La victoria y el honor
Con la guerra de Malvinas como telón de fondo, la nueva pieza de Gonzalo Demaría propone una reflexión sobre la historia y el país, sobre la realidad y los sueños, sobre la gloria y la dignidad. Emiliano Dionisi y Luciano Castro coinciden en ampliar estas premisas sin renegar del teatro popular y, mucho menos, de la poesía.
Carlos Furman
Los tres sectores radiales de la Sala Juan José de los Santos Casacuberta bien pueden albergar al público de un drama teatral, al de un combate entre gladiadores o al de una liturgia pagana. Cualquiera de las variantes de esos espectáculos contiene una pieza como Sansón de las islas, drama teatral con agonistas en la arena de la lucha, y cuyo protagonista principal encarna al mito en cuyas manos radica el destino de un pueblo. Los que peinamos canas –o no las peinamos por carecer de cabello– recordamos además que, en la televisión de nuestra infancia, durante la Semana Santa, la imagen indeleble de Sansón era la de un actor injustamente subvalorado, Victor Mature, quien, no por nada, logró su mayor éxito encarnando a este personaje. Y si de imágenes indelebles, infancia o adolescencia y televisión se trata, Las 24 horas por las Malvinas se conservan en la retina como un hito (¿bizarro, abyecto, impune?) en esa argentinidad que fluctúa entre la gloria, la derrota y la obcecación. Hay muchas aristas que relacionan a Gonzalo Demaría, Emiliano Dionisi y Luciano Castro, y que van más allá del trabajo y la amistad que se profesen. Para los tres el vértice del teatro y el de la televisión es ineludible, porque los tres son referentes de ambos desde hace mucho tiempo. Y para los tres, evidentemente, los Titanes en el ring de todas sus épocas o los derivados gloriosos, exhaustos u obcecados que los continuaron, son la parábola perfecta para hablar de las contusiones que dejara una contienda bélica dolorosa y absurda.
La historia como espacio familiar
“Aunque no sea contemporáneo a las Malvinas o a los Titanes en el Ring, un programa que le encantaba a mi viejo y a mis hermanos, son temas en los que me tengo que meter a bucear, a investigar, a conocer”, dice el director Emiliano Dionisi, café de por medio, en un alto del trabajo. “Todo lo que me permita entrar en temas y lugares nuevos es un regalo de la profesión. Como soy una persona responsable y sensible, que entiende que la de Malvinas es una herida muy profunda para nuestro país, trato de entender por qué es algo que nos marcó históricamente. Y cuáles fueron sus secuelas. Porque, por supuesto, las heridas del pasado tienen que enseñarnos a construir el futuro. Traer a escena una herida tan poderosa y que además se trate de una manera tan poco convencional, es una buena oportunidad para vivirlo desde otro punto de vista. Y para que justamente quienes no somos contemporáneos a Malvinas podamos entender cómo eso afecta al país. Que la juventud sólo recuerda lo que pasó ayer es una falacia. La historia debe ser un lugar familiar”.
–¿Cómo se plantea el espacio de una obra como Sansón de las islas, tan onírico y tan manifiesto?
–La Casacuberta es mi sala favorita del Complejo. Me parece emocionante desde que uno entra a ella, porque es una especie de Coliseo romano. Es una sala muy amable para el público porque desde donde esté ubicado para ver la obra siempre se encuentra encima del escenario. Para dirigir en la sala ya es diferente, es más complicado, porque las visuales son enredadas. Las entradas y salidas son muy difíciles: los actores no tienen puntos de descanso ya que, por donde se mire, hay público. Por lo tanto hay que trabajar con esa dificultad para hacer vivir una historia tan cerca del público. Con Cecilia Zuvialde, la escenógrafa, pensamos la ruptura entre la realidad y la fantasía. Es una especie de pasado idealizado para los dos lados, para el lado más luminoso y para el lado más oscuro. Como la obra sucede en los estudios de la vieja ATC trabajamos, incluso en las cuestiones de actuación, para que la puesta semeje una ficción televisiva de los años ’80, como si el espectador estuviese viendo un episodio de Situación límite. Es un universo precioso que la sala potencia muy bien. Porque justamente el público está tan cerca de los gestos, que se aprecian como un primer plano del actor en la pantalla.
“El teatro popular tiene el desafío de cautivar a un público muy grande para romper la sectorización”
Emiliano Dionisi
–¿Significa que ha seguido algún modelo de actuación determinado?
–Intento no ponerme intelectual con los actores. No creo que haya que encarar el trabajo por ahí. Tiene que ser un juego más del orden de lo perceptivo. Uno tiene que tratar de ofrecer cuestiones más propositivas y que eso se construya, porque además lo que se construye no será exactamente un código, será algo nuevo. Y ahí también está el valor, porque el espectáculo resultará más genuino. Por ejemplo, el Coronel Garmendia, uno de los personajes, ama Tosca, ama a Puccini. Entonces, imaginé que en ese universo suena Tosca y por eso aparecen los dos cantantes líricos. Y cuando comprendí que sobre el escenario no hay objetos y que los textos son largos, con ruegos y súplicas, por más que se desarrolle en ATC en la década del '80 Sansón de las islas asemeja una gran tragedia operística. Por lo que trabajamos las detenciones y las miradas, y nos olvidamos del naturalismo en los movimientos, ya que estamos en una ópera. Pero todo fue saliendo en la reflexión de los ensayos. Si hubiese dicho “reproduzcamos una ópera”, seguramente el juego no hubiera salido tan bien.
El teatro popular y la invitación a soñar
Dionisi se reconoce como un “niño actor”, con una formación muy ecléctica que incluye la actuación, la comedia musical y el circo. Su debut teatral, a los once años, fue en la puesta de Galileo Galilei de Bertolt Brecht de 1999, dirigida por Rubén Szuchmacher en la Sala Martín Coronado del Teatro San Martín. Actualmente su papel como actor fue relegado por los de dramaturgo y director, y desde el comienzo transitó por todos los géneros que hoy se reconocen por separado, pero que hasta no hace tanto se identificaban simplemente como “teatro popular”. “A mí me interesa profundamente ese teatro, y pelear contra el prejuicio de que, por popular, ese teatro sea más simple o vacío de contenido”, sostiene el director. “No creo que sea así. Para ser popular, el teatro solo tiene que invitar al espectador. Tiene que haber un relato y una forma, independientemente de los conocimientos previos, de la edad o de la procedencia del espectador, o de si es la primera obra de teatro que ve o si es un espectador adepto o un artista. Además, para que un espectáculo pueda ser popular, debe eludir la simpleza, porque hace que haya pocas capas de lectura. Un espectáculo popular debe tener la suficiente cantidad de capas, una arriba de la otra, y que convivan tan bien como para hacer disfrutable el viaje. Tiene el desafío de cautivar a un público muy amplio para romper la sectorización. Nos juntamos todos de distintas partes a ver algo, a emocionarnos y a reírnos, a reflexionar juntos. Esos lugares de encuentro son muy valiosos y necesarios. Para eso están los espacios estatales. Para invitar. Para abrirle puertas a un extranjero que quiere ver qué se hace en Buenos Aires. O para que quienes vengan a ver a Luciano Castro porque lo seguían en alguna ficción de la TV, lo descubran ahora interpretando un texto de Gonzalo Demaría”.

Ir al frente
Mientras los técnicos ajustan detalles para el ensayo de esta noche, el patio de butacas de la Sala Casacuberta está desierto. Es el lugar que elige Luciano Castro para la charla, frente a la escenografía recién montada de Sansón de las islas, ahí donde en breve su cuerpo se transformará en efigie. Aunque su personaje tiene tantos matices de fragilidad que todavía lo mantienen alerta, a la expectativa.
–Usted es una persona muy popular, que practica surf y que alguna vez soñó con ser campeón mundial de boxeo.
–Un demente.
–¿Cuánto de esa popularidad, del surf y o de pararse en el ring para pelear, pone en práctica a la hora de subir al escenario?
–Bueno. Convengamos que el surf no es tan popular como el boxeo. Del boxeo, lo que sí se pone en práctica, por lo menos en mi caso, y si es que tengo que utilizar algún artilugio del boxeo, es eso de ir al frente. Una vez que salgo a escena creo en mí. Y sobre todo creo en la disociación. Para eso es que se ensaya tanto. Y es por eso que llega un momento en el que el proceso de ensayos... (el actor suspira). Mientras se ensaya, hay un montón de cosas que uno necesita tener ya, ahora mismo. Pero bueno, esta última semana es crucial. Con respecto a la pregunta, pongo en práctica más del boxeo que del surf, sin dudas. Esta cosa del boxeo de ir al frente y no tener miedo. Y aún con miedo igual ir al frente.
–Como actor tiene una carrera larga ya.
–Sí, muy larga.
–Y es la primera vez que una obra está decididamente sobre sus hombros.
–Msé...
“Actuar es tener un puño enorme. Actuar no es salir a hacer la gracia. Hay un cuento que contar”
Luciano Castro
–¿Eso lo preocupa, lo condiciona?
–No, no. A ver. Es la primera vez que una obra está sobre mis hombros en el Teatro San Martín, en una sala como ésta, en una obra que Gonzalo Demaría escribió especialmente para mí, por la amistad que nos une desde hace más de veinte años. Porque ya fui protagonista de varias obras en las que tuve que cargar con eso de “la obra de Luciano Castro”. A mí me pasa algo muy raro con ese asunto. No creo tanto en eso, y menos cuando hago teatro. Una obra de teatro empieza y termina. Sansón es el protagonista porque su nombre le da el título a la obra, y porque la atraviesa de comienzo a fin. Pero no sé si es más protagonista que el Coronel Garmendia que interpreta Manuel Vicente o que la Lea de Vanesa Maja o el Jorgito de Gonzalo Gravano. Las obras empiezan y terminan, y no tienen papeles chicos, porque si esos supuestos papeles chicos no sostienen la acción, morimos todos. Esa no me la creo ni siquiera cuando hago comedias. Pero no se trata de ser generoso sino porque el teatro te lleva a eso. Si Sansón tiene que ser importante lo será porque Manuel, Vanesa o Gonzalo la rompen. Si yo sólo trabajo para que Sansón sea importante, ahí voy a hacer agua, seguro. Actuar en el teatro implica ser responsable. Por eso, es una gran responsabilidad estar en un lugar como el San Martín y trabajar en una obra con semejante elenco. Pero bueno, también están todos donde están por algún motivo, así que todos nos tenemos que hacer cargo de lo que nos toca.
“No sé escribir poemas, pero me animo a actuar”
Esta es la sexta obra de Gonzalo Demaría en la que participa Luciano Castro. “Crecimos juntos”, asegura. “Cuando Gonzalo era muy joven, me llamó para hacer una obra. Y entonces le pregunté –no puede evitar reírse, como si la risa fuera un spoiler– si había hecho algo antes. Y el me respondió: ‘sí, mirá, te cuento, trabajé en...’ ¡Y tenía un currículum diez veces más extenso que el mío, sobre todo en teatro!”.
“De esas seis obras –dice–, cuatro las escribió porque se las pedí yo. Yo no sé escribir, no sé cómo encarar una dramaturgia, y muchas veces le cuento ideas absurdas. Él logra que desde lo más sublime a lo más subnormal pueda plasmarse. Y consigue que el espectador se sienta identificado con sus palabras, que uno diga “mirá la barbaridad que dice”. Él consigue eso. Es tan difícil contar las miserias sin que nadie se ofenda, sin que no sea chocante para el espectador. Me cuesta mucho hablar de Gonzalo porque lo conozco desde hace muchos años y sé cómo trabaja su cabeza. Muchas veces me cuenta lo que escribió y me anticipo a lo que me va a decir, sé cómo va a terminar, me pasa eso con Gonzalo. Es muy difícil definirlo porque es un número uno. Y no es fácil hablar de un número uno. No”.

Aunque su currículum registre muchas horas de televisión, no hay que olvidar que, en 2004, Luciano Castro participó de Kavafis. Los tres círculos del exilio, un montaje de Alfredo Arias sobre la poesía del griego Constantino Kavafis que se realizó en el Centro de Experimentación del Teatro Colón, espectáculo en el que la crítica destacaba no solo su physique du rol sino también su manejo de la voz. Tampoco es muy sabido que, por la gestión de Raúl Serrano, su maestro, Castro obtuvo una beca para formarse en la Escuela de Arte Dramático de Madrid.
“Sansón de las islas iba a estrenarse en otra sala, pero Gonzalo me llamó y me dijo: “tengo una buena noticia para contarte, pero no sé cómo te va a caer”. ¿Cómo me va a caer si es una noticia buena? No entendía nada. Ahí me contó que la obra le interesaba al San Martín. Bueno, Gonzalo no sabía cómo me iba caer la noticia por la exigencia que tiene estrenarla acá. Entonces le respondí que “es la primera vez que el San Martín me convoca, y lo hace a través de una obra tuya, porque esta obra, sin mí, no va a ningún lado. Así que… ¡cómo me la voy a perder!” O sea, trabajar en la Casacuberta, en una obra suya, con semejante elenco... ¡a los cincuenta! ¡Trabajo desde los diecisiete! No, no me la pierdo ni loco, aunque después venga la subjetividad.
–Joyce Carol Oates…
–La autora americana que escribe sobre boxeo, sí.
–…cuenta que una vez le preguntaron a Barry McGuigan, campeón mundial irlandés de peso pluma, por qué se hizo boxeador. Y McGuigan le dijo que “no puedo ser poeta, no sé contar historias”. ¿Usted se hizo mejor contador de historias en estos más de treinta años de carrera, o prefiere seguir peleándola?
–No, soy mucho mejor contador de historias. Por eso me animé a hacer un unipersonal, por eso animo a hacer este Sansón, que es historia argentina pura. Es hermosa la frase que dijo, porque es verdad. No por nada uno hace un paralelismo de la vida con el boxeo. El boxeo es como la energía directa de la vida. ¿Cómo dijo? "No puedo escribir poemas...
–“No puedo ser poeta, no sé contar historias”.
–Me recuerda a Sergio Víctor Palma, el campeón del mundo que me entrenaba a mí, cuando estaba preocupado porque no le salía una poesía. Bueno, es eso. Hay gente que no sabe escribir poesía ni cuentos pero se expresa a través del boxeo. El boxeo es literal. En la vida, te pase lo que te pase, te podemos ayudar todos. Pero en el boxeo, aunque sean miles los que te estén mirando, te vas a quedar solo. En el boxeo, cuando te duelen los golpes, podrás ponerte hielo, pero igual te va a doler. Hay un montón de cosas en el boxeo que tienen que ver con la vida.
Después, cuando el ensayo corporiza el texto de Gonzalo Demaría, la figura musculosa de Luciano Castro transforma a su Sansón del catch en un titán poderoso y en un hombre destruido, con esa amplia gama de grises de la que dispone hoy en día y que se propone ampliar hasta el estreno. Pero antes de ponerse manos a la obra, Castro agrega otra cuestión al tema de la poesía. Como en la vida de cualquier persona, en la de Luciano Castro la familia es primordial. Y en su familia hay un poeta, el tío Luciano, el tío de su mamá, el hermano de su abuelo.
–De hecho, guardo todas sus poesías. Le escribía únicamente a los miembros de la familia. Todos sus escritos eran en prosa poética o en rima, y siempre eran a la familia, no le escribía a quienes no conociera. A mí me impresiona. En vida les escribió a sus siete hermanos para cuando estuvieran muertos. Lo descubrí después de que murió. “La puta madre, había un artista en la familia”, me dije. Me impresionó. “¿Qué va a escribir poesía? Que vaya a laburar”. Vio que se decían esas cosas berretas en otros tiempos. El exitismo. ¡Hay que escribir igual, aunque nadie le de bola!
–Evidentemente algo de todo esto heredó.
–Parafraseándolo a McGuigan, no sé escribir poemas, pero me animo a actuar. Actuar es tener un puño enorme. Actuar no es salir a hacer la gracia. Hay un cuento que contar. Y ahí está el trabajo de Emiliano, que machaca y machaca entre escena y escena, porque tiene que haber una carga emotiva para llegar al final que se llega. Créame que, si hace una escena con un poco así de menos, la obra se va al tacho y uno se quiere matar. Uno se da cuenta. Y se dan cuenta los que pasan por la actuación. Eso lo obliga a uno a estar totalmente concentrado. Por eso necesito estrenar ya. Hay un momento en el que ya no sé si estoy bien, si estoy mal, si estoy colocado. Nos falta esa cosa energética que da el público sentado en la platea. Pero bueno, es un proceso inevitable. Nos faltan seis, siete ensayos finales. Esta semana tediosa que tenemos que pasar. No nos queda otra. Y ojalá pueda seguir mostrando cosas distintas que me identifiquen como artista, como actor.
Autor: Carlos Diviesti
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