La ética del enemigo
A partir del encuentro entre un prisionero condenado a muerte y su carcelero, la pieza de Alberto Conejero invita a repensar en esos desacuerdos que sólo en apariencia resultan irreconciliables. El director Alejandro Giles revela las claves del montaje argentino de una obra que propone mucho más de lo que se percibe en la superficie.
Carlos Furman
Limitándose al argumento, La piedra oscura describe los últimos días de un preso republicano durante la Guerra Civil, quien espera ser ajusticiado, y la relación que mantiene con su carcelero, un guardia adolescente, cuyas convicciones entran en contradicción cuando comienza a conocer, a partir de relacionarse con el hombre a quien debe vigilar, de la compleja realidad que él sólo imaginaba.
Si esta situación de partida ya propone suficiente interés dramático, la cosa se pone mejor porque el condenado es Rafael Rodríguez Rapún, un estudiante de Ingeniería de Minas quien, fascinado por el teatro, conoció a Lorca, se convirtió en secretario de su grupo La Barraca, además de su compañero íntimo. Pasión difícil, porque según relata Ian Gibson, sin dudas uno de los mejores biógrafos del poeta granadino, Rapún no se consideraba homosexual y luchó por alejarse de Lorca. Pero fue, según cuenta el biógrafo, “su más hondo amor”.
Sin embargo, más allá de sus líneas argumentales, de la figura de Lorca o del tema concreto e inevitable de la memoria, hay muchas otras razones por las que esta pieza resultó un éxito de taquilla a partir de su estreno en 2015 en el Teatro María Guerrero del Centro Dramático Nacional, con dirección del argentino Pablo Messiez, además de merecedora de varios de los prestigiosos Premios Max de las Artes Escénicas.
Porque La piedra oscura nos enfrenta al olvido, a repensar la huella que dejamos después de la muerte, incluso de su misterio. La pieza de Conejero, en definitiva, propone volver a preguntarse sobre el sentido de la vida y del miedo, tantas veces inconfesado, a desaparecer del todo.
Para Alejandro Giles, director de la versión que se estrena ahora en la sala Cunill Cabanellas del San Martín, obras como La piedra oscura no le resultan indiferentes. Conocedor profundo de poéticas del estilo, dirigió numerosas piezas de José Sanchis Sinisterra, dramaturgo español reconocido por explorar temas como la historia, la identidad, la memoria y la guerra.
“Hacemos teatro porque anhelamos intimidad con otros seres humanos, pura vocación de encuentro con otros imaginarios”, dice ahora el director en una pausa de los ensayos, a pocos días del estreno. “Es como concretar una cita con quien uno quisiera o teme o intuye ser. Con ese desconocido que nos habita. A partir de la escritura del autor, apelamos a que se despliegue el recuerdo propio. La memoria de lo vivido, de lo deseado, de lo soñado. Porque dudamos, hacemos teatro. Nos aguijoneamos como personas, cómo individuos, cómo creadores, haciéndonos preguntas que no tienen respuestas. Y nos acompañamos en el proceso del pensar sobre lo cotidiano. Sobre la existencia, sobre el sentido de las cosas que suceden. De alguna manera enfrentamos nuestros miedos y las pasiones más íntimas haciendo nuestro teatro”.

—En el caso de la obra de Conejero, ¿cuál fue el interés inicial, lo primero que le atrajo para querer trabajar con ella?
—Fundamentalmente me interesó cómo aborda el tema de la memoria, que ocupa todo mi trabajo y forma parte importante de mi imaginario. Me interesa fuertemente implantar el recuerdo de alguien para mantenerlo vivo. Que no es lo mismo que estar atado al pasado, establecer esa diferencia resulta fundamental. La lucha de la memoria contra el olvido es un ejercicio necesario en lo personal y en lo grupal. Sin dudas, la obra de Conejero es un ejemplo de esos materiales que me conmueven para querer montar, tanto como todo el teatro de Sanchis Sinisterra, con quien trabajo desde hace años.
—¿Cuáles fueron las primeras ideas que surgieron para el montaje?
—Además de definir los temas puntuales que afloran en el material, para mí es fundamental escuchar aquellas resonancias de la pieza que me estimulan personalmente para poder hacer un análisis estructural lo más objetivo posible y poder así plantear una hipótesis de puesta en escena. Más allá de la evidente reflexión que propone sobre la memoria, La piedra oscura es asimismo una obra sobre el flagelo de la guerra y también sobre la herencia. En la presión que provoca la guerra todo puede pasar. Lo inesperado, lo que nos deja perplejos e inmóviles. Y también lo contrario, el movimiento extremo. Desde el horror y la violencia hasta algunos encuentros que terminan por dar sentido a nuestra existencia.
“Más allá de la evidente reflexión que propone sobre la memoria, La piedra oscura es asimismo una obra sobre el flagelo de la guerra y también sobre la herencia”.
—¿Hubo alguna dificultad surgida en el montaje, un desafío a superar?
—La obra resulta un desafío en sí misma. En principio, la acción la llevan los dos únicos personajes, que nombran a sus madres y hermanas. Descubrí en ellos la necesidad de la presencia de una energía femenina como protección por lo que decidí que tuviera una forma artística en la puesta en escena, a partir de la inclusión de un personaje femenino que no figura en el original, pero sin alterar absolutamente nada del texto ni de la línea de acción. Ese proceso fue muy enriquecedor. Otro reto fue el planteo, que convinimos con Julio Suárez, de un espacio no convencional pero que resultara absolutamente funcional para la historia. En todos los casos agradezco haber tenido compañeros en la creación que estuvieron dispuestos a correr riesgos, más allá de contar con una estructura como la que ofrece el Teatro San Martín, que consiente, respeta y acompaña procesos de estas características.
—¿Cómo se desarrollaron los ensayos, fundamentalmente en el trabajo con los actores?
—Fue un proceso de ensayos muy enriquecedor, un ejercicio del compartir cada uno desde su papel que produjo un sólido entendimiento. Lo que hizo posible que desde el comienzo pudiéramos encarar el montaje con el suficiente tiempo para pensar, sin apuros ni presiones.
—¿Cómo es su método para montar la obra? ¿Trabaja por escenas? ¿Monta toda la obra y después va puliendo los detalles?
—No siempre se da de la misma forma, no tengo un método fijo, depende fundamentalmente del trabajo. En este caso, fui abordando cronológicamente escena por escena con texto memorizado y fuimos trabajando por capas, hasta lograr una situación viva, donde la presencia de la guerra es sin dudas la circunstancia principal.
—Tiene un interés personal en el denominado “teatro documento” o “teatro histórico”
—Por lo general, no tengo predilección por un determinado género o forma escénica. Me gustan, válido y necesito de todas las expresiones y géneros artísticos que, en definitiva, son las formas que encontramos para dar a conocer y visibilizar aquellos temas que nos atraviesan. Actualmente tengo en proceso de producción un montaje en España sobre la memoria histórica del exilio que me tiene muy entusiasmado. Poder contar los focos de vida que la guerra despedazó y cómo la transitaron esos seres que llegaban a Argentina en total desamparo, muchos de los cuales pudieron rehacer sus vidas, aunque sin dudas con un gran costo de sufrimiento. Max Aub lo expresa muy bien en sus Escritos sobre el exilio: “usted no sabe lo que es hacer su hoyo en tierra extraña”.
“Hacemos teatro porque anhelamos intimidad con otros seres, pura vocación de encuentro con otros imaginarios. De alguna manera enfrentamos nuestros miedos y las pasiones más íntimas haciendo nuestro teatro”.
—¿Cuáles fueron las decisiones formales para la puesta en escena?
—El primer condicionamiento fue pensar cómo ajustar el material para la sala Cunill Cabanellas, que por sus características propone una gran libertad, una amplitud muy grande de opciones para un director. Sin dudas resultó un espacio ideal para la historia, ya que a la opresión que puede sentir una persona que está detenida, privada de su libertad, se le sumó la posibilidad de dar cuenta del contexto espacial, de la amplitud e inmensidad del mar, ya que la obra sucede en Santander, en las costas del Cantábrico, donde el mar golpea los acantilados y se hace sentir permanentemente.
Autor: Pablo Lettieri
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