SOBRE TERRITORIOS Y CONQUISTAS
Además de bucear en su historia personal y la de sus antepasados para (re)crear su pasado a través de escenas que conjugan ironía, humor y poesía visual, en la experiencia escénica que estrena en el Teatro Sarmiento Martín Flores Cárdenas invita a reflexionar sobre los propios límites del teatro.
Fotos: Carlos Furman
Si bien el último trabajo de Martín Flores Cárdenas, creado para el Teatro Sarmiento, es pariente de sus espectáculos estrenados en Casa Teatro Estudio, sala y obras que él ha definido, en ocasiones, como extensiones del yo, también podría vincularse con sus primeras producciones, como Catedral. Por el tipo de atmósfera, por esa suspensión del tiempo, por la paciencia a la que invita, por ese “modo slow” que lleva al espectador a entrar en otro estado, distinto al de la vida cotidiana.
El mismo autor y director está en escena en Al Oeste, explicitando su rol de demiurgo, de generador de ficción, una ficción que es mezcla de historias, reflexiones, testimonios. A través de su instrumento, el dramaturgo escribe en escena y, desde la página en blanco (y un escenario blanco), lanza a la vida y a la acción a un personaje, interpretado por Pablo Ragoni. Los espectadores asisten a sus oscilaciones creativas, Flores Cárdenas va y viene en las decisiones de escritura, y en ese vaivén se mueve también el actor-personaje en una tónica de improvisación y espontaneidad, un poco a la manera de los personajes de Más extraño que la ficción (Stranger than Fiction) el film de Marc Forster protagonizado por Will Ferrell en el cual la vida aburrida de un funcionario cambia por completo cuando empieza a escuchar en su cabeza la voz de una famosa escritora que va narrando su vida a medida que sucede, y a la que debe encontrar porque ella es conocida por matar a sus personajes.
Hay más instrumentos, propiamente musicales, que se convierten a su vez en otros, disparadores concretos y metafóricos.

En esa escritura surgen sueños, que se intentan reconstruir en escena. Los sueños llevan a una historia personal del director que a su vez lleva al testimonio de un acontecimiento social; y ese testimonio tiene ramificaciones hacia su historia familiar, así como otras derivaciones poéticas que se extienden al cine, en particular el western. Éste es un género que tuvo una influencia especial en la decisión de Flores Cárdenas de dedicarse a crear ficciones. Su padre, cuyo pasado es un misterio (y de esa épica también habla Al Oeste), era amante de los westerns, más puntualmente de los films de Sergio Leone, y más todavía de las bandas sonoras de Ennio Morricone, fuente de inspiración para la música de la obra. Cuando los veía de chico, Flores Cárdenas no los entendía del todo, pero le generaban fascinación, y ese tiempo lento de los westerns, así como el de la narrativa realista norteamericana de escritores como Raymond Carver o John Cheever, fueron clave en el abordaje creativo a lo largo de su trayectoria.
En el texto que escribió para la obra, el autor insiste en que “Al Oeste no es una obra. ¿Pero es él acaso el único que puede determinar eso? Si todo relato es ficción, ¿qué pasa con aquello que no podemos contar o nombrar? ¿Qué hay de eso que no podemos definir pero que también nos vuelve quienes somos?”.

Al Oeste, además de bucear en la historia personal del autor, en sus antepasados para (re)crear su pasado, de llevar teatralidad a la narración y narración a la teatralidad en escenas que conjugan ironía, humor y poesía visual, sonora y física, invita a la reflexión sobre los propios límites del teatro, sobre las clasificaciones en las artes escénicas. ¿Es Al Oeste una pieza teatral? ¿Una performance? ¿Una instalación teatral? ¿Es teatro leído? ¿Es lectura teatralizada? Esas preguntas y tantas otras dispara el espectáculo, que por lo pronto podría ser un exponente de la categoría de lo posdramático, un término utilizado por el crítico alemán Hans-Thies Lehmann para referirse al “nuevo teatro”, un teatro que ya no parte del clásico “texto dramático”, previo a la puesta en escena. En este caso ese texto dramático (que se escribe en capítulos más que en actos) se va desplegando en el mismo escenario y, si bien es el generador de la acción, se pone tan en evidencia, concentra tanta atención, que se pone al servicio de la discusión y de la reflexión sobre su naturaleza y existencia.
Entre los ejemplos de teatro posdramático se encuentra, desde ya, la performance, que Lehmann caracteriza como “teatro conceptual”, aquel que no ofrece una representación, sino una experiencia inmediata de lo real (en tiempo, espacio y cuerpo), y que tiene entre sus manifestaciones la autopresentación del artista. En Al Oeste hay, en efecto, presentación directa del autor y director. A riesgo de mostrarse narcisista, explicita en un largo monólogo que la obra gira en torno a él, que él está hasta en sus más mínimos detalles, en todos sus intersticios, en cada coma y en cada punto. Flores Cárdenas expone sus dificultades, su proceso creativo, sus “momentos privados” y el espectador todo el tiempo se pregunta qué es real y qué no. Porque a su vez despliega un texto, un relato, hay un salto a la ficción. Emergen personajes, pero también hay performers; la obra circula y se resiste a las categorías.
Entre otras cosas, el western gira en torno al establecimiento de fronteras; es un drama sobre la conquista y el territorio, y sobre territorios y conquistas de distinta índole también habla Al Oeste. El conflicto del western se traslada a nuestra geografía, pero también, en otro nivel, a las distintas conquistas y territorios creativos. Pero el espectáculo no permanece en uno; todo el tiempo se escapa de uno para probar otro; siempre un poco más “al oeste”, se escabulle. Ahí radica, quizás, su esencia y su sorpresa.
Autor: Victoria Eandi
+ info de AL OESTE: CAPÍTULOS I Y II