24 EXPOSICIONES

Una construcción entre imágenes y palabras a lo largo del tiempo

MUESTRA 7/

Voraz

Francisco José de Goya y Lucientes
El aquelarre
Óleo sobre lienzo a partir de un fresco
1797-1798
30 x 43 cm

Siempre que nos vemos discutimos sobre las cualidades intrínsecas de la pintura y de la fotografía sin jamás ponernos de acuerdo. Todo esto tiene algo ridículo pero fundamentalmente fascinante; ridículo porque damos por sentadas a esas cualidades, como la autonomía del medio, algo visto con muy malos ojos hoy, en el mundo del contexto y la intención des-modernizante de todas las cosas (¿acaso algo más moderno qué esa intención?); y fascinante, justamente por esa misma ridiculez: todo aquello atemporal que torna al lenguaje vetusto y anacrónico, sin tiempo, pero que en definitiva es su pasaje a la libertad plena.

Intuyo una creencia compartida entre vos y yo, una fe en estos medios a los que le dedicamos la vida en el sentido más literal y totalizante de la palabra.

Por ejemplo, siempre pensé que toda pintura era por obligación abstracta y toda fotografía necesariamente figurativa. Ahora lo dudo y creo que ambas son abstractas.

Una vez tomada la foto ya cortó lazos con todo. Acá se impone Blow Up, pero también Bas Jan Ader, quien sí construyó una balsa y se fue a naufragar.

¡¿Qué más figurativo que el trazo de un pincel que arrastra materia sobre una superficie?! Ahí está todo: la fuerza, la voluntad, la resistencia, el cuerpo, el tiempo y el espacio. 

El otro día, hablando con alguien sobre pintura, le dije que el futuro se había convertido en una idea abstracta. El me respondió: “o extremadamente concreta”. Me sorprendió que usara esa inversión. La contracara de lo abstracto no era para él lo figurativo sino lo concreto. Y pienso, ¿qué más alejado de lo concreto que una fotografía? ¡Tanta mediación! ¡Tanto cambio de estado de la materia! 

Esta pintura de Goya es parte de una serie sobre brujería. Son seis lienzos que pintó en paralelo a su serie de grabados Los Caprichos (¿pensás el grabado como una forma de fotografía?). Esta serie de óleos sobre brujas y los Caprichos, tienen algo del "mundo del revés", la Revolución, el cambio de siglo... son como un gesto inaugural del mundo moderno.

Ese todo pictórico, ese arrastre del pincel, puede resumirse en una palabra: performance. 

Siguiendo ese razonamiento, lo concreto para la pintura estaría dado por la reducción de ese quehacer a la mera aplicación de una materia oleosa o acrílica (o la que sea) sobre otra materia; sería simplemente materia sobre si. Eso dejaría al lienzo como un testimonio de los rastros de una acción incesante y siempre ausente (imposible no pensar en Pollock o en Klein). Así, lo que una pintura deja ver, su motivo de existencia, nunca está ahí. Como en la fotografía, también se corta el cable conductor con aquello que la hace posible.

Ese corte podría ser llamado abstracción. 

Aplicando también la reducción, la Fotografía podría ser aquel resultante del cincel lumínico sobre la plata corporal (acá un parentesco, más que con el grabado, con la escultura) y su posterior fijación; o como la interpretación cerebral del sensor electrónico sobre aquellas mismas frecuencias de onda. Nunca hubo una sola fotografía.

Pero lo cierto es que ninguna de estas dos definiciones de lo que la fotografía podría llegar a ser implican a una óptica. A la fotografía se la piensa figurativa necesariamente por el uso de lentes; una insistencia mimética e incomprobable para con lo que ya no existe.

Tal como decís en relación al mundo moderno, y al igual que con las diferentes fotografías, creo que El aquelarre hace algo similar con la pintura en términos del reconocer la obra que tenemos ante nuestros ojos (eso no significa figuración). Sobre todo porque asume los distintos grados del desdibujado de quienes habitan el lienzo, partiendo desde la pincelada pura y explícita en los niños muertos, hasta llegar a los ojos centelleantes del cabrío central, atravesando todos los registros posibles que engendran a las brujas. 

Me fascina la hechicería de mirar una fracción de pigmento para referirme a él como “las brujas”. 

El aquelarre parece un catálogo de todas las pinceladas posibles y de la magia implícita al mirar cualquier cosa, no solo las constituidas por la plata o el pigmento.

Y aún más lejos: algo de ese mirar sería del orden de lo diabólico, hábitat prohibido.

Más que lo performático de la pintura, en relación a la fotografía, me parece importante pensar cómo se vinculan con la otredad. La pintura plantea un permanente ida y vuelta entre la acción y la materia. La mano de quien pinta es, a la vez, artefacto y cuerpo. Cada movimiento, cada trazo, delinea esa alteridad. Una imagen en espejo que se construye como fuera de sí. Se funda un intercambio entre el gesto y la sustancia, una alternancia en la que existe una modificación mutua y es esa relación sucesiva la que se reproduce en el espacio. 

La fotografía, en cambio, ocupa el espacio de manera muy distinta. Es un habitar en convivencia armónica, ¿o será que veo tu pasto más verde, menos sufrido? La fotografía se posa sobre el objeto. Lo lame, lo absorbe, lo fagocita. Su vínculo con la otredad es mucho más tímido, más distante: se esconde para darle lugar a la imagen. También es más claro: hay una mano, hay un artefacto y hay algo donde el deseo se recuesta, reposa. Es una sola acción dirigida como una flecha con precisión. 

En ese sentido, hay algo de esta serie de Goya que me resulta particularmente misterioso. 

Como te contaba, pinta esta serie de óleos de pequeño formato durante su estadía en una casa aristocrática, mientras desarrolla la serie de grabados de "Los Caprichos".  Decidió publicar Los Caprichos el Miércoles de Ceniza en 1799. Esperó hasta el primer día de la cuaresma del último carnaval del siglo para darle curso a esa visión personal del "mundo del revés". Es un cambio de siglo crucial en la Historia: el nacimiento del mundo moderno. Goya explora ese mundo de la imaginación en el cambio de paradigma. 

La cuaresma es la abstinencia impuesta que justifica el desborde del carnaval. El carnaval supone una sensación de alegría que trae la licencia, el exceso, la inversión. El disfraz es la reacción a la puesta en escena de la alteridad. Celebra el período en el que el universo deriva como resultado del colapso del orden. Su opuesto, el desorden, triunfa, y el cosmos mismo es vencido por el caos. Los términos que definen el carnaval (licencia, exceso, inversión, disfraz) definen la alegría no como una actitud ante la necesidad, la nada o el abismo, sino como una percepción positiva de la alteridad. 

Me quedo pensando en cómo ambas disciplinas - pintura y fotografía - brotan de esa batalla caos vs. orden en su desborde, el exceso, la inversión y el disfraz.   

Creo que se emparentan en su vampirismo. La figura vampira siempre es excesiva, viciosa, desbordada y sus ropajes habitualmente parecen los de un disfraz.

Se presentan bajo un halo seductor irrefutable pero requieren de la sangre mundana para existir, para ser. Al mismo tiempo, es esa misma mordida, el hundir los dientes en el cuello de lo existente, aquello que precisamente las separa de sus víctimas. Lo que las constituye como tales es su separación de lo viviente y también de lo muerto. Comparten una (sol)edad voraz. 

Ana Vogelfang y Bruno Dubner 

Complejo Teatral de Buenos Aires
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