LA INVASIÓN DE LA FANTASÍA
Además de adelantar las características del nuevo espectáculo del Grupo de Titiriteros del Teatro San Martín que se estrena en el Teatro Regio, en esta entrevista la directora Analía Fedra García define su forma de trabajo y revela por qué no hay mejor manera de recuperar el pasado que regresar a la propia infancia.
Carlos Furman
Tirintín se puso pálido y triste, y estuvo así una semana hasta que una culebrita amiga le dijo:
–Yo te voy a ayudar…
Lo llevó a su cueva y le dio una velita recién encendida tan fina como un alfiler.
–Lo importante es que la agarres con fuerza mientras estés volando –le aconsejó.
–Pero esta luz no sale de mí –dijo el bichito.
–Lo sé. Sin embargo, una luz que te ayuda a vivir también es hermosa, tanto como la que se encendía en tu cuerpo.
María Granata, El bichito de luz sin luz
—¿Por qué elegir el universo de María Granata para montar una obra de teatro?
—Cuando era chica, mis tres escritoras favoritas eran María Elena Walsh, Syria Poletti y María Granata. Granata muestra un mundo fantástico que es ideal para el teatro de títeres. Por eso, al momento de pensar esta obra, confluyeron, por un lado, un homenaje a María Granata como escritora, que se liga directamente con mi infancia y, por otro lado, el cruce que permite su literatura entre distintas disciplinas. Lo que tomé de ella fueron algunos rasgos de tres cuentos, rasgos que sumé a una dramaturgia propia: Tatitón aventurero, la historia de un nene al que le regalan un mapa y viaja a través de él; Tico y Tuco, dos nenes que atosigan pájaros y que luego resultan atrapados ellos mismos; y Agustín y la ventanita, un nene que, a través de la ventana, materializa las cosas que imagina. La figura de la Narradora, que trae a Alejandra y los mundos la voz concreta de la autora con fragmentos de Tatitón aventurero, es el personaje que propongo para retratar a María Granata en el momento de la creación de sus historias.
—¿De qué época son esos textos? ¿Por qué hoy podrían interesar a un chico?
—Estos cuentos tienen más de cincuenta años. Yo había leído El ángel que perdió un ala o La ciudad que levantó vuelo, pero la nuera de María me pasó entre otros El bichito de luz sin luz y Tatitón aventurero, cuentos que me sorprendieron por su vigencia. María es una mujer de casi ciento dos años actualmente, y esos cuentos, tan imaginativos, podrían haber sido escritos hoy, tranquilamente. Hay un montón de historias que no siguen ninguna clase de algoritmo, y esa invasión de la fantasía es justamente el camino inverso que muchas veces transitamos en este mismo momento.
—¿Cómo es trabajar con títeres en lugar de actores?
—Para mí, que no soy titiritera, fue toda una sorpresa. En otro de mis espectáculos, El vuelo de Basilio, sobre un texto de Haroldo Conti, trabajé con narración y títeres, y aunque las clases que doy en la Universidad Nacional de San Martín para la carrera de Títeres —dirección, análisis de textos y elementos de dramaturgia— me obligan a estar de alguna manera en contacto con este universo, nunca estuve así tan mandada como esta vez. El Grupo de Titiriteros del Teatro San Martín está súper entrenado. Todo lo que una imagina, el Grupo lo prueba y resuelve con creces, sobre todo en el aspecto visual. Es hermoso comandar un equipo que responde y que juega nuestro mismo juego. A diferencia de un actor que internaliza un conflicto, el títere tiene que narrar ese conflicto. Eso es un gran aprendizaje. Y como Alejandra y los mundos se estrena en el Teatro Regio, dijimos “bueno, aprovechemos que tenemos espacio tan grande para que sea un despliegue de mucho, mucho elemento”.
—¿Y qué resulta más desafiante: trabajar con un texto pensado para el público en general o en una obra con títeres para el público infantil?
—Son caminos distintos, aunque el proceso no es tan diferente a la hora de dirigir. Una buena estrategia es enfocar el trabajo hacia espectadores como mi hijo, que tiene siete años. Por él tengo el universo infantil muy cerca, así como por sus amigos, o por los hijos de amigos míos. Me alimenta el imaginario verlos jugar en la plaza, descubrir cuáles son los elementos que pueden funcionar. Si a los chicos se les ofrece algo que los considera, con lo que se sienten apelados de verdad, siempre están ahí.
—A partir de este trabajo, ¿sería posible empezar a revalorar la obra de María Granata?
—¡Ojalá que se vuelvan a editar sus cuentos! ¡Me encantaría que esta obra colabore con eso! María tiene unos cuentos hermosos. Cuando voy para atrás en el cuerpo de mi obra, noto que hay un ejercicio de memoria activa que aplico tanto en el teatro para adultos como en el de infancias, para recuperar la obra literaria de ciertos autores y montarla en la escena teatral. Hice Las patas en las fuentes de Leónidas Lamborghini, que es un poeta por quien recorrí todas las bibliotecas conocidas para encontrarme con su obra. También trabajé con textos de Paco Urondo, de Haroldo Conti adaptado para las infancias (porque El vuelo de Basilio es un cuento para adultos), hice una adaptación de Enero, de Sara Gallardo… Me gusta mucho leer, soy curiosa, me permito la invasión entre lo que busco y lo que aparece en esa búsqueda. Tatitón aventurero, el cuento que uso como base para Alejandra y los mundos, no es el que había elegido. Al principio quería hacer La ciudad que levantó vuelo, pero cuando me llegaron los otros materiales terminé eligiendo ese otro texto. Mi dinámica es buscar. Es como una especie de serendipia, de rastrear incansablemente, un trabajo paralelo que además me divierte como lectora.
—En su obra siempre está buscando autores o formas que remiten en cierta manera al pasado…
—Sí. Y, sin embargo, la gran contradicción es que, en ciertos textos, cuanto más atrás en el tiempo tengan escritos, más actualidad ofrecen hoy. Ese contraste además resulta divertido. En el teatro argentino, cuanto más pasa el tiempo, más se encuentran rasgos del grotesco entendidos como contraste, y eso forma parte crucial de mi trabajo. Ahora estoy desarrollando más mi faceta autoral, le encuentro mayor placer a la escritura, y ese trabajo con el pasado nunca queda afuera.
—En el caso de Alejandra y los mundos quizás le quiera legar a su hijo algo de lo que fue su infancia...
—Obvio. Es una obra para él. A partir del momento en que fui mamá, pensar en hacer obras de teatro siempre incluye buscar que los chicos se diviertan, que jueguen, que imaginen. En mi caso, es un privilegio poder trabajar en un teatro oficial con toda una maquinaria de realización para hacerlo posible. Además: a mí me interesa lo público. Me interesa el público del teatro público. Me gustan los teatros grandes, con espectadores diversos, provenientes de todas partes, a quiénes se les pueda barrer prejuicios y a la vez sembrarlos de historia. Por ejemplo, para mi doctorado en Artes decidí bucear en el tema de la dirección. Porque si bien se investigó mucho y muy bien en la historia del teatro en la Argentina, se averiguó muy poco sobre las obras que dirigió Armando Discépolo, por ejemplo, que fueron muchísimas. Mi tesis de doctorado gira en torno a Angelina Pagano, que en 1929 estrenó Las descentradas, de Salvadora Medina Onrubia, y que en el programa de mano aparece como “directora escénica”. Por primera vez, una directora escénica en el teatro nacional. Es impresionante la cantidad de materiales que empecé a encontrar en publicaciones periódicas de los años ‘20, una época del teatro industrial en la que una obra si no funcionaba tras dos o tres funciones, bajaba de cartel, y si era un éxito estaba... yo qué sé, diez años en la cartelera. De hecho, de Las descentradas se hicieron ciento cincuenta funciones en el teatro Ideal, que estaba en la calle Paraná, un teatro que en el '28 lo tomó Angelina Pagano como empresaria. Para mí, hoy Angelina Pagano es como una guía porque, como ella, en vez de pelearme con una situación, busco una solución alternativa que me represente. Por ejemplo, ella en el '21 se pone al frente de la huelga de actores del 1° de mayo, con la Federación Gente de Teatro. Hecho eso, los empresarios dueños de teatros le hicieron el boicot y nadie le alquiló sala para que ella represente. ¿Cómo una mujer se iba a poner al frente de la huelga de actores y sostenerla? Entonces pareciera que Angelina se dijo: “¿por acá no? Bueno, me voy con mi compañía de gira por todo el país”. Eso, y que también diga: “soy directora escénica”, armó este caminito gradual que nos trae al presente. Creo que tenemos una mala relación con el pasado en la cultura y en la sociedad. Como que el pasado es algo perimido: “lo pasado pisado, no es actual, es viejo”. Como si nosotros también tuviéramos que pelear contra tradiciones que no tenemos, como sucede en otros países con las tradiciones propias. ¿Por qué todos los años se hace un Hamlet nuevo entonces? Por eso me interesa trabajar con materiales “anacrónicos” o disruptivos del tiempo, porque necesariamente vinculan generaciones, actualizan nuestro presente y reconfiguran nuestro futuro.
Autor: Carlos Diviesti
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