Esa necesidad patológica en tu sangre
El actor y director, reconocido por su vasta trayectoria en distintos géneros teatrales, habla de su trabajo como protagonista de la obra escrita por Alejandro Robino, a partir de los recuerdos de las clases que tomó con Juan Carlos Gené, el gran maestro de la escena hispanoamericana.
Carlos Furman
“Richard necesita a Anne porque quiere ser rey; necesita una reina. Entonces Lady Anne es ideal para esta empresa... Es joven, sin marido. Básicamente no tiene futuro”. En estas frases dichas en Looking for Richard, película documental donde Al Pacino indaga en Ricardo III de William Shakespeare, se pueden encontrar los lineamientos de la acción, las circunstancias y los propósitos para encarar la famosa escena en la que Anne pasa de escupir con desprecio al deforme y emblemático personaje, a sentirse seducida por él. Esos mismos elementos (la acción, las circunstancias y los propósitos) son premisas fundamentales en Clase póstuma (Parodia amorosa), la obra que escribió Alejandro Robino a partir de los recuerdos de las clases que tomó con Juan Carlos Gené, uno de los grandes maestros de la escena hispanoamericana. De hecho, le dan estructura a la pieza que, en palabras de Robino “sucede en un limbo onírico donde un maestro de teatro, recientemente fallecido, da una última lección a su alumnado, en tanto procura descifrar cuál es el sentido de esa postrera oportunidad didáctica que le fue concedida. Así comprenderá junto con sus estudiantes el sentido que la profesión dramática les da a sus vidas”. A lo largo de la obra, el maestro encarará famosas escenas de la historia del teatro universal que presentarán los alumnos. Cada una de esas escenas será una excusa para ahondar en cierta metodología útil para darle vida a cualquier texto, y también un disparador para que los personajes piensen el porqué de su inclusión en esta clase póstuma. Como un anticipo de esta situación en la que se retiene lo más querido hasta el último instante, Gené decía en entrevista con Olga Cosentino para el libro Mi patria es el escenario que “enseñar probablemente sea lo último que deje de hacer. Cuando ya no pueda actuar, ni escribir, ni dirigir, tal vez siga enseñando”.
La primera de las escenas abordadas es justamente Ricardo III, donde se profundiza en la importancia de que los actores tengan claro cuál es la acción que la sostiene y se reflexiona sobre el tema del sexo y la política. Se despliega allí (así como en las escenas siguientes) una serie de preguntas, una exploración que remite también a ese espíritu de búsqueda que tiene, como lo expresa el mismo título, Looking for Richard. El gran guía que lanza la interrogación, tanto hacia el grupo de alumnos como a él mismo para así ir descubriendo juntos las respuestas, es, por supuesto, el maestro Juan (como el gran Gené). En la entrevista mencionada, precisamente decía: “…siempre advertí que solo se puede enseñar lo que el otro ya sabe, aunque no sabe que lo sabe. En todo caso creo que el proceso de aprendizaje es de los dos, del que orienta y del orientado. Y quien enseña solo se limita a iluminar un lugar de la conciencia que estaba a oscuras”.
Quien interpreta al gran maestro es nada menos que Claudio Gallardou, que lleva adelante esa “mayéutica” con gran habilidad, si bien no es el tipo de personaje con el que se lo asocia inmediatamente a este actor y director, uno de los grandes exponentes de la Commedia dell’arte en Argentina. “No es un lugar común para mí. Yo me identifico con otro género, pero también he hecho teatro dramático y he dirigido ópera, teatro musical. Todo enriquece al artista, a su conocimiento, su experiencia, su espíritu. No es lo que me resulta más cómodo; yo puedo entrar a hacer el Capitano de la Commedia dell’arte y lo hago descansando. Pero ésta es una de las cosas que más me atrapan de este proyecto ya que, como lo plantea la misma obra, el desafío, el ‘salto al vacío’ continuo educan al artista. Y yo quiero estar atento a eso todo el tiempo, no me quiero conformar con lo que tengo”, reflexiona Gallardou, quien justamente tiene entre sus virtudes la de la versatilidad, más allá de que su esencia esté en el género cómico.
En cuanto al porqué de la convocatoria para interpretar este personaje por parte de Robino (que, además de dramaturgo, es director del espectáculo), Gallardou comenta que lo ubica “en ese lugar siguiente al de los maestros que ya se fueron, como Gené, Gandolfo, Alezzo, Fernandes…Hay una generación que emerge después de ese estrato, que tomaría la posta. Robino me atribuye una especie de densidad que me permite hacerme cargo de este mandato, pero me ayuda y me respalda el enorme texto que hay por detrás. Yo estaría entre esas personas que pueden continuar ese legado, por la experiencia que fui adquiriendo a lo largo de mi vida en la profesión e incluso gracias al aprendizaje con grandes maestros, ya que yo mismo estudié también con Gené”. Gallardou expresa lo que le pasó cuando leyó la obra: “Me gusta lo que dice, lo que observa, además del homenaje a Gené, porque en ese marco aprovecha para decir un montón de cosas que tienen que ver con nuestro oficio, nuestra profesión, lo que uno gana, lo que uno pierde, cómo es la vida del artista de teatro. Está todo muy bien expresado por Alejandro. Me impresionó mucho y a la vez me preocupó la cantidad de texto del personaje, pero se resuelve con el oficio. Son muchos conceptos desarrollados en monólogos y había que transformar esos conceptos en acción teatral”.

Gallardou repasa los variados contextos en los que confluyó su trayectoria con la de Gené: “Fuimos compañeros como actores y hasta lo dirigí en una película de dibujos animados de Roberto Fontanarrosa; yo estaba a cargo de la dirección de las voces. Cuando me desempeñé como subdirector del Teatro Cervantes, montó Todo verde y un árbol lila. Por otra parte, cursé un seminario de Shakespeare dictado por el mismo Gené en el San Martín, y me convocó para fabricar máscaras para la Comedia Juvenil, en Puede ser o es lo mismo, una obra de Javier Villafañe dirigida por José María Paolantonio en la Cunill Cabanellas, justamente la misma sala donde se presenta Clase póstuma”. Del paso de Gené por el San Martín recuerda una anécdota: “Yo había viajado a Venecia a comprar máscaras y a buscar telas. Venía de hacer seminarios con Cristina Moreira, de ensayar muchos meses antes de estrenar Arlequino en la Fundación Banco Patricios. Gené dirigía en ese momento el San Martín y un día que vengo para una reunión con Producción, me ve, me llama y me pregunta en qué estoy. Estuve quince minutos contándole todo sin parar. Cuando se me acabó el rollo y paré de hablar, me preguntó: ‘¿para qué?’. No recuerdo qué le contesté, pero me frustró mucho (risas). Yo lo tenía súper claro, porque en mi vida Arlequino fue un antes y un después. Pero eso lo pintaba a él, te sacaba de esos lugares de comodidad, todo el tiempo te acosaba con preguntas para que descubrieras el propósito”.
La imagen que le queda del gran maestro es la de “un tipo muy severo e intimidante, con enorme conocimiento y una idea muy acabada sobre el teatro que respeto mucho. Hay algunos aspectos con los que no coincido, porque cuando un maestro desarrolla una metodología se posiciona de una forma muy obsesiva y unilateral, mientras que en un actor convergen muchas experiencias, técnicas y maneras que lo conforman. Un actor no es una sola cosa. Pero lo he querido mucho y nos conocemos también con Hernán, su hijo”. De sus clases, recuerda la disciplina (“si llegabas cinco minutos tarde, te dejaba afuera hasta el descanso”) y el modo de analizar insistentemente las circunstancias, lo que reafirmó en él todo el trabajo de mesa previo que siempre desarrolla en el proceso creativo de sus espectáculos. También recuerda que “tenía muy buen ojo con aquellos que se esforzaban, valoraba mucho el compromiso”.
Cabe subrayar que en Clase póstuma Gallardou no encarna a Gené. “Hemos observado no estar lejos de él, pero tampoco muy cerca. Si me dejo la barba es para parecerme un poco, para evocar, pero no es un trabajo arqueológico. La obra está escrita con su modo de hablar, un español antiguo, mezclado con el venezolano, ya que estuvo exiliado en esos países, y le quedaron rezagos. Y eso está, pero no tengo que reconstruir, por ejemplo, una manera de caminar. Si no, estaría demasiado atento a perseguir una estética, cuando en realidad hay que estar atento a lo ético”, afirma el actor. En ese sentido, la obra despliega, a partir de las premisas de la acción, las circunstancias y los propósitos para encarar cada escena, una suerte de filosofía teatral que resuena en la vida misma. En palabras de Robino, “es un manual vivo de conceptos básicos de actuación que intenta trascender el escenario y propone traspasar la interpelación del personaje a una indagación humana existencial. ¿Cuál es la acción principal que llevamos adelante y le da sentido a nuestra vida? ¿Cuáles son las circunstancias que nos fuerzan a hacerla de un modo y no de otro? ¿Cuál es nuestro propósito en este mundo? ¿Qué nos motiva a persistir en esa acción? Y aun hallando respuestas insatisfactorias, ¿hemos sabido hacerlo con el suficiente amor que nos permita perdonarnos?”.
Respecto de la vigencia del abordaje de cada pieza desde esos conceptos, Gallardou reflexiona: “Las épocas modifican, en la época del proceso militar había una manera y después hubo otra. Hubo una apertura y una búsqueda de nuevas formas en la primavera democrática. La Banda de la Risa, el grupo que formé en aquel momento, emerge en el marco de las nuevas tendencias como Los Macocos, El Clú del Claun o Las Gambas al Ajillo, que habían estado ocultos. Hay conceptos que se ven modificados según el periodo histórico. Pero en realidad están siempre ahí. Quizás no los utilizo como Gené, uso otros rótulos y mi trabajo no es tan metódico como lo era el de él”.
Clase póstuma es también una obra sobre cómo acercarse a los clásicos, ya que las escenas y los personajes que se van trabajando en esa última lección del maestro han trascendido épocas y países, y se siguen representado hasta hoy; hablar del oficio del actor es también hablar de cómo lograr que esas piezas y esas figuras sigan vivas y sigan produciendo sentido. En definitiva, es un espectáculo para los amantes del teatro e ideal para estudiantes de actuación y dirección, porque permite acceder a “la cocina”. Gallardou señala que es “un excelente punto de referencia. Hay muchas técnicas y teorías con las que se puede empatizar o no, pero siempre es fundamental aprenderlas”. Además, el público queda integrado en la escena como si fuese también parte del alumnado de esta clase. “Ahí también hay un desafío lindo”, expresa Gallardou. En esas escenas dentro de escenas que estructuran la obra, “hay que ver cómo reacciona. Hago preguntas a la platea difíciles de contestar rápidamente”, agrega el actor, que en esta observación vuelve a su tradición de dirigirse al público y romper esa famosa “cuarta pared”. En el limbo onírico en el que se desarrolla la acción, en la despedida del maestro, es fuerte la idea de theatrum mundi (el mundo como teatro), la autorreferencia de la escena, la autoconciencia de los personajes en tanto criaturas del autor como un dios o un demiurgo, a la manera pirandelliana, pero con un grado de conocimiento sobre la técnica dramática. Juan entrega su último acto antes de desaparecer, pero en realidad nada se esfuma, quedan sus enseñanzas y su legado en los alumnos; no por casualidad los personajes llevan sus nombres. De hecho, Mario Petrosini, que en la obra es Mario, el aprendiz, fue asistente de Gené, y Celeste Gerez, otra de las actrices, también trabajó muy cerca de él. Completan el elenco Enrique Dumont, Natalia Santiago, Manuel Vignau y Ana Balduini. Los discípulos que interpretan intentan descifrar en esos últimos instantes concedidos junto al maestro cuál es la naturaleza del verdadero actor: ¿es un trabajo o una forma de vida? ¿el actor deja de ser actor cuando baja del escenario?
Gallardou ya estaba predestinado. Como él dice: “No conocí otra posibilidad. Nazco en gira de la compañía de Homero Cárpena por España, mi mamá sale embarazada de acá, Nora la reemplaza a mi mamá cuando llega el momento del parto, y después Claudia, la otra hija de Cárpena, me cuidaba”. Igualmente afirma que “es una decisión, no es cómoda esta profesión. Pero, como digo interpretando a Juan en la obra, es una ‘necesidad patológica en tu sangre’”.
Autor: Victoria Eandi
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