NUMANCIA, ENTRE LA GLORIA Y EL HAMBRE
A propósito de la presentación de la gran tragedia cervantina en el Teatro San Martín, un reflejo sobre la presencia de la Historia en un suelo que no olvida la herencia del sacrificio.
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El Duero atraviesa el noroeste de Garray (nombre que puede provenir del euskera garai, altura, o de carrahae, un término medieval que significa “tierra quemada”) que se sitúa, como el resto de Soria, entre los cerros del Castillo y del Mirón. Al decir de Manuel Machado, aún hoy el ciego sol se estrella en la terrible estepa castellana, aunque los tiempos hayan hecho más amable la vida en el lugar, y los siglos hayan glorificado a Castilla por este idioma nuestro derivado del latín vulgar y por haber sido la tierra artífice del descubrimiento del Nuevo Mundo. Pero hablábamos de Garray, un pequeño enclave municipal en tierra soriana, que al día de hoy cuenta con setecientas noventa y tres almas que habitan su suelo, siendo la franja de los cuarenta a los cuarenta y nueve años la más numerosa (según datos de 2025, treinta y tres de esas almas nacieron en América). Garray se eleva a mil treinta y un metros sobre el nivel del mar, tiene un frontón municipal para pelotaris, un campo de fútbol en la carretera con Tordesillas, una piscina para adultos y otra para niños, dos pistas de tenis, una pista deportiva, una cuadra hípica y la posibilidad de practicar piragüismo en sus espejos de agua. También tiene un puente construido en el siglo XVI con dieciséis arcos ojivales, pieza fundamental de la Cañada Real Soriana, y no cuenta con platos típicos locales, aunque en Garray se pueda disfrutar de la típica comida castellana como el cochinillo, la sopa de ajo, los quesos manchegos o los embutidos ibéricos.
También de Garray es el Cerro de la Muela, un pequeño montículo en el margen izquierdo del río Guadiana donde confluyen los caminos del sistema ibérico que comunican los valles del Ebro con el Alto Duero. En los alrededores del cerro se encontraron restos de ocupación humana que datan de la Edad del Bronce (por ejemplo, elementos cortantes como hachas, cinceles, puntas de jabalina). Tal vez hayan sido pequeños grupos nucleados en torno a una zanja que delimitaría y protegería a la población, que con el tiempo se asentó en un bosque abierto de rebollos, quejigos y sabinares donde criaban ovejas, cabras, toros o caballos que quedaban a merced de ciertos animales salvajes como linces, osos o lobos. Estos pueblos tuvieron como prosapia original a los antiguos celtas indoeuropeos, y que por ocupar la península ibérica recibieron la denominación de celtibéricos. También se los llamó vetones, un etnónimo que puede significar o bien guerreros, tal vez saqueadores, u ora viajeros. Dominados en principio por los antiguos pelendones, desplazados luego por los arévacos, y finalmente dominados por los romanos, a estos pueblos, hasta el día de hoy, se los glorificó bajo la denominación de pueblos numantinos.

Entonces ahora es tiempo de que hablemos del Imperio Romano, que después de la Segunda Guerra Púnica y la conquista de Cartago estaba ávido de botín. Eran épocas en las que la civilización florecía cuando se encontraban literalmente los caminos para ensanchar el horizonte, donde no se ponía en duda el resultado del sometimiento, y durante las cuales las guerras se dirimían con veinte mil cuerpos armados, trescientos jinetes y diez elefantes. Así, en la fortaleza de Numancia (a la que etimológica se la asocia con las voces celtas numa, pasto, y ancia, amplio, o al acrónimo Num-An-Tia que en la antigua escritura ibérica podría significar “diosa de tantas formas nombrada”), los romanos encontraron frustrado su camino al Atlántico por la resistencia opuesta por los pueblos celtibéricos, y en el 134 a.C. Escipión Emiliano cercó Numancia rodeándola de nueve fuertes conectados por una muralla de tres metros de alto y dos de ancho para evitar el acceso a la fortaleza y de ese modo rendirla por hambre. La resistencia de los numantinos fue alta pero infructuosa: ante la imposibilidad de conseguir alimento, los numantinos se alimentaron con los cadáveres de sus muertos, y prefiriendo la propia muerte a la deshonra antes que convertirse en bestias salvajes o en esclavos serviles, los numantinos optaron por el suicidio colectivo. Y Escipión Emiliano no pudo coronar un triunfo para el Imperio.
Lógicamente fue una gesta trágica del heroísmo colectivo, que quedó afincada a esa tierra castellana para siempre. Hoy en la vieja Numancia está emplazado el municipio de Garray al que hacíamos referencia al comienzo, y en Garray hay un Aula Arqueológica donde revive el cerco de Numancia y no deja de educar con su ejemplo a los sucesivos contemporáneos. Pero fue Miguel de Cervantes quien transformó la gesta en identidad. Con La Numancia, en 1585, Cervantes contrapuso la España gloriosa e imperial a la España atávica que luchaba por mantenerse unida. Esa España que después volvió al aislamiento y al oscurantismo, a la tierra yerma y la angurria, a la negación y al silencio, pero cuyo Siglo de Oro dejó versos que habrán de reverberar su gloria a través de la Historia. No son solo versos de belleza poética sino de profundo conocimiento y reflexión acerca de la tierra y sus hombres. No por nada La Numancia es la gran tragedia clásica española: leamos estos versos que el Hambre pregona en un momento álgido del relato para comprender mejor qué significa la libertad de un pueblo.
Volved los ojos, y veréis ardiendo
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| marcosGpunto |
Numancia, de Miguel de Cervantes, en versión y con dirección de José Luis Alonso de Santos, subirá a escena en la Sala Casacuberta del Teatro San Martín los días miércoles 8, jueves 9, viernes 10 y sábado 11 de abril a las 20.30 horas, y el domingo 12 a las 19.30 horas.
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