Poema trágico sobre el dolor y el desamparo
Natalia Villamil, autora y directora, y Belén Blanco, protagonista, dialogan sobre la creación de un unipersonal desgarrador, que exhibe el desamparo y la violencia de una mujer frente a la decisión que cambiará su vida para siempre.
¿Qué hice yo, con ese cuerpo raro que no era mío? Salí del baño. Cerré la puerta fuerte y saltaron los vidrios de la ventana de atrás. Fui a la pieza de Mari, agarré una aguja de tejer, la calenté en la cocina hasta que se tiñó toda de negra. Y solo quise clavarla en la tierra húmeda y colorada. Revolver y revolver. Bien despacio y bien fuerte. Revolver y escarbar hasta encontrar el bicho. Revolver, escarbar, encontrarlo como un montecito asomando y después pincharlo para que todo terminara de una vez…
… desde ese día, todo fue como un agujero que dejó mi vida partida en dos.
Desgarradora, de una belleza lírica que sorprende y conmueve, Clandestina es la pieza de Natalia Villamil que se estrena en la Sala Cunill Cabanellas protagonizada por Belén Blanco. Un poema trágico en forma de largo monólogo que describe con crudeza un fragmento de vida signada por el dolor y la pérdida, en un paisaje rural desolador, una tierra amarga que devora a sus criaturas.
Desprendimiento escénico de Malnacidos, el debut en la novela de la propia Villamil, la pieza hace foco en uno de sus personajes principales, Marta, que queda embarazada por una relación no consentida y aborta de manera clandestina con unas agujas de tejer y la ayuda de una curandera.
Oriunda de Lobos, en la provincia de Buenos Aires, los espacios rurales son una constante en los textos de Villamil, así como el abordaje de temas vinculados con el género y la elección del monólogo como forma dramática. “Me siento atraída por el universo rural, el campo, la vida en los bordes”, confiesa. “Me gusta explorar los márgenes, aquellas voces no visitadas. El aborto clandestino, la maternidad, las mujeres en el campo. Son temas que, de alguna forma, están presentes en mi teatro. Me interesa ir a esos espacios para darles una vuelta más, para buscar su particularidad”.

Para Belén Blanco, la protagonista de Clandestina, “el de la vida en el campo es un mundo que me toca porque también vengo de un pueblo. Pero más allá de lo geográfico, lo que me llegó profundamente fue la escritura. Hay materiales que incitan los sentidos y producen un efecto de inevitabilidad, de no poder no hacerlo. Clandestina es un material repleto de sensaciones, de silencios y climas para trabajar”.
En cuanto a lo formal, Villamil afirma que su predilección por el unipersonal no tiene, al menos de forma consciente, explicación alguna: “En el caso de mi carrera, los monólogos han sucedido un poco sin querer. Generalmente, parto de un tema del que quiero hablar y, en muchos casos, se me ocurre formularlo a partir de una única voz. Si bien hice obras de varios personajes, tengo una facilidad para los monólogos”.
“Pienso que el trabajo del actor es fundamentalmente entrar en el universo del autor y el director”, asegura Belén Blanco. “Eso lo he aprendido con el tiempo. Necesito entender cómo mira el autor o el director para ingresar en su planteo. Porque si voy a hacer lo que se me ocurre en mi casa, me aburro. Me parece que el actor tiene que poder entrar en el ojo del director, no para someterse, sino para entender qué es lo que quiere contar. Después, uno empieza su propio juego, la creación personal, por supuesto. Pero siempre te lleva hacia lo que él quiere contar, lo que ve o siente. Por eso es tan necesaria la empatía con el director. Y lo peor que puede pasarte es no sentir la conexión. Si pasa eso, mejor abandonar.”

La directora cuenta que antes de comenzar con el proceso de ensayos trabajó mucho con la actriz en la adaptación del texto: “Belén había leído la novela y le gustó mucho. Entonces leímos bastante la adaptación teatral entre las dos y acepté muchos cambios. Desde el principio sabía que, al tratarse de un texto proveniente de la literatura, iba a resultar demasiado narrativo, si bien cuando presenté la novela me dijeron que era muy teatral. Pero sé que mis materiales escénicos son muy narrativos, sobre todo en la construcción de monólogos. Y era consciente de que tenía que ajustarse para poder ser habitado, más allá de que Belén siempre salva todas las limitaciones que pueda tener el texto”.
“Al principio, nos debatíamos si el personaje debía quedar inmóvil en el espacio y que así se fuera desplegando el relato”, continua Villamil. “Pero Belén tiene una cosa muy física, muy corporal, por lo que resultaba difícil. Logramos un equilibrio entre una parte del relato en la que permanece sentada y otras con movimientos que son muy de ella, producto del ensayo, y que no son específicamente representativos. No son de danza, porque no lo son, pero parecen como corridos de lo que se está diciendo, desde un lugar muy personal, muy singular. En la medida en que fue entrando en la lógica del personaje, en su inconsciente, en su emocionalidad, por momentos se la ve con una fragilidad muy emotiva y en otros con una potencia física desbordante”.

La actriz admite por su parte que fueron meses muy intensos para la construcción del monólogo y, aunque pensó varias veces en renunciar por las frustraciones que le provocaba no encontrar las respuestas a sus propias preguntas, siente que obras como Clandestina son las que más la conectan con su sensibilidad. “¿Qué fue lo más difícil? Todo, todo me costó”, admite ahora cuando ya terminó el proceso de ensayos. “Siendo actriz trabajo para que suceda, para que Marta pueda hablar, contar su historia y decir toda su verdad. Y que su historia pueda abrir una conciencia, una sensibilidad”.
Sin embargo, aunque los ensayos terminaron y la pieza ya está montada y a punto de estrenarse, para Belén Blanco el trabajo está lejos de haberse completado: “nunca está terminado para mí el proceso de preparación de un personaje. Creo que como actriz busco no darle todo consumado al espectador. Hay directores que no coinciden, pero me parece interesante que algunas cosas se vayan armando, de diferentes formas, con el transcurrir de las funciones, que el personaje vaya cambiando, porque está vivo”.
La directora concuerda: “muchas veces con la asistente tratamos de entender y la puesta nos sigue generando esa cosa enigmática, por lo inacabado. Pienso que es inconsciente. Creo mucho en eso, en la proyección inconsciente desde todos los lugares. Por eso, cuando trabajás con una actriz que ya tiene todo resuelto, termina siendo un embole, porque ya está, ya lo viste…”
“Por otro lado, hay como una franja entre la actuación y la dirección, un espacio que es como en el “entre”, completa Villamil. “Una está de este lado, la otra entre las luces, y en el medio pasan cosas. Yo lo llamo transferencia, tal vez por ser psicóloga. Hay algo en el medio que se da o no se da. Y trabajamos mucho en eso. Hasta que en un momento se empezó a armar un código y un sendero para poder transitar juntas. Al final, cuando bajamos a la sala, se terminó de armar, porque con la escenografía y el vestuario hizo como un nuevo salto del personaje. Belén, por su personalidad y su forma de trabajar, va surfeando al personaje y, en sus propios descubrimientos, provoca nuevas sensaciones. Yo la incentivo a que juegue con eso que le pasa entre medio de la actriz y el personaje, acompaño esa cosa no acabada, porque el teatro es eso”.

Con una extensa trayectoria en cine, teatro y televisión, Belén Blanco es una de las actrices más destacadas de su generación. Formada con maestros como Agustín Alezzo, Cristina Banegas, Carlos Gandolfo, Augusto Fernandes y Ricardo Bartís, debutó en el Teatro San Martín con una elogiada participación en Los invertidos de José González Castillo, dirigida por Alberto Ure. En el cine llamó la atención con su protagónico en El caso María Soledad de Héctor Olivera y en el film de culto Picado fino de Esteban Sapir, para luego filmar a las órdenes de cineastas como Luis Puenzo, Alejandro Doria, Diego Lerman, Adrián Caetano y Fernando Spiner. Ya consagrada, la televisión la tuvo como figura en series de mucho éxito como Tumberos, Disputas, Mujeres asesinas, Vulnerables y El puntero. En teatro, se destacó en producciones como Roberto Zucco de Bernard-Marie Koltés (Dirección: Daniel Fanego, Teatro Callejón, 1994), Don Juan de Molière (Dirección: Alberto Ure, Teatro Alvear, 1997) y A propósito de la duda de Patricia Zangaro (Dirección: Daniel Fanego y Erika Halvorsen, Centro Cultural Recoleta, 2000). Por estos trabajos cosechó nominaciones y premios como el Martín Fierro, ACE, Florencio Sánchez, Trinidad Guevara, Sur y Arte Vivo, además de participar en los más prestigiosos teatros y festivales internacionales. En los escenarios del Teatro San Martín ha mantenido una contante presencia desde la mencionada Los invertidos que continuó en puestas como Trescientos millones de Roberto Arlt (Dirección: José María Paolantonio, 1992), Los murmullos de Luis Cano (Dirección: Emilio García Wehbi, 2002), Querido Ibsen, soy Nora de Griselda Gambaro (Dirección: Silvio Lang, 2013), El jardín de los cerezos de Antón Chéjov (Helena Tritek, 2014), La señorita Julia de August Strindberg (Dirección: Cristina Banegas, 2016), Las amargas lágrimas de Petra von Kant de Rainer Werner Fassbinder (Leonor Manso, 2018) y Hamlet de William Shakespeare (Rubén Szuchmacher, 2019). Más allá de la actuación, Belén Blanco viene desarrollando también una productiva tarea como realizadora desde su debut con el cortometraje Nade de 2007, con el que participó en el Festival de Berlín.
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