LAGARTIJAS TIRADAS AL SOL Y “CENTROAMÉRICA”

UN VIAJE ESCÉNICO POR LAS FRONTERAS DEL OLVIDO

Verdadera referencia para la escena latinoamericana, Lagartijas tiradas al sol es un colectivo de artistas mexicanos que trabaja sobre acontecimientos de la realidad a partir de un lenguaje escénico que les permite abordar la historia del territorio que habitan. En Centroamérica, la obra que presentan en el Teatro de la Ribera, se propusieron examinar una región determinada por constantes migraciones, éxodos forzados y fronteras militarizadas. Un territorio que sienten como próximo y, a la vez, invisibilizado. Una experiencia íntima, política y provocadora.

Ulises Ávila

La disolución de las fronteras entre realidad y representación, la utilización de la autoficción para reflexionar sobre la identidad y las tensiones sociales, así como la utilización de múltiples materiales como documentos, testimonios, son algunas de las constantes que definen el trabajo de Lagartijas tiradas al sol, colectivo mexicano fundado en 2003 por Luisa Pardo y Lázaro Gabino Rodríguez, autodefinido como una “banda de artistas” que desarrolla proyectos de investigación y creación que no se limitan al escenario sino también a través de libros, radio, videos y procesos pedagógicos.

 

El proceso creativo de este grupo teatral que no teme ser catalogado como de fuerte compromiso político, no parte de una ficción pura, sino de una investigación profunda y exhaustiva que puede durar años e incluye viajes, entrevistas y la recopilación de testimonios, entre otros procedimientos. 

 

Lagartijas… utiliza el “teatro de lo real” o teatro documental, para reciclar realidades personales, sociales o históricas, y transformarlas en materia escénica. En sus montajes, los materiales de archivo (fotos, cartas, videos y documentos oficiales) funcionan como una “evidencia” que interpela al público, cuestionando las fronteras entre la verdad y la ficción.

 

Luisa Pardo y Lázaro Gabino Rodríguez, creadores de Lagartijas…, se conocieron en 2003 cuando estudiaban en la escuela de teatro y fundaron el grupo motivados, como tantos otros jóvenes estudiantes, por rebelarse frente a la enseñanza que reciben. “Queríamos hacer un teatro más cercano a nuestra vida, que se alejara de las obras dramáticas, escritas con anterioridad y de la estética de los directores –todos ellos hombres–, que dominaban el teatro de principios del siglo en México”, dice Luisa pocos días antes de su llegada a Buenos Aires, donde junto con Lázaro presentarán Centroamérica, su más reciente proyecto escénico. “Buscábamos replantear las jerarquías y la manera de relacionarnos, no sólo entre nosotras sino con la materia y la disciplina. Al principio no sabíamos exactamente lo que queríamos, pero teníamos muy claro lo que no queríamos. Y eso siempre es una buena forma de empezar”.

Lagartijas tiradas al sol —sobre los motivos de la elección del nombre del grupo hay versiones encontradas, pero en aras de responder a la pregunta, Luisa y Lázaro llegan a un común acuerdo de que fue en honor a un poema del poeta italo-mexicano Fabio Morábito— asegura que, tras más de 20 años de trayectoria, la autogestión está en el centro del proyecto. “Desde que comenzamos a trabajar, hemos gestionado y producido todo lo relacionado a nuestro trabajo. Nos hemos alejado de una ruta, más o menos transitada por los artistas establecidos, en la que el equipo empieza a crecer más allá de los artistas e incluir a personas que se hacen cargo de la gestión: productores o agentes. Hemos luchado porque el nuestro siga siendo un grupo conformado por artistas en los que todos asumimos diferentes roles, según sea el caso”. 

 

 

“Buscábamos replantear las jerarquías y la manera de relacionarnos, no sólo entre nosotros sino con la materia y la disciplina. Al principio no sabíamos exactamente lo que queríamos, pero teníamos muy claro lo que no queríamos. Y eso siempre es una buena forma de empezar”.

 

Para ellos, la forma de organización y producción de sus espectáculos es en sí misma una postura política. “La nuestra es un ensayo de la representación directa, del poner el cuerpo, del ser congruentes con el contexto sociopolítico del país donde vivimos y creamos, que es México. Y finalmente ensayar en nuestras formas cómo imaginamos que sea el mundo”.

Tanto Luisa como Lázaro reconocen influencias en el teatro de grupo latinoamericano, como relato, y también por los que pudieron experimentar en vivo: los peruanos Yuyachkani y Cuatrotablas, Teatro de los Andes de Bolivia, Teatro Oficina de San Pablo o Teatro Laboratorio La Rueca de México. Y más recientemente, el colombiano Mapa Teatro y Teatro Línea de Sombra de México. Por otra parte, también confiesan una cierta herencia de Eugenio Barba, “que permeó mucho el teatro latinoamericano”, y distinguen el trabajo de artistas y compañías reconocidas como Lola Arias, Rimini Protokoll, Rodrigo García, Teatro de Ciertos Habitantes, Angelica Lidell, entre otros.

Sobre Centroamérica, su más reciente proyecto de investigación y con el que llegan a Buenos Aires, dicen que surgió de la necesidad de mirar al sur: “México comparte con Estados Unidos una frontera muy extensa y se vive intensamente la influencia del imperio en nuestro país. Desde el siglo XIX ha sido enorme. No sólo en la economía: los deseos y las aspiraciones están normalmente dirigidas hacia allá. Centroamérica es un proyecto que parte de nuestra ignorancia y nuestras ganas de combatirla, pero también de un deseo de preguntarnos por las fronteras de la teatralidad. Por el teatro en la realidad, no sólo la realidad en el teatro”.

 

En ese sentido, Centroamérica –que además del montaje escénico incluye la publicación de un libro— cuestiona la indiferencia y el desconocimiento histórico de México hacia los siete países del istmo centroamericano, a quienes los creadores definen como “vecinos distantes”. 

 

“Centroamérica es un proyecto que parte de nuestra ignorancia y nuestras ganas de combatirla, pero también de un deseo de preguntarnos por las fronteras de la teatralidad. Por el teatro en la realidad, no sólo la realidad en el teatro”.

 

Tras una profunda investigación que incluyó años de viajes, lecturas y entrevistas para comprender a la región, la obra comienza como un documental basado en hechos reales y testimonios de exiliados, pero luego evoluciona hacia un thriller, cuando los artistas se involucran personalmente en una misión dentro de Nicaragua. “Durante el proceso de creación de la obra comenzamos a encontrarnos con mujeres exiliadas nicaragüenses con las que muy rápido forjamos vínculos entrañables. Fue la relación personal con ellas la que nos la que nos llevó a concentrarnos en ese país”. 

 

En la primera parte de Centroamérica y según las formas del teatro-documento, los actores comparten con los espectadores los hallazgos de sus viajes por Guatemala, Belice, El Salvador, Honduras, Nicaragua, Costa Rica y Panamá. Sobre un telón que reproduce una imagen paradisíaca, con un río y una montaña, los creadores juegan a ser turistas en shorts con gafas de sol, bebiendo tragos mientras discuten la realidad de la región. Pero luego de que relatan su encuentro con María, una nicaragüense exiliada quien no puede regresar a su país y les pide un favor personal que los obliga entrar en Nicaragua de Daniel Ortega y Rosario Murillo, la obra toma un giro que demuestra la capacidad del teatro para intervenir y transformar la realidad.

 

“Desde que comenzamos a trabajar hemos intentado desmarcarnos de las categorías de documental y ficción, así como de los diferentes géneros teatrales como comedia o tragedia. Es una nomenclatura en la que no pensamos, aunque resulte difícil escapar de ellas. Por lo que la obra es resultado del proceso y de decisiones arbitrarias sobre cómo narrarlo. Y que se dirigen también por las necesidades dramáticas que impone el teatro”.



Frente al individualismo imperante, en las más de dos décadas que lleva de existencia Lagartijas tiradas al sol se ha consolidado como una verdadera referencia para la escena latinoamericana sin sacrificar su forma de organización colectiva. Pioneros como colectivo de teatro documental en México, han desarrollado un lenguaje propio basado en la “ingeniería del yo”, donde la autorrepresentación se mezcla con narrativas preparadas para cuestionar la construcción de la verdad. 

 

Su proyección y reconocimiento ha trascendido las fronteras ya que han presentado sus obras en destacados festivales internacionales que incluyen el Museo Reina Sofía de Madrid, la Schaubühne de Berlín, el Festival de Otoño de París, el Kunstenfestivaldesarts de Bruselas y el FIBA de Buenos Aires, entre muchos otros. 


“La organización colectiva es romántica como idea, pero en la práctica requiere mucho trabajo. Trabajo que además tiene que ver, sobre todo, con mediar sensibilidades. Eso es lo que está en juego y en lo que tenemos que poner atención todos los días. En Lagartijas… no planteamos una organización horizontal, pero sí relaciones abiertas, sinceras, dignas y lo más justas que se pueda. Buscamos que haya jerarquías, pero que no sean siempre las mismas. Ellas nos ayudan a organizarnos siempre y cuando sean móviles. En términos prácticos, esto quiere decir que alguien puede estar en un proyecto como asistente y, al siguiente, puede que lo esté dirigiendo. Intentamos, en la medida de nuestras posibilidades, que suceda así”.

Finalmente, Lagartijas… reivindica la capacidad del teatro para dejar una huella permanente en la memoria de quien lo presencia: “Así como hay obras que nos han marcado, confiamos en que las nuestras puedan significar algo para los demás”.

 

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