleno. Y siento que cuando uno trabajó cuarenta y cinco años arriba del escenario, con directores tan diferentes y talentosos, hay algo de la dirección que inevitablemente se te impregna. Sé que no les pasa a todos, pero a mí sí. Sé cómo conducir a un actor, cómo ayudarlo, cómo hacer para que no sufra tanto. Porque ser actor es estar al borde, es muy riesgoso y de mucha exposición. Para mí trabajar en el Complejo Teatral es un lujo que a veces se torna inexplicable, ya sea porque a veces no llegan las cosas a tiempo, otras no llegan como le dijeron a uno que iban a llegar, o no se estrena en la fecha en que más o menos se iba a estrenar, pero esto es el cuento del teatro. Pasa en el comercial, en el off, en el oficial. La cajita donde va el dinero para una escena, una cajita que cumple un papel fundamental en la obra, recién llegará el día del estreno. Y aunque parezca mentira, esa ausencia se vuelve algo muy movilizador y modifica la energía. Por lo que trato de manejarme con esas circunstancias porque todavía no tengo tanta experiencia como director, y debo contener esas emociones encontradas.

—Después de tantos años durante los que transitó tantos personajes, ¿qué les exige a sus actores a la hora de trabajar?
—Lo único que pido es que lo que hagamos, lo hagamos desde las vísceras, desde el borde, desde el abismo, desde el precipicio. Trabajar desde un lugar de inseguridad, donde no tengo tan claro todo, y necesito arriesgarme. Si un actor no me propone un riesgo, no me sirve. Necesito verlos cerca del precipicio. Mi maestro, Francisco Javier, decía que cuando uno se arriesga y se anima, en el medio del camino hacia el desastre, las alas se abren y uno se larga a volar. Esa es mi apuesta. A veces sucede, otras no, pero yo pido el intento. El intento es lo que vale. No quiero actores que digan la letra porque la saben y con eso me conformo. No me pasa nada con eso. Sin embargo, no propongo nada del otro mundo desde la puesta. Creo que, en cierta forma, soy un loco raro que no pone proyecciones en la obra, porque lo que me interesa es lo que vamos a contar y desde dónde lo vamos a hacer. Y ese “desde dónde” es la tripa de cada uno, justamente.

—¿Es verdad que con el director adjunto se conocen desde casi toda la vida?
—Hicimos juntos la carrera de Actuación en el Conservatorio Nacional. Formamos un grupo con el que trabajamos como diez o doce años, el grupo El Teatrito. Teníamos también un espacio que ahora es el teatro Vera-Vera, en Vera 108. Ahí dábamos clases; yo daba Técnica Vocal para el Actor, Julia Calvo Actuación para Principiantes, Eduardo Gondell para avanzados, Claudio Martínez Bel daba Clown y Alicia Muxó Corporal y Actuación. Éramos un equipo fuerte de trabajo, todos del Conservatorio. Egresamos en 1984 y al año siguiente hicimos El médico a palos de Molière dirigidos por Julian Howard en el Teatro Espacios de la calle Bulnes. Nos pusimos la meta de que teníamos que tener una media interesante para continuar con la actuación y, después de un año de funciones, hicimos la cuenta y tuvimos 47 entradas de media en un teatro que en ese entonces tendría poco más de sesenta localidades, todas entradas vendidas. Un logro enorme para nosotros. Aunque acá nos paguen, nos den camarines y tengamos luces y una linda música, yo quiero la tripa, la transpiración, el coraje.

—¿Se aguanta estar abajo del escenario?
—Sí, sí, sí. Los pilares de la sociedad me agarra en un momento en el que tengo que estar abajo del escenario por un tiempito más. Pero no pasa nada, este es un juego que jugamos todos juntos.

 

Autor: Carlos Diviesti

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