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NADIA COMANECI Y NIKA TURBINÁ, DOS NIÑAS SIN TIEMPO

LA POÉTICA DEL ESPACIO

Fotos: Carlos Furman

Dos figuras que alcanzaron una gloria inaudita a edad muy temprana, y que el trágico vértigo de la historia no les pudo arrebatar.

Una desafiaba el aire. A la otra se le encarnaban palabras que bajaban desde el cielo. 
Una obtuvo la gloria olímpica. La otra accedió al parnaso de los insustituibles.
Una debió escapar del sino de su país. La otra terminó con su vida muy temprano.

Nadia Comaneci (Rumania, 1961) y Nika Georgievna Turbiná (Ucrania, 1974-2002) perpetuaron su niñez y adolescencia en imágenes y palabras: Nadia a través de la perfección de sus performances en gimnasia artística, Nika con la poesía que se le escapaba del alma casi desde que empezó a hablar. Porque tal vez la vida adulta de las dos resultó menos importante y hasta menos interesante que sus primeros años, y porque la niñez y adolescencia de ambas coinciden con cambios fundamentales en el devenir del siglo XX. 

En apenas ocho años de carrera deportiva, Nadia Comaneci obtuvo nueve medallas olímpicas (cinco de oro, tres de plata y una de bronce en los juegos de Montreal 1976 y Moscú 1980), dos de oro y dos de plata en los campeonatos mundiales de Estrasburgo (1978) y Fort Worth (1979), y nueve de oro, una de plata y dos de bronce en los campeonatos europeos de Skien (1975), Praga (1977) y Copenhague (1979). Sus rutinas en barras asimétricas, barra de equilibrio, suelo y salto (individual y por equipos), aún hoy y más allá de la calidad visual de los registros televisivos, representan la quintaesencia de la expresividad del cuerpo. Nadia Comaneci, ingrávida y ligera, es pura poesía. Se retira de la competencia activa en 1981, a los veinte años, cuando para el común de la gente la vida recién comienza.

Según cuenta Ciro Herrero en Merece una reseña, una mañana Nika Turbiná le preguntó cuánto tarda en morir un idiota. ¿Fue ella quién se lo preguntó, o esa pregunta se la hizo la voz que la dominaba desde lo más temprano de su infancia? ¿Será cierto, o parte de su leyenda, que a los ocho meses balbuceaba sonidos articulados que se entendían como palabras en ruso y en inglés? ¿Y eso de que no le gustaba hablar, y que cuando debía dar una respuesta la daba cantando? Publica Primer borrador, su primer libro de poemas, a los diez años, pero a los ocho ya había escrito que quería “convertir el sabor amargo de los días en palabras”. Es evidente que la voz extrañada de Nika Turbiná poco le debe al realismo socialista; y tal vez a su pesar, se convirtió en estrella de los multitudinarios recitales de poesía que aún se realizaban a mediados de los años ’80 en los estadios de fútbol de la Unión Soviética. Nika, pequeña como era, en esos espacios tan enormes como monumentales, declamaba sus palabras a quien quisiera oírla: a los once años ya había ganado la gloria cuando obtuvo el León de Oro en la Bienal de Poesía de Venecia (1985). 

El miércoles 29 de noviembre de 1989 Nadia Comaneci, como tantos otros compatriotas en otras ocasiones, huye de Rumania a pie a través de un pantano helado; ya no quería ser un Héroe del Trabajo Socialista, ni que sus comunicaciones estuvieran interceptadas, ni que la policía del régimen de Nicolae Ceausescu abriera los sobres con su correspondencia. Pero cuando el domingo 17 de diciembre del mismo año Ceausescu ordena disparar contra la población civil en Timisoara, mientras se efectúa una protesta disidente, el resto del país se levanta en su contra y el gobierno estalinista de Ceausescu cae el sábado 23. Arrestados mientras huían, el dictador y su mujer, tras un juicio sumarísimo efectuado por un tribunal militar, son fusilados por un pelotón de ochenta soldados recibiendo cada uno de sus cuerpos ciento veinte disparos. Esta ejecución fue la última en Rumania, que tras ella declara abolida la pena de muerte. Para entonces Nadia ya había llegado a los Estados Unidos, sitio donde estableció su hogar en Oklahoma, se casó con el ex gimnasta Bart Conner y tuvo un hijo, Dylan Paul. De su gloria pasada prefiere no hablar demasiado.

Por su parte Nika sufrió de insomnio buena parte de su infancia. Decía que los poemas no dejaban de acosarla. Luego de una gira por los Estados Unidos y de la publicación de Pasos hacia arriba, pasos hacia abajo… (su último libro publicado en vida), y sin que se sepa por qué, su mentor, el poeta Yevgueni Yevtushenko la abandona. Son estos los años de la Glásnot, los años de la apertura política en la Unión Soviética que, junto a la Perestroika (el ordenamiento económico), modificaron entre 1985 y 1991 el panorama de la vida de Rusia y los países asociados a la Unión, como la Ucrania natal de Nika. En 1990 Nika se radica en Suiza para estudiar, país donde conoce a un profesor de psicología, italiano, sesenta años mayor que ella, y con quien mantiene una relación amorosa que a su vuelta a Moscú califica como “hermosa y trágica, como una rosa pisoteada”. La deriva en la que cae incluye el alcohol y algunos conatos de suicidio; uno de ellos le deja una lesión en la columna vertebral y la obliga a cumplir con una terapia psicológica. Este desvío, que la llevó a ocultar los poemas que escribía por entonces, la impulsó a sentarse en la baranda de un balcón el sábado 11 de mayo de 2002 durante una fiesta que compartía con amigos. La policía no caratuló su muerte como suicidio, dejó el espacio en blanco en el expediente, o a lo sumo con una raya horizontal.

¿Nadia Comaneci y Nika Turbiná fueron la consumación de ciertas políticas de Estado, o la política se aprovechó del genio innato de ambas para glorificarse? Saberlo, hoy, es muy poco importante. Esta época nuestra se caracteriza por soslayar el tiempo y acercarlo a la superficie de la pantalla, razón demás para que el triunfo nunca sea derrotado ni la fama se opaque por las circunstancias aciagas de la vida. ¿Será que alcanzamos la inmortalidad y no lo sabemos?

Un poema visual de Nadia Comaneci: 

https://www.youtube.com/watch?v=VcsWlF0vFcQ

Un fragmento del poema ¿Saben escuchar la lluvia con los dedos? escrito por Nika Turbiná (y traducido por Natalia Litvinova, en el libro La infancia huyó de mí, Editorial Llantén, 2018):

Toquen con la mano la corteza del árbol,
temblará bajo sus yemas
como un caballo mojado.