ENTREVISTA CON ANA MARÍA STEKELMAN

LA DANZA ES CUESTIÓN DE PLACER

Desde su tarea al frente del Grupo de Danza Contemporánea del San Martín –hoy Ballet Contemporáneo–, inaugurado en 1977 junto con la creación del Taller de Danza, hasta la fundación de su compañía Tangokinesis, singular proyecto de fusión de la danza contemporánea con el tango, Ana María Stekelman resulta una figura insoslayable para la danza argentina. La Compañía celebra su creación, su vitalidad y su legado con un programa integrado por tres piezas representativas de sus diferentes épocas. Y en esta entrevista, la coreógrafa repasa la génesis de cada una de ellas, además de reflexionar sobre sus propias sensaciones en relación con su obra y sobre la danza como un arte que “es una cuestión de placer, a través de un cuerpo que puede hacer y sentir cosas que otros cuerpos no sienten”.

Carlos Furman

En vísperas del 50° aniversario del Ballet Contemporáneo del Teatro San Martín que tendrá lugar el año próximo, Andrea Chinetti y Diego Poblete, directora y codirector de la Compañía, decidieron reponer Bailando en la oscuridad, el dúo Romance del diablo y La consagración del tango, tres obras fundamentales en la trayectoria de Ana María Stekelman, una coreógrafa clave en la historia de la danza argentina y responsable de la fundación de este cuerpo estable, así como del Taller de Danza Contemporánea del Teatro San Martín, espacio de formación que nutre constantemente de nuevos intérpretes al Ballet. 

Reconocida tanto a nivel nacional como internacional —recibió el American Choreography Award (Estados Unidos) y la nominación al Premio Benois de la Danse otorgado en el Teatro Bolshoi de Moscú—, Stekelman no sólo se destaca por sus memorables coreografías, sino también por haber entrelazado como nadie el tango y la danza contemporánea, diálogo sobre el que exploró y profundizó con su compañía Tangokinesis. 


Un diálogo fructífero

En el marco de una conversación sobre el programa que se presenta en la Sala Martín Coronado y sobre su carrera en general, la coreógrafa recuerda cómo comenzó su relación con el tango, que hasta la llevó a participar como coreógrafa de películas como Tango de Carlos Saura y Tetro de Francis Ford Coppola: “Vi a Juan Carlos Copes cuando tenía 18 años en Nueva York, cuando fuimos a ver un cantante. Bailaba con María Nieves. Me quedó grabado y veinte años después hice Jazmines, la primera obra de fusión de tango y danza contemporánea. Después emprendí Tangokinesis, que paseó por el mundo. Sus protagonistas son Nora Robles y Pedro Calveyra, responsables de la reposición en este programa de los tangos de Bailando en la oscuridad y La consagración del tango”. 

Stekelman aclara que “la fusión del tango y la danza contemporánea –un término que no le convence porque no llega a reflejar bien esa articulación– no es algo exterior, es algo interior que se va formando. De hecho, me llevó como veinte años hacer la primera pieza que une esas dos danzas”.

 

Sobre el deseo y la pasión

En palabras de la coreógrafa, Bailando en la oscuridad, estrenada por el Ballet Contemporáneo en 1988, “refleja la oscuridad que se transita en la danza de la vida, porque me parece que es así como vivimos, bailando en la oscuridad. Muchas de las imágenes de esta obra están relacionadas con el amor de pareja, pero no es una pieza psicológica ni habla gráficamente de estas relaciones. Tanto las escenas de amor como las de soledad que van apareciendo son de sublimación y proyectan algo más elevado. Bailando en la oscuridad tiene una gran melancolía y un enorme deseo de amor, es una obra sobre el deseo y la pasión”. 

En cuanto a su génesis, relata: “Fue curioso cómo surgió esta obra: estaba en el consultorio del dentista y, mientras me estaba atendiendo, intentaba concentrarme en la música funcional. En cierto momento pasaron un tema que me encantó, se llamaba Bailando en la oscuridad: me sedujo todo, la música, el título. Después me enteré de que pertenecía a una película de Fred Astaire y Cyd Charisse, The Band Wagon, y corresponde a una escena en la que bailan de noche en el Central Park. Me gustó esa idea romántica, pero finalmente no usé la canción, me quedé sólo con el título y la sensación que me produjo”. La música de esta coreografía es muy particular, ya que se utilizaron composiciones muy heterogéneas: “Trabajé con música popular, en primer lugar, con una que para mí trasciende lo terrenal, los boleros cantados por Elvira Ríos. El bolero es un género muy interesante en su origen porque lo existencial está expresado a través de lo romántico. Incluí asimismo una pieza de Kurt Weill, Youkali (canción compuesta como un tango), en una versión divina de un quinteto de cuerdas. También utilicé fragmentos de composiciones de John Philip Adams, que consisten en experiencias que hizo en una universidad de Estados Unidos. En la grabación de una de ellas se escucha una orquesta de cuerdas a la que en un momento se superpone el sonido de una radio encendida: es la voz de un predicador que habla por teléfono con un ateo. José Luis Díaz arregló originalmente todos los materiales para que se fueran hilvanando en una sola música, que igualmente sigue siendo muy variada. Y fui creando la obra mientras iba escuchando, no suelo trabajar con una idea preconcebida o preestablecida de cómo va a ser. Una escena fue llevando a la otra”. Pero aclara que, en este caso, sí tenía algunas ideas claras, “por ejemplo la del agua como recurso escénico, que no es una innovación, pero en esta obra no hay ningún afán de originalidad. El agua surge sin pensarlo, es una referencia al bautismo. En realidad, es un elemento presente en muchas religiones, tal vez tenga que ver con la pureza”. Pero Bailando en la oscuridad obedece igualmente a otras necesidades, “como la de expresar emociones, contenidos interiores, aquellas cosas imposibles de transmitir con palabras. Elaboré todas las escenas por separado” —concluye Stekelman— “y después las uní con una lógica que surgía directamente de la evolución del trabajo. En ellas se alternan momentos fuertes y momentos de languidez, como si el amor tomara distintas formas”.

 Foto Carlos Furman

La desnudez del contacto amoroso

El dúo de Romance del diablo de Ástor Piazzolla lo había hecho para Bocca Tango en 2001, para Julio Bocca y Cecilia Figaredo, que fue quien lo repuso en esta oportunidad. Ella sabe por qué cada paso está en cada lugar. “Es un dúo de amor caracterizado por la cercanía y la desnudez. Pero es una desnudez que va más allá del cuerpo. Se trata de la desnudez sentimental, la del contacto amoroso. Es la parte más lenta y entrañable de Bocca Tango y por eso se ha destacado como un momento especial de ese espectáculo”, señala Stekelman sobre la coreografía.

Dos disruptivos se encuentran

La consagración del tango fue creada en 1998 para el Ballet Argentino de Julio Bocca y se estrenó mundialmente en la Ópera Garnier de París, función en la que participaron también dos parejas de Tangokinesis. Stekelman recuerda que en esta pieza quiso unir las músicas de Igor Stravinski y Ástor Piazzolla: “Edgardo Rudnitzky generó este encuentro de algunos tangos de Piazzolla (Escualo, Movimiento continuo, Chin Chin, Bureau de poste de genes) entremezclados con La consagración de la primavera de Stravinski. Edgardo tiene un gran oído y supo entender lo que le pedía, esto de interferir una música con otra, que a mí me encanta. Lo aprendí de Jacobo Romano y Jorge Zulueta cuando era joven”. Y de esta manera se entrelazan también en la coreografía la danza contemporánea con el tango. “Elegí esta combinación de músicas porque tanto Stravinski como Piazzolla han sido disruptivos —explica la coreógrafa—, dos revolucionarios que han producido un gran quiebre en sus respectivos géneros: el primero en la música romántica y moderna, mientras que el segundo lo hizo con el tango. Sin seguir esa narrativa, el aura de La consagración de la primavera sobrevuela todo el devenir de la obra. Aparecen cuestiones temáticas, pero no sigue el orden de las escenas, yo las puse donde me daban ganas a mí”.  

Una reposición muy potente 

Stekelman expresa que las tres obras tienen mucho de lo masculino y lo femenino, que considera “fuertemente opuestos y a la vez complementarios, no existe uno sin el otro”. Y agrega: “Son piezas que hice hace mucho, pero no hubo correcciones, están idénticas, aunque a la vez son otras obras, porque los bailarines les dan su impronta. Verlas renacer es algo muy extraño, que me trastoca, porque en ese momento era muy joven. Sin embargo, me siento identificada con cómo las baila esta compañía, sus integrantes son muy eficientes y cálidos, entienden los sentidos. Los movimientos son muy complejos y ellos los captan muy bien en su totalidad. No sólo la forma sino aquello que produce esa forma, el lenguaje en general. Son muy potentes y sensibles, se pueden ver distintos momentos, intenciones y sensibilidad en sus cuerpos, según la obra y la música. La verdad es que son intérpretes excepcionales en todos los sentidos y sus directores hacen un trabajo muy interesante”. 

Asimismo, Stekelman destaca que “el montaje estuvo muy bien logrado gracias a los repositores –los ya mencionados en lo que respecta al tango, junto a Miguel Ángel Elías, Elizabeth Rodríguez, Andrea Chinetti, Melisa Buchelli y Diego Poblete–, les gusta hacerlo y todos han hecho un gran trabajo reviviéndolas con toda la intensidad posible. Eso me da una convicción, una alegría de que lo que hice está vigente, es válido hoy. El placer de ver a los bailarines es lo que más me convoca a hacer danza, esa mirada que aparece cuando se va desarrollando el trabajo. Y a la vez la mirada del espectador es la que completa y mueve a los bailarines”. Estas creaciones son parte de nuestro acervo cultural, en particular a través del lenguaje del Ballet del San Martín, del cual Stekelman se siente sumamente orgullosa, ya que el recorrido de la Compañía está íntimamente ligado al derrotero de esta gran coreógrafa.  

 Foto Carlos Furman
 

Volver a las raíces y renacer

En ese sentido, recuerda que en el grupo fundacional “eran ocho personas con la misma entrega y amor de hoy”. “Me atraviesan muchos recuerdos —expresa conmovida—. Es extraño volver a ver mis obras con otros intérpretes en otro momento de mi vida”. Al repasar su carrera, también reconoce que hubo momentos de mayor presencia y otros de menor participación en el Ballet Contemporáneo, pero en esos períodos estaba abocada a su compañía Tangokinesis y a la de Julio Bocca, lo que considera muy positivo para su formación. “Pero hubo un punto en el que sentí que necesitaba este Ballet”, afirma. Es que en definitiva Stekelman es la raíz de muchos artistas que han pasado por la Compañía y aún trabajan en ella. En la misma dirección recuerda: “el Taller de Danza se formó por iniciativa de Kive Staiff, armé el programa y convoqué a los maestros de la nada. Es muy importante porque de ahí surgen muchos bailarines, es fundamental”. 

En este momento de su vida y de su trayectoria, y en vísperas de este “renacer” de creaciones suyas después de tantos años de sus respectivos estrenos, Stekelman declara: “Me siento rara, con sentimientos encontrados y también en contacto, por el pasaje del tiempo. Por un lado, no me puedo mover como antes para poner una coreografía y siento nostalgia, pero a la vez, es muy hermoso ver cómo son ahora mis obras”.

Stekelman aporta una reflexión final sobre la danza en general, disciplina que va a contrapelo “de la cultura robótica, de la inteligencia artificial. Es el cuerpo en presencia entrenado, que puede hacer y sentir cosas que otros cuerpos no sienten. La danza es cuestión de placer, es más abstracta que el teatro, pero todos los movimientos construyen su propio lenguaje como el de los escritores, que hay que aceptarlo en su autonomía”. 

 

Autor: Por Victoria Eandi

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