Un ritual que desafía al tiempo y une generaciones
Bajo la inmortal lona de la imaginación y con el eco de los aplausos de tres generaciones, vuelve una vez más El Gran Circo, hijo pródigo del Grupo de Titiriteros. El clásico más perdurable de la escena porteña desembarca esta vez en Mataderos para una nueva celebración de la magia titiritera y la identidad teatral argentina.
Fotos: Carlos Furman
El ritual se renueva y en la lona imaginaria ellos vuelven a ensayar sus proezas. Allí están, nuevamente, el tony Totó y su perrita Violeta, el mago Merlino el Magnífico, Jack Doscientos Kilos, el Domador y sus Leones Amaestrados, las Avestruces Gigantes y los artistas de la familia Scottoni-Cañete, el valiente Goletto con su fantástico vuelo –sin dudas, uno de los preferidos por el público– y el inefable Maese Trujamán de los Caminos, director de la compañía y su presentador, encargado de abrir y cerrar el espectáculo, junto con toda la troupe de animales, acróbatas y payasos que integran el elenco de El Gran Circo de Ariel Bufano.
Mientras que algunos de sus primeros espectadores han envejecido irremediablemente, ellos, los títeres, se ven como siempre. O mejor aún, gracias al trabajo amoroso de artistas artesanos que los han remozado, una y otra vez, a través de los años.

Por lo demás, nada ha cambiado: El Gran Circo sigue provocando en chicos y grandes el mismo asombro, la misma alegría, la misma fascinación desde hace más de cuarenta años. Cada nueva función deviene en una reiterada ceremonia de iniciación, la misma que ha marcado a varias generaciones de espectadores. Una verdadera fiesta de juego y complicidad con el público que es mucho más que una obra de títeres: El Gran Circo, emblema de la institución, es un fenómeno de masas que ha desafiado al tiempo, convirtiéndose en el espectáculo más perdurable, no sólo del Grupo de Titiriteros, sino de toda la historia de la escena porteña.
¿Cuáles son los motivos del permanente triunfo de este espectáculo del Grupo de Titiriteros que –desde aquel 12 de marzo de 1983, cuando el maestro Ariel Bufano al frente del Grupo de Titiriteros fundado por él junto con Adelaida Mangani, lo estrenó en la Sala Martín Coronado del Teatro San Martín–, no ha dejado de reponerse, convirtiéndose en un verdadero clásico del teatro argentino que ya ha superado las 600 funciones y los 300 mil espectadores?
Espejo de la vida, fenómeno para el asombro y la fascinación, el circo se mueve en los bordes entre el arte y el entretenimiento. Es un espacio sin tiempo: la carpa y la lona aíslan por completo al espectador del mundo exterior, para crear una burbuja temporal donde todo es posible.

En el caso de los títeres, para Adelaida Mangani, actual directora artística del Grupo, una de las claves del éxito se debe a que, a diferencia de otros espectáculos, en El Gran Circo se muestra constantemente cómo se realizan los trucos: “la complicidad del público como un juego compartido y la transparencia técnica generan un hechizo especial y un interés genuino, tanto en niños como en adultos, quienes se sienten partícipes del artificio titiritero”, ha dicho Adelaida.
Por su parte, Bufano contaba que El gran circo criollo "nació a partir de inquietudes propias, que coincidieron con las de la dirección del Teatro, en relación con la búsqueda de nuestras raíces teatrales. Queríamos hacer una reconstrucción no arqueológica y rendir un homenaje al circo criollo que dio origen al teatro nacional. Tomamos la misma estructura de ese circo, llamado popularmente circo de primera y segunda parte”. La propuesta buscaba recuperar la mística de los pioneros, como los Hermanos Podestá y el payaso Pepino el 88, bajo un lenguaje titiritero que permitiera al público reencontrarse con su propia historia teatral.
Para el recordado maestro titiritero, en esa búsqueda de identidad, en el homenaje a los pioneros de nuestra escena, junto con la excelencia técnica de la propuesta, se encontraban los méritos de la obra, un suceso de público que los obligaba a reponerla constantemente. Al tal punto que el propio Bufano desarrolló una visión irónica y afectuosa sobre su impacto, definiendo a su creación como “una especie de maldición de la que estamos absolutamente orgullosos y agradecidos”, porque a pesar de estrenar nuevas obras, el público volvía a pedirnos la reposición del Circo.

Claro que las salas colmadas, el prestigio y la admiración que cosechó El Gran Circo Criollo no se limitó al escenario del Teatro San Martín. A poco de estrenar, el espectáculo tuvo una extensa trayectoria internacional: viajó al Festival de Teatro de las Naciones de Nancy, en Francia, se presentó en el Alabame Hall de Múnich e hizo temporada en el emblemático Teatro Lara de Madrid. Además, participó en el celebrado Festival de las Américas de Montreal, ofreció funciones especiales coordinadas por la Secretaría de Bellas Artes de Puerto Rico, se lució en el Festival Internacional de Campinas, en Brasil, y realizó funciones a sala llena en México y Uruguay.
La primera versión del espectáculo, titulada El gran circo criollo, se caracterizó por adoptar fielmente la estructura del circo criollo de finales del siglo XIX, dividiéndose en dos partes claramente diferenciadas: la primera consistía en un desfile de números circenses tradicionales realizados con títeres, que incluía la participación de animales, acróbatas y payasos. Y la segunda estaba dedicada a la representación de un drama gauchesco titulado Vida, padecimiento y gloria del gaucho Santos Morales, inspirado claramente en el célebre Juan Moreira de Eduardo Gutiérrez.

Esta versión se mantuvo hasta la muerte de su creador, Ariel Bufano, en 1992, cuando la directora Adelaida Mangani decidió acortar el título a El Gran Circo y eliminar la segunda parte –el drama gauchesco–, reduciendo la duración a los 70 minutos actuales, para centrarse exclusivamente en la magia de los números de pista.
Mangani también ha señalado que la obra se convirtió en una especie de ritual, por lo que los niños que se convirtieron en padres y los padres en abuelos, llevan a las nuevas generaciones a ver el espectáculo, manteniendo esa saludable tradición y agigantando la leyenda a través de los años.
Por eso, la despedida de Maese Trujamán mantiene su renovada promesa:
“Adiós, querido público, hasta la próxima función. Porque El Gran Circo, querido público, siempre vuelve”.
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