Estado de situación
Previo a la presentación de su espectáculo en el Cine Teatro El Plata de Mataderos, esta actriz, autora y directora argentina residente en Barcelona repasa la actualidad del teatro documental y su propia experiencia como investigadora de la sociedad del presente a través del teatro.
Verónica Pallini vive en Barcelona desde hace veintitrés años, donde se trasladó para investigar sobre políticas culturales luego de licenciarse como antropóloga en la Universidad de Buenos Aires. Pero tal como sostiene en esta entrevista, su centro es el teatro, actividad que en su lugar de residencia transformó no solo en inquietud artística sino también en objeto de análisis académico. Aunque ya se presentó en Buenos Aires con su compañía (en 2023 trajo al FIBA ¡Oh, Uh, Ah, Ei! Terra-Aire-Foc-Aigua, una instalación dedicada a la primera infancia), esta vez L’autèntica transforma la investigación etnográfica y la convierte en No entiendo a los hombres, un espectáculo del que participan un empresario, un entrenador personal y agente de seguros, un hematólogo, un anestesiólogo jubilado (“ahora dice que se dedica a ser abuelo y que está fascinado”, cuenta Pallini), y un archivero. En él, cada uno habla de su mundo, un mundo común que representa un sector del universo masculino, y que especialmente explora sus aspectos biológicos y culturales.
—¿Qué es entonces No entiendo a los hombres?
—Es una obra de teatro documental que nace de la pregunta de por qué los hombres parecen silenciados. El de los hombres es un colectivo tan protagonista –entre comillas–, que hoy pareciera no tener argumentos. Me puse a pensar en esto después de la pandemia y me presenté a una beca para la creación de la Generalitat de Cataluña. Y como cuando me la otorgaron estaba en Buenos Aires, decidí empezar aquí la investigación. Entre 2020 y 2021 entrevisté a cincuenta hombres cisgénero en Buenos Aires y en Barcelona. Lo primero que les pregunté fue: ¿qué es ser hombre para usted? Y ahí dejaba que se explayen a su antojo. Fue un enfoque cualitativo. Yo soy antropóloga, por lo que para empezar hice un trabajo de carácter etnográfico.
—Cuando dice que el de los hombres es un colectivo silenciado, ¿a nivel global o respecto a su lugar actual de residencia?
—Lo noto en Barcelona, donde vivo, y en España en general. Me resulta extraño que los hombres no se pronuncien, políticamente hablando, acerca de la masculinidad. Cuando empecé la investigación me costaba mucho que los se abrieran y me dieran una mirada más profunda, que los desnudase. Claro, soy mujer, y estos hombres resultaron más feministas que yo. En algún momento pensé que debería devolver el dinero de la beca porque me resultaba muy difícil entrar al campo de estudio que me había propuesto. Pero cuando ceñí ese campo al de hombres cisgénero de más de cuarenta años, la cosa funcionó mejor. Y cuando este trabajo comenzó a circular notamos que el auditorio al que más le interesó fue al de los jóvenes de cuarenta para abajo, y sobre todo a los adolescentes. Tanto fue así que profesores de institutos del extrarradio de Barcelona, de lugares periféricos donde hay muchos temas con el integrismo, compraron funciones para que vean sus alumnos, quienes al salir planteaban que esos temas también les sucedían a ellos en este mismo momento.
—¿Cómo se concibe el teatro documental en Barcelona?
—Hay muchas maneras de entenderlo. Investigué mucho sobre el tema del teatro documental en el mundo, y en el caso de No entiendo a los hombres trabajé con sus costumbres, con lo que tradicional o socialmente entendían acerca de qué es ser hombre para ellos. Decidí con los mismos intérpretes que no quería ningún tipo de actuación, sino que hablaran en primerísima persona desde su propio género y desde su propia orientación sexual. Cuatro de ellos son heterosexuales y uno es homosexual, lo cual me pareció un contrapunto interesante que promueve el cambio permanente para esta obra. No entiendo a los hombres es un estado de situación en el que no pretendemos dar ningún tipo de conclusión sino abrir interrogantes, ahí donde fuéramos. A mí, como antropóloga, me costó muchísimo entrar al campo de lo masculino siendo mujer, pero gracias a estos intérpretes que se desnudan a sí mismos, que no son actores, aunque tengan un acercamiento a la profesión, la cuestión pudo encarrilarse favorablemente. En este resumen de las entrevistas que son el corpus del espectáculo, paradójicamente no hay diferencias sustanciales entre Barcelona y Buenos Aires. Culturalmente la masculinidad es bastante cercana en España y en la Argentina, opera sobre los mismos estereotipos. No entiendo a los hombres es como una fotografía de la sociedad actual, aunque sea, como decíamos antes, una sociedad en constante mutación y que ahora nos obliga a incorporar la escucha de los jóvenes. Es una obra con cinco intérpretes muy masculinos, y tanta masculinidad sobre el escenario resulta impactante.
—¿Cómo articula lo antropológico con lo puramente teatral?
—Siempre usé la antropología para pensar el teatro. Así, en mi tesis doctoral, trabajé sobre el proceso creativo del actor a partir del primer grupo de alumnos que tuve. Lo que me faltaba pasar desde la antropología es el hecho escénico y lo encontré a través de este camino, el del teatro documental, y el de las instalaciones que hago para la primera infancia desde la productora de L’autèntica, nuestra compañía. La base fundamental que me da la antropología es el trabajo de campo, la investigación, el método para el acceso a la información, la observación participativa, herramientas muy interesantes para tocar la realidad. Después viene la cuestión creativa, y ahí es donde la cosa se pone interesante porque los intérpretes deben contrastar el tema con sus propias creencias.
—¿Es usual ver espectáculos de teatro documental en España?
—No. Allá se hace algo llamado “teatro documento”, que tiene que ver más con el revisionismo histórico, con poner la historia al servicio del teatro. Teatro documental, como yo lo entiendo, con presentar materia real sin cruces ficcionales, hay muy poco porque hay escasa investigación y muchísimo menos riesgo. Si bien hay compañías maravillosas, no se apartan de lo teatral al uso.
—¿Y cómo se recibió en Barcelona que se haga un teatro que evidentemente es muy poco usual en la cartelera?
—Más allá de si les gusta o no, No entiendo a los hombres deja la sensación de haber visto algo que los deja pensando. Porque la obra no es lineal, con un inicio, un desarrollo y un fin. Tiene instantáneas con las que cada uno, desde algún lugar, empatiza. Cuando se estrenó, vinieron todos los colectivos a verla, incluso de varones transgénero, académicos de las ramas humanísticas y sociales, y todos piden “más guerra”. Quizás esa “guerra”, una cierta toma de posición explícita, llegue en otro momento de la sociedad. O tal vez no forme parte de mi búsqueda estética o académica. En el caso de este estreno en Buenos Aires, me gusta que esté programada en el Cine Teatro El Plata, porque no está ubicado en el centro de la ciudad, y eso implica que tendremos un público seguramente más diverso. Lo que noto de los espectadores argentinos en general es que tienen mucha libertad para aceptar lo que acontece en el escenario y no juzgan a priori un espectáculo.
—¿Cómo surge L’autèntica?
—En mayo se cumplen veinte años del principio de esta aventura. Cuando comencé a trabajar sobre mi tesis de licenciatura en Antropología, en la agenda política o académica no existía la figura del gestor cultural, no se hablaba sobre políticas culturales, y me propuse conceptualizar qué pasa entre el teatro y el mundo social, a partir de mi experiencia como espectadora en el Teatro San Martín. También me formé como actriz con Raúl Serrano, siempre hice práctica teatral, pero para mi tesis me enfoqué –con la ayuda del recordado y querido Carlos Fos– en las plataformas estables del teatro durante el período 1973-1989. Gracias a esta tesis gané becas para perfeccionarme en políticas culturales, y me fui a Barcelona. Fueron tres años de trabajo investigativo, y después de eso tuve la necesidad de volver a mi centro, al teatro. Me alejé de las políticas y de la gestión, en mayo de 2006 empecé a dar clases en mi propia casa, en un cuartito así, la cosa funcionó y en septiembre abrí una escuela de teatro. Esa fue la génesis del proyecto, y lo llamamos La Escuelita. En 2009, en plena crisis española, encontré un espacio más grande, y la escuela se transformó también en una sala a la que le pusimos por nombre Porta 4 porque era en Església 4. Aquel fue un momento de cambio para la exhibición teatral, que un periodista tituló "Las salas que nacieron en la crisis”. Fuimos como setas, porque sin conocernos nacieron cinco salas en Barcelona en el tejido independiente cuando hasta entonces había muy pocas en el resto de la ciudad. Por suerte ahora hay cada vez más. Después de la sala fundamos la productora, la escuela se transformó en un espacio de formación para niños, jóvenes y adultos –hoy hasta tenemos alumnos senior–, y en 2012 también fundamos un proyecto para hacer teatro para la primera infancia a partir de instalaciones inmersivas, en las que los niños empiezan a bucear y disfrutar del hecho escénico. L’autèntica nació en 2019 cuando nos mudamos a un espacio de más de trescientos metros cuadrados, y en esta productora- compañía-complejo de salas (tenemos tres) y escuela, investigamos sobre la autenticidad que debe emanar del teatro.
Carlos Diviesti
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