ENTREVISTA CON DANIEL CASABLANCA, GUADALUPE BERVIH Y ANDRÉS SAHADE

Mozart en clave de clown para toda la familia

El protagonista y los directores de “Amadeo”, el espectáculo inspirado en “La flauta mágica” de Mozart que se presenta en la Sala Casacuberta, repasan su genealogía, cómo abordaron este clásico de la ópera y el proceso creativo de un proyecto en el que confluyen música, teatro y títeres de sombra.

Por Victoria Eandi

 

¿Por qué Mozart? ¿Por qué La flauta mágica? ¡Porque la música es tan linda! Eso responde el personaje de Amadeo (en honor a Wolfgang Amadeus) en la obra que lleva el mismo título, y así contesta quien lo interpreta, Daniel Casablanca, cuando se le pregunta por este proyecto, cuya idea surge precisamente de la obra del gran compositor austriaco, última escenificada en su vida, en 1791.

“Este proyecto tiene como 12 años, está en mi cabeza desde el momento en que pensé que se podía hacer algo para toda la familia con La flauta mágica”, recuerda Casablanca, quien también coescribió el texto con los dos directores del espectáculo, Guadalupe Bervih y Andrés Sahade. “Esta concreción nos tiene muy felices”, afirma Bervih. Y agrega: “A veces los proyectos tienen que ir macerando, los tiempos son ajenos a nosotros; aunque haya deseo y hagamos fuerza para que las cosas pasen, finalmente suceden cuando de algún modo se acomodan. Empezamos a escribir y todo empezó a tomar forma”. 

El espectáculo no es exactamente una puesta de La flauta mágica. La historia principal es la de Amadeo, el sereno de un antiguo teatro que está a punto de ser demolido para convertirse en una torre con un gran estacionamiento. La única forma de salvarlo es montar una obra en tiempo récord. Junto con un cuarteto de músicos “imaginarios”, Amadeo se lanza a la aventura de poner en escena La flauta mágica de Mozart. Pero a medida que avanza el relato, la ópera se vuelve espejo en la vida de los personajes. Es decir que la trama está presente, pero a través de los relatos de Amadeo, que resuenan en los vínculos de los que trabajan en ese teatro. Y lo que más resuena es la conocidísima música de la ópera. Casablanca establece un paralelismo con Carmen de Carlos Saura: “Los personajes empiezan a ensayar esa obra y les sucede lo mismo. ¿Al final, cuál es excusa de cuál?”.

El actor e ideólogo del espectáculo explica también que “la dirección musical de Leo Heras, quien conoce mucho la ópera, ya estaba, fue fundacional. Pablo Grinjot, un amigo pianista cantautor, muy fan de Mozart, también está desde el principio. Grinjot es autor de las letras y pianista, y Heras estuvo a cargo de los arreglos y es el clarinetista. Con Leo hicimos La tempestad y Granadina, ambas en el Complejo; a su vez dirigí a los Cuatro Vientos en Alma de saxofón y él trabajó en el sonido de Continente viril de Los Macocos”. Cabe aclarar, para quien no las conozca, que se trata de dos emblemáticas bandas a las que pertenecen Heras y Casablanca, la primera de vientos, la segunda de teatro. 

En cuanto a la conformación del elenco, Bervih cuenta que “Laura Silva ya estaba en la primera carpeta en 2012. Tiene la destreza del aria de la Reina de la Noche y además maneja muy bien el humor, la comedia. Participó en dos espectáculos en el Cervantes de Los Macocos, que la conocen del Conservatorio. Jorge Maselli trabajó con nosotros en Super Crisol, también de Los Macocos, y colaboró como realizador en nuestra obra Yatencontraré. Como sastre es exquisito, canta precioso y es gracioso; reúne muchos talentos”. “Es muy técnico como actor de musical, propone mucho”, agrega Sahade. Casablanca subraya que en general para el reparto lo que rigió el criterio fue la música de Mozart, que es la gran protagonista: “La idea era que yo fuese el que menos cantase, porque en rigor no soy cantante. En su momento los personajes más jóvenes iban a ser interpretados por Germán Tripel y Flor Otero, que tienen voces fantásticas, pero ya son más adultos para esos roles. La frescura de la edad es importante en este caso. En una audición se presentaron dos chicos que cantan muy bien y son los que quedaron, Valentina Miguez y Juan Cottet. Era un riesgo porque puede haber artistas jóvenes formados en canto, pero no en actuación, aunque en este caso entraron perfectamente en el código”. Sahade también suma otra virtud clave para quien se sume a sus proyectos, “que sean buena gente, el casting te sirve para darte cuenta de eso”. En ese sentido, Bervih señala: “Pensamos en armar compañía, en proyectos de largo aliento”. 

Respecto de los músicos, “fueron propuestos por Leo y Pablo”, explica Casablanca. Y recuerda: “Ahí tenemos una historia muy linda. El violinista es Pedro Heras, hijo de Leo y Paula Requeijo, que se conocieron cuando hicimos La tempestad, a fines de los noventa. Es decir que cuando surge esta idea, Pedro recién tenía 3 años (risas). También me pasa trabajando en el San Martín que me encuentro con hijos de técnicos que aprendieron el oficio de sus padres, y que me vieron de chicos en La tempestad, cuando los traían al Teatro” (más risas). También agrega que “es de una emoción inmensa estar acá: empecé en 1988 con El herrero y el diablo de Juan Carlos Gené, bajo dirección de Francisco Javier, justamente en la misma Casacuberta. Mi último trabajo para el Complejo Teatral fue en 2008 en la temporada de verano en Mar del Plata de Arlequín, servidor de dos patrones de Carlo Goldoni, dirigida por Alicia Zanca. Así que para mí es un retorno a casa; me conmueve mucho hacer en esa sala este personaje que habla de defender el teatro”. Más allá de cualquier coyuntura, Casablanca subraya que “el teatro siempre corre el riesgo de convertirse en un estacionamiento”. Bervih agrega que “justamente en La fabulosa historia de los inolvidables Marrapodi el personaje de Martín Salazar decía que el Teatro de la Ranchería se había convertido en estacionamiento para carruajes, sentando un mal precedente”. Y Sahade destaca que “un proyecto así no se puede hacer en el circuito independiente”. “Por 7.000 pesos un nene puede tener la posibilidad de escuchar música de Mozart dentro de una historia clownesca, un lujazo. Creo en el teatro público que subsidia y protege estos espectáculos”, cierra Casablanca. 

El actor también manifiesta estar feliz circunscribiéndose en el proceso de ensayos a su rol de actor, aunque haya gestado la idea y el texto. Se pone con absoluta confianza en manos de Bervih y Sahade, que a la vez expresan la emoción de estar dirigiendo a su propio maestro en el Teatro San Martín. Desde afuera se aprecia el diálogo fluido y la enorme complicidad entre los tres gracias al tránsito de muchos años y espectáculos juntos. “Tenemos un nombre; compañía Mutua”, declara Casablanca. Este concepto de equipo en el que hay mucha ida y vuelta, escucha y buena predisposición a nuevas propuestas, lo hacen extensivo al resto de los artistas que trabajan con ellos. Sahade recuerda conmovido al que fuera director de Los Macocos, Javier Rama, fallecido en 2008: “Cuando cumplimos 20 años, decía que ‘en grupo podemos hacer mucho más de lo que podemos soñar individualmente’. Es como una filosofía, una apuesta, una manera de concebir el teatro y el arte. Cuando vamos ampliando el grupo, generamos el campo para que crezcan las florcitas, que no sabemos cómo van a ser. Las vamos a cuidar y regar; creemos que van a ir en una dirección, pero no sabemos cómo va a ser el resultado, porque siempre hay apertura para que surjan cosas nuevas”. Así recuerda la incorporación de los titiriteros del Grupo del San Martín al proyecto: “Estamos muy agradecidos con Adelaida Mangani, su directora, por habernos dado la posibilidad de contar con Myrna Cabrera, Eleonora Dafcik y Román Lamas, que están dándolo todo, traen muchas propuestas y confiamos mucho en ellos”. Bervih confiesa: “No teníamos mucha experiencia con títeres; sobre la base de lo que nos mostraban se fue dando, y la puesta engordó con el ingreso de estos tres artistas y el teatro de sombras”. En efecto, son los que le proporcionan al relato de Amadeo el aspecto figurativo, mientras las sombras más abstractas acompañan los cuadros musicales.

 

 

Atraviesa el espectáculo la idea de “teatro como libro”, una expresión que Casablanca opone al “teatro como pantalla”. Tiene que ver con la misma apelación a la imaginación que despierta la lectura. “Hoy los chicos con Tik- Tok y YouTube están acostumbrados a un consumo superficial, mientras en este caso les acercamos un clásico. Mozart compuso La flauta mágica hace 233 años en muy poco tiempo porque necesitaba el dinero, y lo hizo para el ámbito del teatro popular. Se convirtió en un éxito y fue perdurando en el tiempo, por eso es un clásico”. La obra tiene forma de singspiel, un tipo de ópera popular cantada en alemán, en la que se intercalan partes habladas. Se la encargó un empresario teatral, Emanuel Schikaneder, que también estaba atravesando problemas económicos, así que la trama de Amadeo también espeja un aspecto de la vida real que dio lugar a la obra de Mozart, los apuros financieros que aquejan siempre la actividad teatral. Schikaneder era hermano masón del compositor e interpretó el personaje de Papageno en esta historia llena de elementos míticos y maravillosos, y de la cual se dice que ilustra la influencia masónica en su obra. “El número 3 es muy significativo para los masones y está muy presente en toda la obra; por ejemplo, ya cuando arranca, en los tres bemoles de la Obertura”, profundiza en este sentido Casablanca, que además destaca que el objetivo es que la pieza siga conmoviendo a todas las edades. En este sentido expresa: “Para el que el que no la conoce, que se convierta en un primer acercamiento a este clásico para después seguir profundizando, y para el que la conoce, que encuentre los guiños, reconocer y reencontrarse”.

 

 

“Queremos darle vida a un material catalogado como bello y virtuoso, trayéndolo a una historia cercana y accesible. Que uno pueda sentirse identificado con los personajes”, afirma Sahade, que agrega un ingrediente fundamental: “Normalmente, si vas a la ópera, los músicos están en el foso. Acá los tenés en vivo, pero también ahí, al alcance de la mano. Es conmovedor ver cómo se hace la música”. Pero como el espectáculo es muy lúdico y tematiza la imaginación, en la trama los músicos surgen de la imaginación de Amadeo, contagiada al resto de los personajes, en ese anhelo compartido de concretar la puesta de La flauta mágica. Y también como homenaje al teatro y su carácter artesanal. “Hubo un gran desafío en cuanto a lo espacial, trabajar en la zona del pistón. Todo está en la mínima expresión y a partir de ahí se juega con las alturas y los tamaños”, repasa Bervih, quien acuerda con la importancia de alertar los sentidos, mantener la imaginación despierta para abrir otras dimensiones y muchos mundos posibles, un fuerte rasgo que caracteriza este Mozart en clave de clown. “Es genial poder hacer Mozart con risas y emoción. Este es un Mozart sensible, corrido de la solemnidad con la que a veces lo tiñe la lírica”, concluye Casablanca. 

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