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TRANS—PLANTAR: LA RECETA DE TIRSO

Por Gonzalo Demaría

Tirso de Molina es una curiosidad dentro del teatro de su tiempo. Siendo cura, se especializó en el travestismo en sus comedias de enredos. Particularmente en la mujer disfrazada de hombre. Cierto: no es invento suyo este recurso, que tiene larga tradición literaria. El gran mérito de Tirso fue explotar la técnica hasta lo inverosímil, casi hasta un surrealismo avant la lettre (pienso en Las tetas de Tiresias, de Apollinaire, tres siglos posterior). Sobre todo, el pícaro sacerdote logró el milagro de zafar de la Inquisición. El temible tribunal no llegó a procesar a Tirso, quien asumió para el teatro este seudónimo (se llamaba Gabriel Téllez) con el fin de ocultar su condición de fraile mercedario. Pero el visitador de su orden lo desterró de Madrid, presumiblemente por escribir “letras satíricas”.
En Don Gil de las calzas verdes (1615), una de sus obras más famosas, Tirso multiplica los cambios de sexo y de identidades hasta la proeza, desborde que tiene tanto de disparate como de severamente barroco. Cuando se pensaba que ya no se podía apretar más la tuerca, hete aquí que Pablo Maritano me viene con esta propuesta de una reinterpretación de la obra donde los sexos de los personajes verdaderamente se intercambien y, en otro juego de espejos barroco, sus intérpretes no se elijan con el criterio de un casting convencional. Así inicié un año de trabajo que creció desde tímidos recortes y simplificación sintáctica a una verdadera rescritura verso a verso del original tirsiano, incluyendo las novedades de un prólogo, dos intermedios y un final distinto. Esto nos llevó a titular la criatura Siglo de Oro trans, porque nos pareció deshonesto atribuirle a Tirso nuevas barbaridades. La trama, desde luego, es la original, igual que los personajes (mayormente los mismos) y algunos versos, así como cierta gracia muy suya que campea todo a lo largo de esta versión libérrima. 
Para los conservadores y puristas que se indignan con este tipo de manipulaciones irrespetuosas (lo son, a dios gracias) hay que aclarar que el propio Tirso y todo el teatro barroco son una reescritura sin fin: de originales italianos, de anónimas comedias de carromato, parodias de dramas tradicionales y demás. Pensemos que otra de las obras célebres de Tirso, El Burlador de Sevilla, ni siquiera tiene autor seguro, sino –posiblemente– dos, basados a su vez en el relato de un tercero. Esta obra, como se sabe, se recicló en una de Molière (Don Juan), en la ópera de Mozart-Da Ponte (Don Giovanni) y en infinitas producciones, todas “originales”.
Otra cuestión importante es destacar cuánto de Don Gil/Doña Juana tenemos los argentinos. El primer habitante español (léase europeo, léase “blanco”) del Río de la Plata es la mítica Pancha revelada por Diego Recalde en un documental reciente, La trans de la patria. Se trata de Francisco del Puerto, grumete de la expedición de Solís, el descubridor de nuestras playas en 1516. Mientras que Solís fue comido por los aborígenes, al jovencito Francisco se le perdonó la vida y aún se lo integró a la tribu. A tal punto llegó esta indianización de Francisco que no quiso regresar a España cuando se lo propuso una expedición más de diez años posterior (la de Gaboto), llegando incluso a traicionar a sus compatriotas para que cayeran en la trampa de los nativos. El cineasta Recalde no es el único en proponer que el adolescente fue confundido con una mujer y por eso se salvó de ser comido: el gran Juan José Saer lo poetizó en su novela El entenado. Si esta hipótesis fuera cierta, el primer habitante europeo del actual territorio argentino fue una travesti. 
Ya creado el Virreinato del Río de la Plata, su capital fue escenario de un caso que hubiera encantado a Tirso. Se trata de María Leocadia de Ita, alias Antonio, una mujer española nacida en Colmenar de Oreja (cerca de Madrid), de donde salió expulsada por enamorar a las monjas del convento donde se educaba. Ya con su identidad masculina embarcó en Málaga y así llegó al Buenos Aires del virrey Arredondo, hacia 1793. Tenía unos 20 años. Aquí en nuestra ciudad consiguió trabajo como paje del obispo Azamor, en cuya casa vivió a todo trapo hasta que el obispo murió. Como en la dupla Doña Juan/Don Gil de Tirso, María Leocadia/Antonio prosiguió su viaje, esta vez hacia Potosí (Bolivia), donde se casó con una tal Martina Bibas. Cuando la esposa descubrió su historia, el cónyuge terminó en prisión. 
De los grandes dramaturgos del Siglo de Oro español, Tirso es el único que estuvo en América. Meses después de estrenar su Don Gil, en abril de 1616, el cura y autor embarcó en misión con otros de su orden rumbo a la isla La Española, actual Santo Domingo. Allí vivirá Tirso un par de años. No sabemos mucho de su vida americana, pero este encuentro con el otro, el indiano, el diferente, tiene que haber impresionado al cultor del travestismo áureo. No por nada en Los Cigarrales de Toledo escribió su profesión de fe: 

 

Los árboles, para ser de más utilidad, han de ser 
transplantados (…). Los hombres, mientras se 
contentan con la avara herencia de sus patrias, 
viven tan pobres de experiencias que apenas 
merecen el nombre de tales. 

 

Esta reescritura irreverente de Don Gil de las calzas verdes, este Siglo de Oro trans, es, creo, un trans—plante criollo y revitalizador del viejo árbol hispano. 

 

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