UNA DE LAS PIEZAS DE MAYOR REPERCUSIÓN DE LA NUEVA DRAMATURGIA ESPAÑOLA, SEGÚN SU AUTOR

Un triste mandato de esperanza

Inspirada en la vida de Rafael Rodríguez Rapún, secretario de La Barraca y compañero de Federico García Lorca en los últimos años de sus vidas, La piedra oscura es una pieza vibrante sobre la memoria como espacio de justicia y sobre la necesidad de redención. En estas líneas reproducimos una entrevista con su autor, el español Alberto Conejero, una de las voces que vienen dando que hablar en la reciente escena española.

Carlos Furman

Una habitación de un hospital militar. Dos hombres que no se conocen están obligados a compartir las horas terribles de una cuenta hacia atrás que, quizás, termine al amanecer con la muerte de uno de ellos. Hay un secreto envuelto en remordimientos y un nombre que resuena en las paredes de la habitación: Federico. Queda tan solo la custodia de unos documentos y manuscritos como último gesto de amor. 

“Esta obra está inspirada libremente en la figura de Rafael Rodríguez Rapún, estudiante de minas, secretario del teatro universitario La Barraca y compañero de Federico García Lorca en los últimos años de sus vidas”, aclara Alberto Conejero, una de las voces más interesantes de la dramaturgia española en la actualidad, autor de esta pieza que se estrena en la sala Cunill Cabanellas del San Martín. “Rapún murió un 18 de agosto de 1937 –justo un año después de Federico– en un Hospital Militar de Santander. Le habían herido antes en el transcurso de un ataque aéreo cerca de Bárcena de Pie de Concha. Por lo tanto, el encuentro del que se ocupa mi obra es ficción. Sin embargo, el resto de las informaciones, datos, nombres, sucesos, son el resultado de la investigación que desarrollé durante los últimos años”.

La piedra oscura era asimismo el título, y prácticamente lo único que queda, de la obra que Lorca estaba apenas empezando cuando fue asesinado en 1936. Además de que en ella pensaba tratar el tema del amor homosexual, poco se sabe de este texto condenado a perderse en todos los sentidos. 

Desde este punto de vista, la pieza de Conejero –autor que empezó a ser reconocido a partir de Clift (Acantilado) en 2010—, plantea desde su título una recuperación de aquello malogrado por un pasado arbitrario y criminal. Y reflexiona sobre la memoria como espacio de justicia y la necesidad de redención.

Nacido en Vilches, Jaén, en la comunidad autónoma de Andalucía en 1978, Conejero es dramaturgo y poeta. De su obra teatral —muy reconocida y premiada— destacan En mitad de tanto fuego (2024), El mar: visión de unos niños que no lo han visto nunca (2022), La geometría del trigo (2019), Los días de la nieve (2017), Todas las noches de un día (2018), Ushuaia (2013-2022), y la mencionada Cliff (acantilado) –estrenada en Buenos Aires en la sala El Extranjero en 2012 con dirección de Alejandro Tantanian–. Conejero fue también responsable de diversas dramaturgias y reescrituras: Medea (Teatre Lliure), Electra (Ballet Nacional de España y Teatro de la Zarzuela, 2017), Fuenteovejuna (Compañía Nacional de Teatro Clásico, 2017), Troyanas (Festival de Teatro Clásico de Mérida, 2017), entre otras. Además, en 2020 publicó En esta casa, su segundo poemario tras Si descubres un incendio (2017). La piedra oscura se estrenó en 2015 en la Sala de la Princesa del Teatro María Guerrero, Centro Dramático Nacional, con dirección del argentino Pablo Messiez. 

—¿Cómo surgió la idea de la obra?
—Es difícil señalar el momento exacto. Imagino que todos los escritores volvemos una y otra vez a un puñado de temas, de obsesiones y que, en cierto modo, éstas van tomando sucesivas formas concretas. En el caso de La piedra oscura, la raíz más profunda de la obra puede encontrarse en la importancia que la obra y figura de Federico García Lorca tiene para mí. En este caso, había leído que parte de los Sonetos del amor oscuro estaban dedicados a Rafael Rodríguez Rapún, un joven estudiante de Minas y secretario de la Barraca. Buscando más sobre Rafael encontré que su vida apenas ocupaba un par de páginas en las biografías más importante de García Lorca. Y, poco a poco, me fui obsesionando con saber quién fue realmente aquel joven del que sólo se decía que había muerto justo un año después que Federico. Y de pronto la figura de Rafael apareció como el emblema cercenado de lo que significaron los intentos de progreso cultural y educativo de la Segunda República. Y, ante todo, que me permitía formular algunas preguntas que me inquietan sobre nuestro presente como sociedad, sobre los débiles cimientos de nuestra democracia.

—¿Cómo fue el proceso de documentación que siguió para escribirla? 
—Como decía, apenas había algunos testimonios dispersos sobre Rafael. Leí todo lo publicado, rastreé en los archivos y también pregunté a los especialistas. Fue entonces cuando, gracias a la sugerencia de Ian Gibson, uno de los más destacados especialistas en la vida de Lorca, contacté a Tomás, el hermano pequeño de Rafael. Tuve el privilegio de reunirme con él en varias ocasiones y conservo las grabaciones de nuestras conversaciones como un tesoro. Él fue el primero que me permitió el acceso al archivo familiar. A su muerte, fueron las hijas (sobrinas de Rafael) quienes me permitieron seguir estudiando esos materiales.

—¿Qué hay de verdad y qué de ficción en la obra?
—Fue Juan Mayorga quien con mayor lucidez ha reflexionado sobre el teatro histórico y las diferencias entre el historiador y el dramaturgo. La búsqueda de lo universal puede exigir al dramaturgo a renunciar a la fidelidad del documento. Dice Mayorga que el dramaturgo no ha de ser fiel al documento histórico sino a la Humanidad. A toda ella, a los hombres del pasado, a los del presente y a los del futuro. Pero esto no lo exime de la responsabilidad. En mi caso, debía atender fielmente a lo que la suerte de Rafael dice a los hombres y mujeres contemporáneos. Aunque eso signifique subordinar lo real a lo verdadero. La verdad de Rafael en la que yo creo. El sentido de su fugaz vida. Por eso tomé una decisión fundamental. Rafael realmente murió desangrado en un hospital republicano de Santander, pero yo fabulo con que esa última noche la pasara custodiado por un joven del ejército sublevado. Esta decisión es la que me permite generar no sólo tensión dramática sino explorar los mecanismos del encuentro y la redención, que son temas fundamentales de la obra. 

—¿Cómo sintetizaría la esencia de su pieza?
—Es una obra sobre el encuentro decisivo de dos hombres en la noche más oscura. De cómo sin esperarlo y en quien menos lo esperabas, puede generarse la comunión. De cómo un lenguaje automatizado, lleno de prejuicios y miedos, se va resquebrajando para dar lugar al encuentro. Pero excepto la ocasión de la obra, ese encuentro, todos los datos que proporciona el personaje de Rafael son absolutamente reales. Por último, la propia obra ya juega con esa relación entre verdad y realidad porque el otro personaje, Sebastián, es una creación mía. Y sin embargo creo que termina adquiriendo una universalidad extrema. Insisto, y siempre siguiendo a Mayorga, el historiador se ocupa de lo que ha sucedido pero el dramaturgo puede ocuparse de lo que podría haber sucedido. 


“No entiendo el teatro que propone certidumbres, consignas políticas inequívocas, lecciones de moral. El teatro tiene que hacernos sentir una amenazante compasión por los que son, en principio, nuestros contrarios”.

—La obra menciona unas grabaciones de voz de Federico García Lorca. ¿De verdad ha encontrado grabaciones de su voz o cree posible que puedan existir y que alguna vez aparezcan?
—Precisamente es la voz de Federico García Lorca lo que no conservamos. Hay un par de grabaciones en Buenos Aires, con La Barraca, pero no tienen sonido. Quizá algún día recuperemos la voz de Federico. Por eso opté por incluir la voz quizá para siempre perdida. Para que el teatro señale esa dolorosa ausencia. Por la capacidad que tiene el teatro de hacer presente lo invisible. Porque tiene el poder de anular, durante su espejismo, el tiempo y la muerte.

Sobre la memoria colectiva y el teatro
“Creo que La piedra oscura intenta mostrar algunas heridas del pasado que nuestro presente ha de cerrar”, remarca Conejero. “Pero no es una deuda con nuestro pasado sino con nuestro futuro. No entiendo el teatro que propone certidumbres, consignas políticas inequívocas, lecciones de moral. El teatro tiene que hacernos sentir una amenazante compasión por los que son, en principio, nuestros contrarios. La obra contiene un llamamiento, un pedido que viene del pasado. Habla de la dignificación de los derrotados y de la recuperación de aquellos que han quedado en los márgenes de la historia. El teatro, como afirma Mayorga, construye memorias colectivas. No sé si ésta o la expresión memoria histórica son del todo precisas. ¿Hay memoria que no sea individual? Pero todos sabemos que su negación absoluta significaría el fin de cualquier aspiración de sociedad, de ciudadanía. La memoria es un espacio de justicia. De ahí que todos los totalitarismos se afanen por manipularla. Como hacen con el lenguaje. En los diálogos, poco a poco, un lenguaje verdadero se va restituyendo frente a un lenguaje perverso, manipulado. Sebastián y Rafael se encuentran cuando las palabras sirven para lo que fueron creadas. Porque finalmente la obra habla de la posibilidad del encuentro, de la comunión de dos hombres. En cierto modo, La piedra oscura es un triste mandato de esperanza”. 

Entrevista publicada por el Departamento de Actividades Culturales y Educativas del Centro Dramático Nacional de España (2014)

 

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