El suelo que sostiene a Hande

Hande: espalda de la tierra, paisaje de
nuestra muerte

En la nota que sigue, Sergio Martínez Vila, una de las voces más relevantes de la moderna dramaturgia española, ofrece una lectura tan aguda como sensible de la pieza de su colega Paco Gámez, con quien comparte generación y, sin dudas, inquietudes estéticas.

Por Sergio Martínez Vila

 

Como en los sueños que sí somos capaces de recordar al despertarnos, o en los momentos cercanos a la muerte, donde una moviola invisible proyecta los episodios de nuestra vida en una cronología dispersa, El suelo que sostiene a Hande también se me presenta como una suerte de caleidoscopio, un cruce constante de caminos, tiempos, texturas, fragmentos y perspectivas que arranca con un alumbramiento (el desgarro que precede a toda individualidad) para atravesar luego un flujo de consciencia e inconsciencia colectivas y desembocar en la tierra, en ese ente anónimo y andrógino que nos resume, nos sostiene, nos sufre y (quiero creer) también nos acepta y nos perdona.

 

Tal vez la razón de que este texto me golpee tan fuerte y tan adentro desde la primera vez que lo leí sea su estructura laberíntica, labrada a base de golpes y de vacíos, puros pedazos de escritura en carne viva. O tal vez sea su voluntad de rotura espacio-temporal, que ofrece algo parecido a un consuelo porque hace que lo más horrible y lo más bello compartan un mismo sustrato y encajen de un modo que no siempre es visible cuando avanzas de forma progresiva y en línea recta. Quizás, tiene más que ver con su poesía seca, que me permite habitar una frase como “Tu piel, escamas negras” por mucho tiempo, sin escapatoria posible, con tanto deleite como estupor. Pero en el fondo, y más allá de todo eso que últimamente se ve reducido a términos como “dispositivo” o “carpintería teatral”, hay una observación profunda y lacerante en la obra de Paco que llama a la emoción casi sin querer, fruto de una empatía rabiosa. Eso es lo que marca, para mí, toda la diferencia. ¿No es lo más valioso de una obra de arte su habilidad para desvelar lo evidente, que es siempre lo más difícil y lo más duro de ver?

 

Cuando un texto es capaz de llevarnos por semejante viaje, poco más hay que hacer más que dejarlo solo, a la intemperie, con todo su poder desplegado, sin desviarlo de allí hacia donde naturalmente deba ir. Así que dejo ya de escarbar en la obra de Paco porque no acabaría nunca de hacerlo, porque no quiero reducir un trabajo tan amoroso y valiente a un mero inventariado de sus logros y porque, de todas formas, lo más importante que tengo que decir al respecto es “Gracias”.

 

Aunque la brutalidad de la muerte de Hande ha sido difícil de ignorar y amenaza, por esa misma razón, con parecer un hecho extremo y aislado, no lo es en absoluto, como lúcidamente nos sugiere el texto a través de su coro internacional de ciudadanos plurales (sin duda uno de los momentos más clarividentes de toda la pieza). La intolerancia y la violencia por cuestiones de género e identidad sexual son esencial (y tristemente) iguales en todas partes, no son sucesos tan fuertemente localizados que no formen parte de un todo, como el número aberrante de asesinatos de mujeres que se dan cada año en el mundo no son casuales, es una pandemia, y tiene que ver con cada uno de nosotros. Con aquello de lo que decidimos hacernos corresponsables en un momento dado.

 

 

 

Aunque la brutalidad de la muerte de Hande ha sido difícil de ignorar y amenaza con parecer un hecho extremo y aislado, no lo es en absoluto, como lúcidamente sugiere el texto a través de su coro internacional de ciudadanos plurales.  

 

Acertadamente, a mi modo de ver, Paco no ha intentado aprehender los códigos de una cultura foránea para contar la historia de Hande, sino que más bien se ha contado a sí mismo y nos ha contado a todos nosotros a través de ella y a partir de un evento que trasciende claramente las fronteras turcas. Nos habla de nuestro pasado y de nuestro presente, de la historia impresa en nuestras cárceles, calles y callejones y de toda la ignominia que aún se percibe y se escucha, nos habla de nuestro miedo al sexo, al deseo, a la piel, a la soledad, a la debilidad, al rechazo, a la muerte y, sobre todo, habla a todos los que aún ven banalidad, cuando no directamente enajenación mental, en la lucha por ser coherente y transparente con la identidad sexual elegida. Las ricas urbanizaciones a las afueras de Estambul, sus nichos clandestinos de conspiración y la violencia como arma de silenciamiento son, en realidad, lacras idénticas a las que envenenan el resto del mundo porque la resistencia a una verdadera fluidez en los conceptos de género, clase o sexualidad es un fenómeno internacional. Se sabe, de un modo u otro, que lo único que verdaderamente haría tambalear los cimientos de esta construcción en la que vivimos pasa por abrirnos, honestamente, a todo lo que podemos llegar a encarnar, reconocer lo que somos en lugar de aquello que se espera que seamos, honrarlo con paciencia, dedicación, confianza… y luego explosionar desde dentro.

 

 

Activista, trabajadora sexual y pilar de la comunidad transexual turca pese a su relativa juventud, Hande Kader era y es aquello que nos reta a salir de la zona de confort, la espalda misma del sistema y por ende de la tierra que pisamos.

 

Hande no quiso cortar aquello que la unía a su realización como ser humano, aquello a lo que podía y debía entregarse por derecho. Ésa fue su forma de lucha, en parte retratada por los medios de comunicación aquel veintiocho de junio de 2015, pero sólo en parte, porque Hande fue mucho más que la frustración y el arrojo de ese día, de ese momento concreto. Activista, trabajadora sexual y pilar de la comunidad transexual turca pese a su relativa juventud, Hande Kader era y es aquello que nos reta a salir de la zona de confort, la espalda misma del sistema y por ende de la tierra que pisamos, aquello que nos sostiene por el aliento de su propia naturaleza pero que aun así olvidamos que está ahí porque es fácil hacerlo, porque verla en su amplitud supone hacer un esfuerzo, estirar el cuello, saltar por encima de nuestras circunstancias inmediatas para ver el lodo, el sótano de nuestro bienestar.

 

Casi al cierre de esta magnífica pieza que tanto ha movilizado pero que, sobre todo, tanto nos ha acompañado, la luz desciende y se nos regala unos segundos de plenitud durante los cuales Hande se sintió, se siente completa.

 

 

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